Brian Wells era un tipo tan aplicado en el trabajo que el único día que había faltado como repartidor de pizzas fue el día que se había muerto su gato, día que por cierto, llamó para dar parte de ello. Por eso cuando un cliente asiduo del local le dijo al resto de los trabajadores que encendieran la televisión, nadie daba crédito a las imágenes. Wells, el tipo tranquilo y aplicado, estaba en todos los canales. El ejército lo rodeaba mientras el hombre, agachado y frente a las cámaras, portaba un collar bomba sobre su cuello. Faltaban pocos minutos para que el destino de Wells cambiara y con el se iniciara una investigación legendaria.

Lo ocurrido tuvo lugar al mediodía, un 28 de agosto del año 2003. Pasarían muchos años para elaborar una posible solución a un rompecabezas del que aún hoy existen algunas dudas. Brian Douglas Wells había pasado los últimos 20 años de su vida como repartidor de pizzas en el local Mama Mia en la ciudad de Erie, Pensilvania.

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Un día antes de los acontecimientos, cualquiera que preguntara por el hombre le diría lo mismo. De hecho y durante la investigación, el perfil que más se repetía sobre Wells era el de un tipo amable y muy valorado por el resto de compañeros. ¿Cómo había llegado hasta esa situación? Si el hecho de que tuviera un collar bomba no tenía ningún sentido, lo que se iba a describir poco después traería de cabeza al propio FBI.

El atraco al banco

Wells en el banco. CoolInt

Pero empecemos por el principio. Un día aparentemente normal en la ciudad industrial de Erie, situada en la orilla que lleva el mismo nombre, en la esquina noroeste del estado de Pensilvania. El día era caluroso, más de lo normal para una ciudad que se cuenta como una de las más nevadas del país. Un día que podría calificarse de “aburrido” a nivel informativo hasta que el reloj pasó las 14:00 de la tarde.

A esa hora Wells, el repartidor de pizzas conocido en la ciudad, el tipo amable y tranquilo de 46 años y con algo de calvicie, irrumpe en el PNC Bank de la ciudad. En la mano derecha portaba una especie de pistola casera pero lo extraño era el bulto que sobresalía de su camiseta, justo debajo del cuello. Wells se acerca al cajero del banco y le pasa una nota que reza:

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Reúna a todos los empleados con los códigos de acceso a la bóveda. Háganlo rápido para llenar la bolsa con 250 mil dólares. Tiene tan sólo 15 minutos para ello.

Una vez que el cajero acabó de leer la nota giró la cabeza hacia arriba. En ese momento Wells se levanta la camisa y le muestra un dispositivo de lo más sofisticado que consta de varias partes. Si la nota no estaba mintiendo, el cajero tenía delante suya a un hombre con una bomba, un tipo con un dispositivo atado al cuello.

Los nervios no le dejan reaccionar, el cajero balbucea y finalmente acierta a decirle a Wells que no hay manera de entrar ese día a la bóveda, y menos en tan poco tiempo. Wells le pide entonces que vacíen todo lo que contenga dinero. Finalmente sale del banco con un botín de poco más de 8 mil dólares. Se mete en el coche que había aparcado enfrente, arranca e inicia la huida.

Brian Wells. Wikimedia Commons

No llegó muy lejos. A los pocos minutos la policía ya lo ha detectado tras el aviso del banco. Estaba estacionado en el interior de su coche. La policía lo rodea y le pide que salga. Wells hace caso y sale lentamente del vehículo. Luego le piden que se tire al suelo y que se arrodille, momento en el que le esposan las manos detrás de la espalda.

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En ese momento Wells comienza a hablar con los primeros policías. Según explica, en su último reparto del día un grupo de hombres de raza negra armados le habían abordado colocándole la bomba alrededor del cuello a la fuerza. Acto seguido le dijeron que debía robar el banco. Luego imploró a la policía:

Por favor, tienen que ayudarme. Este collar bomba va a explotar en cualquier momento. Les juro que no estoy mintiendo.

La policía llama rápidamente a los artificieros, a estos se unen agentes especiales y FBI. Se acordona la zona mientras comienzan a llegar las primeras cadenas de televisión. En pocos minutos aquello se convierte en la noticia del día en todo el país. Las televisiones retransmiten en directo la detención de un hombre con un collar bomba, un tipo que está esposado, sentado sobre el asfalto mientras decenas de policías y equipos de seguridad tratan de descifrar la situación.

Cuenta atrás para Wells.

Pasados unos 20 minutos algo cambia en la escena. Se trata de un ruido, un pitido agudo. De repente, el dispositivo atado al cuello emite un sonido que se acelera. Wells se muestra inquieto, su expresión cambia, se mueve desde el asfalto, parece que trata de quitarse de encima aquella bomba o lo que fuera. El sonido es cada vez más fuerte y seguido, las televisiones no dan crédito.

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Lo siguiente que se escucha (y se aprecia en las televisiones) es la detonación y explosión de la bomba que llevaba Wells en su cuello. El aparato estalla y con él un movimiento violento del cuerpo del hombre que le produce automáticamente un enorme corte a la altura de su pecho. Tras unos segundos donde el cuerpo parece resistirse dando los últimos coletazos, Wells fallece sobre el asfalto. Eran poco más de las 15:00.

Desgraciadamente para la policía, se acababa de abrir un caso más largo de lo que esperaban.

Primeras investigaciones: la búsqueda del tesoro

Una de las notas encontradas por el FBI. FBI

Como explica en la investigación que escribió sobre el caso el periodista Rich Shapiro, la primera pista de que aquello no iba a resultar tan sencillo ocurrió poco después de la muerte del repartidor de pizzas.

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La policía comenzó con las rutinas propias de un caso así, clasificando todas las pruebas que tenían a la vista. En el coche dan con esa especie de pistola o arma casera que describían en el banco. Se trataba de un dispositivo que denotaba destreza en aquel que lo hubiera construido. Más tarde llegó al equipo forense el collar bomba que se había detonado. En palabras de los agentes del caso, aquello era una “maravilla de bricolaje y diseño”. Un dispositivo que constaba de dos partes; por un lado un collar con bandas de metal con 4 orificios y una cerradura a modo de combinación de tres dígitos, por el otro una caja de hierro que contenía dos bombas de tubo de 6 pulgadas cargadas de pólvora.

Además, el collar estaba bloqueado en el cuello de Wells a través de unas esposas gigantes, un dispositivo que contenía dos temporizadores con cuenta atrás electrónica. Aquella máquina era un enigma en sí mismo. Tras los primeros análisis había muy pocas dudas de que había sido construida por algún tipo de profesional.

Sin embargo, la naturaleza del dispositivo quedaría en anécdota cuando los investigadores encuentran en el interior del coche una serie de notas desconcertantes. Se trataba de una serie de papeles escritos a mano dirigidos al “rehén bomba”. En las mismas se le pedía que debía robar en el banco 250 mil dólares. Una vez hecho, podría seguir una serie de instrucciones complejas que le acabarían dando varias llaves y códigos de combinación a lo largo de la ciudad.

Notas encontradas por el FBI. FBI

Las notas incluían también dibujos y mapas detallados, aunque siempre con un tono amenazante. De lo que no había ninguna duda era de que si Wells seguía al pie de la letra las instrucciones, prometían liberarlo de la bomba. Por el contrario, si el hombre no obedecía, estaría destinado a una muerte segura. Según se podía leer en una de las notas:

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Tan solo hay una forma de que puedas sobrevivir, y es cooperando por completo. Esta poderosa bomba es una trampa explosiva que sólo puede eliminarse siguiendo las instrucciones. Actúa ahora y piensa después o morirás!

El caso había dado un vuelco inaudito. Las piezas indicaban que todo era un plan para que Wells robara ese día en el banco. En torno al hombre habían construido un juego a vida o muerte, un perverso entretenimiento al estilo de una búsqueda del tesoro a través de pistas... un juego donde el premio final sería mantenerse con vida.

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Los investigadores pensaron que la mejor forma de seguir la pista de los autores (o autor) sería actuar como si fueran Wells. La primera nota era la más sencilla. En ella le pedían al repartidor que debía salir del banco con el dinero y acudir a las inmediaciones de un McDonals. Una vez allí debía salir del coche y acudir a una señal. Debajo de la señal se encontraba una roca que contenía la siguiente pista. Wells había acudido allí tras salir del banco con el dinero en efectivo. Había recuperado esa primera nota (en realidad eran dos páginas) que le dirigían hasta una calle que daba a una zona boscosa a varios kilómetros de allí, espacio donde un contenedor naranja le ofrecería la siguiente pista.

Otra de las notas encontradas por el FBI. FBI

Jamás llegó hasta allí. La policía lo detuvo en la primera pista, estacionado frente al McDonalds. Así que los investigadores siguieron el hilo de las notas y acudieron a la zona donde debía encontrarse con el contenedor naranja. Una vez allí, se encontraron con otra nota que los dirigía a unos 3 kilómetros al sur, donde debían divisar una nueva señal de tráfico con otra pista.

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Cuando llegaron se encontraron con un frasco, pero este estaba vacío. Quien fuera que había colocado la pista parecía que se había deshecho del puzzle en ese punto. Podría ser que en el transcurso de tiempo que había pasado entre la detonación de la bomba y las primeras pesquisas policiales, los autores habían intentado eliminar las pistas que debían liberar a Wells del collar.

Sin más notas que rastrear, la policía se centra en el propio repartidor. Los agentes acuden a los forenses y se añade una nueva capa de intriga a la trama. Wells había muerto con dos camisetas puestas, y la exterior llevaba escrito bien grande la palabra guess (adivina en inglés). La broma macabra cobra sentido cuando la policía habla con los trabajadores y estos niegan que ese día la llevara puesta. Es más, acuden a sus parientes y ninguno recordaba haberlo visto jamás con ella, ni en broma. La policía estaba totalmente perdida, ¿Qué clase de juego era todo esto? ¿quién estaba detrás del mismo? O quizá más importante, ¿por qué tomaron a Wells como rehén?

Los investigadores deciden entonces seguir los pasos del repartidor el 28 de agosto. Ese día y como recordarían los vecinos, Wells salió de casa temprano para ir a trabajar como todos los días a la pizzería Mama Mia. A las 13:30 y como recordó su jefe, se realiza un pedido con entrega en un punto a las afueras de la ciudad. Wells estaba a punto de terminar su turno, pero aún así decide llevar el pedido.

Reglas a seguir para Wells. FBI

Sale del establecimiento sobre las 14:00 horas. Dicho lugar de entrega tiene un único acceso a través de un camino de tierra, un enclave que lleva a una torre de transmisión de televisión en una zona boscosa fuera de la ciudad. Cuando la policía llega hasta allí peina toda la zona durante días. Descubren huellas de zapatos que concuerdan con el calzado que llevaba Welss ese día. También observan las huellas de unos neumáticos, unas ruedas que más tarde se confirmarían como las huellas del vehículo del repartidor, el mismo encontrado horas más tarde junto al collar bomba sobre su cuello.

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Aparte de las huellas no había ninguna otra pista que pudiera arrojar evidencias sobre quién lo pudo atraer hasta allí o qué fue lo que ocurrió después. Tras varios días de investigación la policía llegó a un punto de no retorno. La última de las pesquisas les había devuelto a la casilla de salida y no había manera de encontrar algo de luz en el caso.

Un cuerpo en el congelador

Restos del collar bomba de Wells. Wikimedia Commons

Pero no todo estaba perdido. Los periodistas que habían estado cubriendo el caso más importante de la historia de Erie no se iban a quedar de brazos cruzados. Dos reporteros del diario Times-News acuden a la torre tras un chivatazo sobre los pasos policiales. La zona estaba acordonada por la policía, por tanto, los periodistas no podían pasar a partir de cierta zona. Cuando estaban a punto de dar media vuelta se fijan en una extraña figura. Justo enfrente de la torre se encontraba una casa cuyo patio trasero daba a parar a la torre. Desde sus ventanales se podía ver la sombra de un hombre alto y corpulento. Los reporteros piensan que no tienen nada que perder y acuden a la casa para preguntarle al tipo.

El hombre abre la puerta y se presenta. Se llamaba Bill Rothstein, de 59 años y de profesión “manitas”. Le contó a los periodistas que había vivido toda la vida en la zona y que se ganaba la vida con pequeños arreglos. Cuando los reporteros le preguntaron por el caso, Rothstein no tenía ni idea de lo ocurrido a escasos metros de su casa. En vista de que no le iban a sacar ninguna noticia, le piden acudir al patio trasero para tomar unas fotos. Más o menos media hora después los periodistas se despiden del hombre y vuelven a la redacción.

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Pasaron días sin noticias nuevas ni pistas que pudieran reabrir el caso hasta el 20 de septiembre de ese mismo año. Una llamada al 911 hacía soltar las alarmas. Al otro lado del teléfono se podía oír la voz de un hombre que decía lo siguiente:

8645 en Peach Street, en el garaje hay un cuerpo congelado. El cuerpo está en el congelador.

Restos del dispositivo del collar guardado por el FBI. FBI

¿Adivinan quién realizó la llamada? Fue Bill Rothstein, quien estaba llamando a la policía para que acudieran a su propia casa, lugar donde estaba indicando que había un cuerpo en un congelador. Ni que decir tiene que a las pocas horas Rothstein estaba en comisaría siendo interrogado. Allí explicó la historia: al parecer había estado las últimas semanas viviendo en “una agonía”, había valorado suicidarse e incluso había llegado a escribir una nota de suicidio.

Dicha nota fue encontrada por la policía. En la misma, el hombre identificaba el cuerpo del hombre en el congelador. Se trataba de Kim Roden y en la nota de suicidio de Rothstein señalaba que “no lo maté ni he participado en su muerte”, seguido de lo más intrigante (si es que esto no lo era ya suficientemente). La nota terminaba con un escueto:

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... esto no tiene nada que ver con el caso de Wells.

La viuda negra

Pistola casera usada por Wells en el banco. AP Images

Rothstein explicó a la policía que a mediados de agosto había recibido una llamada de teléfono de su ex-novia Marjorie Diehl-Armstrong. Al parecer, esta le llamó alterada y nerviosa, acababa de disparar a su novio, James Roden, durante una pelea por un tema económico. No sabía donde acudir y llamó a Rothstein para limpiar la escena y el cuerpo. Este aceptó, acudió a la casa de la mujer e hizo lo que le pidió, meter en el congelador de su garaje el cuerpo y fundir el arma del homicidio en cenizas que luego esparció por Erie.

Ocurre que Marjorie también le pidió que se deshiciera del cuerpo unos días después, pero Rothstein no tuvo el valor de seguir con el plan y acabó llamando a la policía, según sus palabras, por miedo a las represalias de Marjorie.

Así fue como el 21 de septiembre Marjorie es detenida por el asesinato de Roden… para 16 meses después, en enero del 2005, declararse culpable (aunque mentalmente enferma), y por tanto condenada a 20 años de prisión. Un tiempo, entre la detención y la condena, en el que Rothstein fallecía de un linfoma. Así que a él, ya nadie le podía pedir explicaciones.

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Lo cierto es que aunque Rothstein nombró en su supuesta nota de suicidio esas enigmáticas palabras (esto no tiene nada que ver con el caso de Wells), ninguno de los agentes federales que llevaban el caso del collar bomba le había dado mayor importancia a que existiera tal conexión. Pero toda cambiaría en abril del 2005 tras una llamada de un agente del estado que había tenido un encuentro con Marjorie en la cárcel.

Marjorie y Rotstein. Erie Times News

La mujer se había enterado de la nota de su ex-novio (Rothstein, ya muerto) y salió a desmentirlo. Según Marjorie, el asesinato de Roden estaba relacionado con la trama del collar bomba. El FBI se personó con la mujer y esta les aseguró que si la trasladaban a una prisión cercana a Erie les contaría todo lo que sabía sobre el caso.

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En este punto vale la pena explicar quién era Marjorie. Antes de ser detenida por el asesinato de Roden, a Diehl-Armstrong se la conocía por una especie de “viuda negra”, es decir, una mujer cuyos amantes habían pasado a mejor vida. Con 35 años llegó a estar acusada del asesinato de su novio Robert Thomas. Ella afirmó que las seis balas que tenía en el cuerpo fue por defensa propia. La creyeron y fue absuelta por el jurado. Unos años más tarde su primer marido murió bajo extrañas circunstancias.

E incluso mucho antes, cuando Diehl-Armstrong era una joven estudiante de secundaria, sus compañeros la recordaban como una chica extremadamente inteligente, con un dominio casi enciclopédico de la literatura, la historia y las leyes. El retrato que hacían de ella sus conocidos cambiaba con el paso del tiempo, dando paso a una mente con altibajos y constantes trastornos bipolares, cambios bruscos de humor e incapaz de controlar su violencia en ocasiones. Quienes la conocían en sus últimos años la tildaban de paranoide y narcisista.

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Cuando las autoridades federales la entrevistaron dijo que no estaba implicada en la trama de Wells, aunque admitió que conocía el plan y había suministrado los temporizadores para la bomba. También dijo que el repartidor de pizza no fue únicamente una víctima, sino también parte del plan. Finalmente acusó Rothstein, él había sido la cabeza pensante, el origen de todo.

Kenneth Barnes en el 2007 escoltado por el FBI. AP Images

Lo cierto es que la policía no la creyó. Los investigadores se habían reunido semanas antes con 4 informantes desde la cárcel que les habían revelado que Marjorie había hablado sobre el crimen con detalle. La mujer acaba admitiendo a los agentes que mató a Roden porque iba a contar todo sobre el robo.

Pocos meses después se produce otro avance en el caso. A finales del 2005 se presenta un testigo a los federales para comunicar que un reparador de televisiones que había sido proveedor de crack en el pasado, un tipo bajo el nombre de Kenneth Barnes, también estaba implicado. Al parecer, Barnes había sido compañero de Marjorie y estaba en ese momento en la cárcel por cargos relacionados con drogas. El tipo llega a un acuerdo para reducir la sentencia si cuenta lo que sabe.

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Barnes confirma las teorías de la policía, Marjorie era el cerebro de la trama del collar bomba. El hombre explica que la mujer urdió el plan del robo al banco para poder pagar a un asesino a sueldo y matar a su padre, un tipo rico que Marjorie creía que se estaba gastando su fortuna, la misma que esperaba heredar un día. Tras la declaración de Barnes los agentes se presentan a Marjorie y le comunican que tienen pruebas suficientes para acusarla.

¿Fin del caso?

El hermano de Wells, John, hablando para los medios tras el anuncio de la fiscalía en el 2007. AP Images

Finalmente, el 10 de julio del año 2007, casi cuatro años después de la muerte de Wells, se produce un anuncio importante por parte de la oficina del fiscal federal en Erie. Una conferencia de prensa ante las cámaras de televisión donde anuncian que la investigación ha terminado. Marjorie y Barnes son acusados de llevar a cabo todo el plan. La acusación también añade a la conspiración a Rothstein y la propia víctima, Wells.

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Ese día sale a la luz el trabajo de esos cuatro años donde se alega que Wells fue parte de la trama desde el principio. El hombre había accedido a robar el banco, aunque siempre creyó que lo haría bajo una bomba falsa. Esa búsqueda de pistas posteriores que le ofrecerían las llaves y los códigos para desactivar la bomba era parte del plan para engañar a los policías en el caso de que lo atraparan. Era, según la fiscalía, una estrategia para mostrar evidencias falsas de que el hombre solo estaba siguiendo instrucciones a la fuerza.

La fiscal Mary Beth Buchanan apuntó que con el tiempo, Wells pasó de ser parte de la trama a un “participante involuntario”. En algún punto, el resto de los criminales decidieron utilizarlo, pasando de tener el papel de rehén a convertirse en uno. El collar bomba se hizo real y las pistas falsas se convirtieron en una lucha contra el reloj por salvar su vida. Además, una semana después se supo que el FBI había llegado a la conclusión de que la búsqueda de pistas era un engaño para el propio Wells. La bomba había sido manipulada de tal forma que cualquier intento por detenerla la haría estallar. Dicho de otra forma, Wells estaba sentenciado desde el mismo momento en el que le pusieron el collar.

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En septiembre del 2008 Barnes fue declarado culpable por cargos de conspiración y armas involucradas en la trama del collar. Le cayeron 45 años aunque accedió a testificar en el juicio contra Marjorie con la esperanza de una reducción. El juicio de la mujer tuvo que esperar hasta el año 2010 debido a que se alegó en un primer momento que era mentalmente incompetente para ser juzgada.

Marjorie tras la sentencia. AP Images

Ese año y tras comenzar el juicio, Barnes salió al estrado a contar la verdad. El hombre explicó ante el jurado que Marjorie ideó el plan y alistó a una serie de cómplices para llevarlo a cabo. Rothstein fue uno de ellos. Wells otro, en su caso, con la promesa de un pequeño emolumento por sus servicios. Y es que ese día en el juicio se supo que el repartidor de pizzas aplicado y amable en el trabajo también debía mucho dinero.

Resultó que tenía una relación con una prostituta, a la cual le daba crack (que le compraba o fiaba a Barnes) a cambio de sexo. Las semanas anteriores al robo Wells había perdido dinero y tenía una gran deuda atrasada con los jefes de Barnes. Por tanto necesitaba dinero en efectivo cuanto antes. No fue hasta su llegada a la torre para la supuesta entrega de las pizzas cuando se dio cuenta de que había sido traicionado y que la bomba que le iban a instalar a punta de pistola era real. Luego llegó el turno de Marjorie negando la historia de Barnes, aunque el jurado no la creyó. El 28 de febrero del 2011 fue condenada a cadena perpetua.

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Así, más de 7 años después de la muerte de Wells, se ponía fin a una investigación de lo más surrealista y peliculera. Una historia de comenzaba un día normal, en una ciudad normal de una mañana del mes de agosto de lo más normal. Una que terminaría con la explosión de un collar bomba y muerte de un repartidor de pizzas a los ojos de millones de espectadores de Estados Unidos.

Si bien la mayoría de las cuestiones fueron resueltas tras la sentencia a Marjorie, algunas preguntas quedan en el aire. Sin ir más lejos, nos quedamos con la duda de si la figura enigmática de Bill Rothstein en toda la trama fue más o menos importante. Nunca lo sabremos. O quizá sí.

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Posiblemente cuando Hollywood estrene una más que posible película del caso.