Saltar al contenido
Ciencia

Una guerra nuclear podría dejar al mundo al borde del colapso. Sin embargo, una simulación señala un lugar inesperado donde todavía sería posible vivir

Una simulación de los efectos de un invierno nuclear sitúa a Argentina entre los territorios que podrían resistir mejor una catástrofe global. Pero el resultado esconde una advertencia sobre el poder de los datos.
Por

Tiempo de lectura 3 minutos

Comentarios (0)

Una guerra nuclear no terminaría cuando explotase la última bomba. Sus consecuencias podrían extenderse durante décadas, alterar el clima del planeta y provocar una crisis alimentaria sin precedentes. En ese escenario, una pregunta adquiere una dimensión inquietante: ¿quedaría algún lugar de la Tierra donde todavía fuese posible vivir?

Una simulación elaborada por Valentina Costa Gazcón, especialista en ciberinteligencia, ha situado a Argentina en una posición sorprendente. Al proyectar las consecuencias de un conflicto nuclear durante 48 meses, el país sudamericano aparecía como el único territorio que permanecía sin colorear en un mapa que representaba la pérdida progresiva de habitabilidad.

El resultado parece sacado de una película de ciencia ficción. Sin embargo, su autora ha dejado clara una distinción fundamental: no se trata de una predicción científica sobre dónde sobrevivir a una guerra nuclear, sino de un ejercicio experimental que demuestra cómo los datos pueden construir interpretaciones muy diferentes de una misma realidad.

El invierno nuclear sería mucho más peligroso que las propias explosiones

Una guerra nuclear podría dejar al mundo al borde del colapso. Una simulación señala un lugar inesperado donde todavía sería posible vivir
© Shutterstock / © zef art.

Para entender el escenario hay que mirar más allá de la destrucción inmediata. Una guerra nuclear a gran escala podría desencadenar incendios masivos capaces de lanzar enormes cantidades de hollín a las capas superiores de la atmósfera. Estas partículas reducirían la radiación solar que alcanza la superficie terrestre, provocarían un descenso de las temperaturas y alterarían los patrones de precipitaciones. La agricultura sería una de las principales víctimas.

No es una posibilidad planteada únicamente por simulaciones experimentales. Una investigación publicada en Nature Food en 2022 calculó que un conflicto nuclear entre Estados Unidos y Rusia podría provocar una hambruna capaz de causar la muerte de más de 5.000 millones de personas.

Los investigadores también estimaron que, bajo un escenario extremo de 150 millones de toneladas de hollín atmosférico, la producción mundial de calorías procedentes de los principales cultivos podría disminuir alrededor de un 90% entre el tercer y cuarto año posterior al conflicto. La distribución geográfica de esas consecuencias tampoco sería uniforme. El hemisferio norte sufriría impactos especialmente severos, mientras que algunas regiones australes podrían experimentar condiciones relativamente menos destructivas.

Pero hay un matiz importante: el estudio científico destacó especialmente a Australia y Nueva Zelanda por su posible capacidad para conservar parte de su producción alimentaria. No identificó a Argentina como el único territorio habitable del planeta.

Argentina aparece en el mapa, pero la verdadera historia está en los datos

Una guerra nuclear podría dejar al mundo al borde del colapso. Una simulación señala un lugar inesperado donde todavía sería posible vivir
© NASA Earth Observatory / Black Marble.

El ejercicio de Costa Gazcón, recogido por Infobae, tenía una finalidad diferente. Su objetivo era demostrar cómo una misma colección de datos puede generar lecturas distintas dependiendo de quién los utilice y qué decisiones pretenda justificar. La especialista explicó que había construido deliberadamente un escenario apocalíptico para mostrar cómo la perspectiva de gobiernos como los de Argentina, Estados Unidos, China o Rusia puede condicionar la interpretación de la información.

Esta cuestión conecta directamente con tecnologías utilizadas por empresas como Palantir, cuya actividad consiste, entre otras cosas, en integrar fuentes de información heterogéneas y transformarlas en herramientas visuales para apoyar decisiones.

El problema aparece cuando esas representaciones adquieren una apariencia de certeza que sus modelos originales no pueden garantizar. Una región sin colorear en un mapa no significa necesariamente que disponga de alimentos suficientes, agua potable, infraestructura operativa o condiciones sociales para sostener a su población durante una catástrofe.

De hecho, incluso las investigaciones académicas sobre el invierno nuclear reconocen limitaciones relacionadas con la distribución alimentaria, las infraestructuras y las decisiones políticas.

El peligro de confundir una simulación con una certeza

Una guerra nuclear podría dejar al mundo al borde del colapso. Una simulación señala un lugar inesperado donde todavía sería posible vivir
© Unsplash / Thomas Dumortier.

La cuestión va más allá de Argentina o de una hipotética tercera guerra mundial. A medida que gobiernos, empresas y organismos públicos incorporan herramientas capaces de procesar cantidades gigantescas de información, también aumenta el riesgo de que una visualización convincente termine interpretándose como una verdad incuestionable.

Costa Gazcón ha defendido precisamente la necesidad de establecer mecanismos de regulación, supervisión y auditoría sobre estas tecnologías. Y ahí reside la paradoja del ejercicio: el mapa que aparentemente identifica un refugio para el fin del mundo también demuestra lo fácil que puede resultar convertir una selección de variables en una conclusión aparentemente definitiva.

Argentina podría presentar algunas ventajas relativas en determinados escenarios de invierno nuclear. Pero sobrevivir a una catástrofe planetaria dependería de muchas más cosas que permanecer fuera de una zona coloreada.

Compartir esta historia

Artículos relacionados