En un panorama donde los videojuegos suelen apostar por héroes épicos y mundos abiertos desbordantes, Yerba Buena decide mirar hacia otro lado. Su punto de partida es tan simple como sugerente: un videojuego olvidado… que sigue existiendo.
La idea no solo funciona como contexto, sino como motor de toda la experiencia. Porque aquí no hay grandes misiones ni destinos predeterminados. Solo una ciudad detenida en el tiempo, un error que empieza a expandirse y una protagonista que jamás estuvo destinada a ser importante.
Una ciudad que existe… aunque nadie la juegue
La historia se sitúa en una versión estilizada de San Francisco con una fuerte inspiración en los años setenta. Pero no se trata de una recreación histórica, sino de un espacio digital abandonado.
Todo en esta ciudad —sus calles, sus edificios, sus habitantes— forma parte de un mundo virtual que ya no tiene jugadores ni creadores que lo mantengan vivo. Sin embargo, sigue ahí, funcionando… o al menos intentándolo.
En ese entorno vive Barb, una NPC más. Su existencia siempre ha sido automática, repetitiva, casi invisible. Hasta que algo se rompe.
Un glitch comienza a alterar la realidad, deformando las reglas del mundo y amenazando con borrarlo todo. Y es en ese momento cuando Barb deja de ser un personaje secundario para convertirse, casi sin quererlo, en el centro de la historia.

Cuando el personaje secundario toma el control
Lo interesante de Yerba Buena no es solo lo que cuenta, sino desde dónde lo cuenta.
Barb no es una heroína. No tiene habilidades especiales ni un destino épico. Su motivación es mucho más simple y, por eso mismo, más potente: sobrevivir.
Ese cambio de perspectiva transforma la narrativa en algo más íntimo. Cada paso que da no responde a una misión impuesta, sino a la necesidad de entender qué está ocurriendo y cómo evitar desaparecer junto con su mundo.
Poco a poco, la historia deja de ser solo un misterio técnico y empieza a convertirse en una reflexión sobre identidad, existencia y abandono dentro de los mundos digitales.
Puzles que invitan a pensar diferente
A nivel jugable, el corazón de la experiencia está en el Oscillator, una herramienta que permite copiar propiedades físicas de un objeto y aplicarlas a otro.
Lo que podría parecer una mecánica puntual se convierte rápidamente en el eje de todo el diseño. Una superficie rígida puede volverse elástica, un objeto pesado puede comportarse de forma ligera, y un obstáculo puede transformarse en una solución.
Esa libertad genera una sensación constante de descubrimiento, donde cada solución parece más una invención que una respuesta predefinida.
Un misterio que crece desde dentro del sistema
A medida que Barb avanza, el juego va dejando pistas sobre el origen del glitch. Elementos dispersos, detalles que no encajan y señales que apuntan a algo más profundo que un simple error técnico.
Entre esas pistas aparece una banda de motoristas que parece estar conectada con lo que está ocurriendo. Pero lejos de ofrecer respuestas inmediatas, la historia construye un misterio que se expande poco a poco.
El mundo empieza a sentirse inestable, no solo en lo visual, sino también en lo narrativo. Y esa sensación refuerza la idea de que todo lo que vemos podría desaparecer en cualquier momento.
Más que un juego: una pregunta incómoda
Más allá de su estética y sus mecánicas, Yerba Buena destaca por la idea que plantea.
Los mundos virtuales no desaparecen cuando dejamos de jugarlos. Simplemente quedan suspendidos, esperando… o deteriorándose.
No se trata solo de resolver puzles o avanzar niveles. Se trata de entender qué significa existir dentro de un sistema que ya nadie observa.
Y ahí es donde la experiencia deja de ser un juego más para convertirse en algo distinto.
Una historia sobre lo que queda… cuando todo lo demás se apaga.