Cada año que pasa, un puñado de niños en el mundo —apenas uno de cada cinco millones— sufre epilepsias tan severas que solo una cirugía puede salvarlos. En los casos más extremos, los médicos se ven obligados a desconectar o extirpar la mitad del cerebro para detener las convulsiones. Lo asombroso es que sobreviven. Y lo hacen con una normalidad que desafía cualquier intuición sobre la mente.
En los adultos, una hemisferotomía —la operación que aísla completamente un hemisferio cerebral— sería devastadora. Pero en los niños, el cerebro es tan plástico que la mitad restante asume casi todas las funciones perdidas: hablan, caminan, aprenden. La pregunta que quedaba abierta era otra, mucho más inquietante: ¿qué ocurre con la parte desconectada? ¿Sigue “pensando”? ¿Sueña?
El experimento de las “islas de conciencia”

Un equipo liderado por Marcello Massimini, de la Università degli Studi di Milano, decidió buscar una respuesta. Examinaron a diez niños sometidos a hemisferotomía por epilepsia grave, midiendo su actividad cerebral mediante electroencefalografía (EEG) durante tres años, antes y después de la cirugía.
El estudio, publicado en PLOS Biology, es el primero en analizar con esta precisión la actividad eléctrica del hemisferio desconectado. Los resultados fueron sorprendentes: incluso separado del resto del cerebro, ese hemisferio seguía emitiendo señales eléctricas, pero no como las del pensamiento ni la vigilia. Las ondas eran lentas, profundas, idénticas a las que aparecen durante el sueño NREM, la anestesia o el coma.
Dicho en otras palabras, la mitad dormida no estaba soñando: estaba atrapada en un estado de reposo perpetuo. Una corteza cerebral viva, irrigada por sangre, pero sin estímulos sensoriales ni conexión con el resto del sistema nervioso.
“Ha sido un viaje científico fascinante”, declaró Anil K. Seth, neurocientífico de la Universidad de Sussex y coautor del trabajo. “Durante años discutimos la posibilidad de que existieran islas de conciencia aisladas dentro del cerebro. Ahora sabemos que, al menos en estos casos, el silencio neuronal es total”.
El eco filosófico de un cerebro dividido
El hallazgo, más allá de lo clínico, resuena en el terreno de la filosofía de la mente. El neurocientífico Xurxo Mariño lo describe como “una historia que podría haber firmado un autor de ciencia ficción”. “Ese trozo de corteza —dice—, que antes formaba parte de un ser consciente y ahora flota desconectado en el cráneo, ¿podría generar una mente propia? ¿Podría una persona tener dos conciencias coexistiendo sin comunicarse entre sí?”.
La respuesta, al menos según la evidencia actual, es no. La porción desconectada entra en un modo oscilatorio lento, una especie de hibernación fisiológica, sin capacidad para despertar. No hay señales de percepción, memoria ni integración de información: los tres pilares de la conciencia.
Aun así, el estudio deja un matiz perturbador: dentro de un mismo cráneo pueden coexistir dos estados mentales distintos. Mientras un hemisferio está despierto, atento y aprendiendo, el otro permanece sumido en una quietud profunda, como un mar inmóvil bajo la superficie.
El cerebro que duerme y no despierta

“Era una pregunta con tintes filosóficos, pero con implicaciones clínicas enormes”, explica Juan de los Reyes Aguilar, investigador del Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo. “Queríamos saber si ese hemisferio desconectado podía influir en el comportamiento o la percepción del niño. Y la respuesta es que no: está aislado del circuito de la conciencia”.
El fenómeno tiene sentido desde el punto de vista fisiológico. La vigilia humana se mantiene gracias a una red de vías activadoras ascendentes que conectan el tronco encefálico, el tálamo y la corteza. Cuando esa red se corta, el hemisferio pierde su fuente de excitación y se apaga lentamente, como un ordenador sin energía. Aun así, el tejido no muere: mantiene un patrón de actividad lenta y sincronizada, el mismo que aparece en el sueño profundo.
El comportamiento confirma algo que la neurociencia sospechaba desde hace décadas: el cerebro no necesita estar “pensando” para seguir vivo, y puede sobrevivir dividido entre la vigilia y el sueño.
El misterio que queda despierto
Para el neurocientífico Mariano Sigman, el estudio no cierra las preguntas, sino que abre otras nuevas: “Si una mitad del cerebro está consciente y la otra no, ¿cómo se integra esa experiencia? ¿Hasta qué punto es comparable con lo que hacen algunos animales, como los delfines, que duermen con medio cerebro encendido y el otro apagado?”.
El trabajo de Massimini y su equipo descarta la existencia de una segunda mente. Pero deja al descubierto algo aún más profundo: que la conciencia no reside en un lugar, sino en una red viva de conexiones. Cuando esa red se interrumpe, el pensamiento se disuelve.
Y sin embargo, hay algo poético en la idea de que esos niños lleven dentro una mitad que sueña para siempre, un hemisferio que late en silencio, recordando un pasado que ya no puede despertar.
Dos cerebros, una sola conciencia
La ciencia confirma lo que la intuición humana siempre temió: la mente es frágil, y su unidad depende del delicado diálogo entre regiones que podrían existir por separado, pero no vivir juntas. Los niños del experimento no tienen dos mentes. Tienen una sola conciencia que aprendió a ocupar el espacio del silencio, adaptándose a la pérdida como solo la biología sabe hacerlo.
El misterio, sin embargo, sigue ahí… ¿cuántas formas de conciencia podrían existir, dormidas, dentro de nosotros?