Para observar la muerte de una zona de subducción no basta con mirar el fondo del mar. Hay que atravesarlo con ondas sonoras, reconstruir lo que esconden kilómetros de sedimentos y después esperar a que aparezca algo que rara vez puede contemplarse mientras sucede: una placa tectónica arrancándose por partes.
Eso es lo que un equipo internacional encontró frente a la costa occidental de la isla de Vancouver, en Canadá. El estudio publicado en Science Advances muestra que el extremo norte de la zona de subducción de Cascadia no está apagándose de una sola vez. Está perdiendo fragmentos, formando pequeñas placas y acortándose poco a poco.
Hay un detalle editorial importante: el trabajo científico apareció en septiembre de 2025, aunque ha vuelto a circular como noticia en agosto de 2026.
Una ecografía hecha con 1.200 oídos submarinos
Los datos proceden de la expedición CASIE21, realizada a bordo del buque de investigación Marcus G. Langseth. Desde el barco, los científicos enviaron ondas acústicas hacia el fondo y registraron sus ecos mediante un cable de 15 kilómetros equipado con 1.200 hidrófonos.
El principio era parecido al de una ecografía: cada capa de roca devolvía una señal diferente. Al reunir millones de esos reflejos, los investigadores pudieron levantar una imagen de las estructuras escondidas bajo el océano.
Lo que apareció fue una placa atravesada por enormes desgarros. En una de las fallas, un tramo de la placa descendente presenta un desnivel cercano a cinco kilómetros. A lo largo de unos 75 kilómetros, los terremotos dibujan además una combinación reveladora: quedan sectores activos y otros extrañamente silenciosos.
Ese silencio importa. Cuando dos bloques todavía están conectados, acumulan tensiones y generan sismos. Cuando una pieza termina de desprenderse, deja de hacerlo. La ausencia de actividad en algunos puntos sugiere que parte de la placa ya se separó.
Una tijera geológica que corta la placa por tramos
En Cascadia, las placas oceánicas Explorer y Juan de Fuca se introducen bajo la placa Norteamericana. Sin embargo, la corteza cercana a la dorsal oceánica es joven, caliente y relativamente flotante. No se hunde con la misma facilidad que una placa fría y densa.
La zona de falla de Nootka funciona entonces como una tijera tectónica. Divide la placa, aísla fragmentos y permite que unas secciones continúen descendiendo mientras otras reducen su movimiento. Cada ruptura resta fuerza al conjunto, como un tren que pierde vagones mientras baja una pendiente.
El proceso comenzó hace aproximadamente cuatro millones de años. Si continúa, el extremo norte de Cascadia podría acortarse unos 75 kilómetros, cerca de una doceava parte de su longitud. No ocurrirá mañana: cada etapa puede necesitar varios millones de años. En geología, “inminente” tiene un calendario muy diferente al nuestro.
Que esté muriendo no significa que haya dejado de ser peligrosa
El descubrimiento no anuncia una ruptura repentina ni aumenta por sí mismo el peligro para Canadá. Tampoco significa que Cascadia se haya vuelto inofensiva. La fragmentación afecta a su extremo septentrional y los científicos todavía investigan si esas discontinuidades pueden detener, desviar o facilitar la propagación de futuros terremotos.
La zona completa sigue siendo capaz de producir grandes sismos y tsunamis. El Servicio Geológico de Estados Unidos calcula entre un 10% y un 15% de probabilidad de que ocurra un terremoto cercano a magnitud 9 en Cascadia durante los próximos 50 años. La nueva fractura no cambia sustancialmente esa estimación.
La noticia, por tanto, no es que el Pacífico esté a punto de abrirse. Es mucho más extraña: por primera vez tenemos una fotografía nítida de una gigantesca maquinaria planetaria mientras comienza a desmontarse.