Una cumbre reciente celebrada en Pekín, con la participación de líderes latinoamericanos, volvió a exponer una tendencia que ya no puede pasarse por alto: el creciente interés de América Latina por estrechar lazos con China. Mientras tanto, la respuesta de Estados Unidos parece desordenada, insuficiente o incluso indiferente. Este artículo revela las claves del fenómeno y por qué Washington podría estar cometiendo un error estratégico histórico.
Una cumbre que dijo más de lo que aparentaba

Xi Jinping no mencionó a Donald Trump, pero su mensaje fue claro: condenó la coerción y exaltó la cooperación, en una crítica indirecta al enfoque estadounidense. Acompañado de líderes como Lula da Silva, Gustavo Petro y Gabriel Boric, el presidente chino ofreció préstamos millonarios, eliminación de visados y promesas de inversión. La escena fue elocuente: América Latina estaba escuchando.
Este movimiento diplomático no pasó desapercibido en Washington. Sin embargo, más allá de discursos como el del secretario de Estado Marco Rubio —quien intentó contrarrestar con un “Las Américas, primero”—, no se vislumbra una estrategia clara para frenar la creciente influencia de Pekín en el continente.
La ausencia de una estrategia coherente
El politólogo Julio Carrión, de la Universidad de Delaware, señala que desde la administración Trump no hay un verdadero plan para frenar el avance chino. Las visitas de presidentes latinoamericanos a Pekín reflejan no solo el interés de China, sino también el deseo regional de diversificar socios. América Latina está leyendo los cambios geopolíticos y actuando en consecuencia.
Además, la volatilidad de la política comercial de EE.UU., sumada a gestos como la amenaza de controlar el Canal de Panamá o los recortes en programas de desarrollo, ha generado inquietud. Muchos gobiernos perciben una relación cada vez más impredecible y condicionada.
En contraste con el retraimiento de Estados Unidos, China promete inversión, infraestructura y comercio. El comercio bilateral entre China y América Latina alcanzó los 519.000 millones de dólares el año pasado. China importa materias primas y exporta tecnología, pero también financia grandes obras como el puerto de Chancay, en Perú.
Un informe reciente de la Universidad Tsinghua destaca el potencial de la región por sus recursos y diversidad. Países como Brasil, México, Chile, Perú y Colombia son vistos como focos estratégicos para los intereses chinos. Curiosamente, Argentina no figura en ese análisis, pese a sus lazos financieros con Pekín.
Nuevas alianzas y desafíos diplomáticos

Colombia, bajo la presidencia de Gustavo Petro, formalizó su ingreso a la Iniciativa de la Franja y la Ruta, un ambicioso plan chino de cooperación global. Esto encendió alarmas en Washington, donde el Departamento de Estado prometió bloquear cualquier financiamiento del BID a empresas estatales chinas involucradas en la región.
La postura estadounidense es clara: no permitirá que sus propios fondos terminen beneficiando a su principal rival geopolítico. Sin embargo, ya son 21 los países latinoamericanos que se han sumado a la iniciativa china, lo que muestra un cambio profundo en las dinámicas hemisféricas.
México, Argentina y el delicado equilibrio
México, por su fuerte relación comercial con EE.UU., se mantiene más prudente. Argentina, alineada políticamente con Washington bajo el gobierno de Milei, renovó un swap con China por 5.000 millones de dólares, aunque evitó firmar el documento final de la cumbre China-Celac. Estos movimientos demuestran la complejidad de navegar entre ambas potencias.
Luis Schenoni, del University College de Londres, advierte que ningún país de la región buscará un alineamiento absoluto con uno u otro, pero sí se valora a China como contrapeso estratégico frente a un Estados Unidos que parece más preocupado por el control que por la cooperación.
El espejo africano y las lecciones no aprendidas
Joshua Eisenman, de la Universidad de Notre Dame, advierte que lo que China hace en América Latina ya lo implementó en África. Con inversiones, comercio e infraestructura, se convirtió en el principal socio comercial de ese continente. La historia podría repetirse.
El experto sostiene que América Latina corre el riesgo de ignorar las señales. Si no aprende de los errores cometidos por otras regiones, podría enfrentar consecuencias similares: dependencia, pérdida de autonomía y desequilibrio en el desarrollo.
Señales de alarma desde el sur
Desde Miami, durante la Conferencia de Seguridad Hemisférica, el almirante Alvin Holsey advirtió que los proyectos chinos en infraestructura podrían tener fines militares en el futuro. Mencionó preocupaciones específicas sobre bases espaciales, satélites y la influencia en puntos estratégicos como el Canal de Panamá o instalaciones en Argentina y Chile.

Según Schenoni, si China avanza en campos sensibles, EE.UU. podría pasar de la pasividad a la confrontación directa. La tensión está latente.
La batalla por el relato regional
El viceministro chino Miao Deyu fue claro: América Latina debe construir su destino y no ser el “patio trasero” de nadie, una alusión directa a la Doctrina Monroe. El mensaje resonó. Desde el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, Irene Mia subraya que la política de Trump ha dejado de ser negligente para convertirse en hostil.
La región ya no es vista como aliada, sino como un terreno a controlar. Se impone el unilateralismo, la vigilancia y la presión, en lugar del diálogo y la asociación.
En definitiva, ¿será un cambio irreversible?
América Latina está enviando señales claras: busca autonomía, diversidad de alianzas y desarrollo sostenible. La indiferencia o agresividad de EE.UU. podría sellar un cambio duradero. China no solo ofrece recursos, también ofrece un relato seductor: cooperación sin condiciones ideológicas. Y en tiempos de incertidumbre, esa propuesta resulta cada vez más difícil de rechazar.
[Fuente: La Nacion]