Imagen: Captblack76 / Shutterstock

Era un 20 de abril de 1962. Comienza la celebración del Viernes Santo en una capilla de la Universidad de Boston. Entre los asistentes, 10 estudiantes de teología han recibido una cápsula con psilocibina, el compuesto de las setas alucinógenas. Junto a estos, un grupo de investigadores toman notas del experimento que está a punto de empezar: el “poder” de los enteógenos frente al mayor de los misticismos, la religión.

Estamos en los 60 y el experimento que se llevó a cabo aquel día tenía entre sus “ideólogos” al mismísimo Timothy Leary, figura destacada en la contracultura de la década y uno de los hombres del “despertar” cultural (y psicodélico) de la misma.

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Junto a este último se encontraba el verdadero cerebro de la investigación. Un por aquel entonces joven Walter Pahnke, médico de la Universidad de Harvard. Por tanto y antes de volver a esa fecha donde una capilla estaba a punto de convertirse en la mayor experiencia alucinógena de la historia, veamos cual fue la razón que arrastró a este grupo para llevar a cabo semejante encuentro místico.

Cuando Pahnke encontró a Leary

Imagen: Timothy Leary. AP Images

Walter N. Pahnke (1931-1971) fue en vida un reputado médico y psiquiatra que estudio (y luego trabajó) en la Universidad de Harvard. Un hombre cuyas investigaciones le condujeron a numerosas condecoraciones y reconocimientos. Lo que ocurre es que parte de su trabajo estuvo enfocado en el uso de enteógenos como medio terapéutico en enfermedades, así como otro tipo de experimentos donde pondría a prueba hipótesis preconcebidas frente a las sustancias.

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Cuando hablamos de enteógenos hablamos de una sustancia vegetal o bien un preparado de sustancias vegetales con propiedades psicotrópicas. Por tanto cuando se ingieren provoca un estado modificado de conciencia. Hay un gran número de variantes tanto de hongos como de plantas con estas propiedades, entre ellas la ayahusca, el cannabis, el peyote o la psilocibina que se encuentra en lo que popularmente se denominan “setas alucinógenas”. Luego están también presentes con moléculas psicoactivas como la mescalina o el LSD.

Imagen: Molécula de la psilocibina. Wikimedia Commons

Este último término, el LSD, enlaza con el otro personaje del experimento que tuvo lugar. Se llamaba Timothy Francis Leary y fue toda una eminencia en los 60. Leary fue escritor, psicólogo y sobre todo, un gran entusiasta en aquellas investigaciones donde se hacía uso de las drogas psicodélicas, destacando sus numerosos intentos por demostrar los beneficios terapéuticos del ácido. Así que de alguna manera, tanto Pahnke como Leary parecían destinados a encontrarse en algún punto viviendo la misma década y bajo unos mismos intereses.

Y así ocurrió. A comienzos de la década de los 60 algunos científicos (los más atrevidos) comenzaron a centrar sus trabajos y a poner atención sobre el estudio de ciertas sustancias y la manera en la que alteraban la mente. Se trataba de un período donde muchos investigadores tiraban de la mística para ingerir setas o variantes con el fin de obtener una perspectiva práctica sobre las sustancias. Hablamos de una época en la que si un investigador debía aplicar la ingesta de sustancias alucinógenas a varios estudiantes para terminar una tesis doctoral, se hacía sin más.

De hecho esto fue lo que ocurrió con Pahnke, por aquel entonces un joven médico de la Universidad de Harvard que tenía en mente un curioso experimento. El hombre quería descubrir si las drogas psicodélicas podrían inducir al tipo de sensaciones místicas que muy pocas personas llegan a tener por otra experiencia, por ejemplo cuando alguien pasa por un trance religioso.

Este fue el momento en el que Pahnke entra en contacto con Leary, quién hacía unos pocos meses había comenzado a realizar experimentos con drogas en Harvard. Pahnke le propone el siguiente experimento a Leary:

  • Varios sujetos con lazos fuertes a la religión deben asistir a una celebración religiosa.
  • La mitad de ellos deben tomar alguna droga que expande la mente por primera vez en su vida.
  • La otra mitad debía tomar un placebo.
  • Al acabar la “experiencia”, todos debían estar obligados a rellenar un cuestionario y a ser entrevistados en varias ocasiones.
  • Finalmente se compararían los resultados con las descripciones de las experiencias místicas en el ámbito de la religión y mostrarían si empíricamente existe una diferencia cualitativa entre ellas.
Imagen: Sangoiri / Shutterstock

Por tanto estamos ante un experimento que pondría a prueba a la sustancia, en este caso sería la psilocibina, y si esta actuaría como un enteógeno fiable en sujetos predispuestos religiosamente. Leary contaría en su biografía que su primera reacción fue de absoluta sorpresa ante la proposición de este joven médico, pero al poco tiempo pensó que como mínimo, sería algo divertido:

Si me hubiera propuesto dar afrodisíacos a 20 vírgenes para producir un orgasmo en masa, no me habría sonado más extraño.

Leary le explica a Pahnke que un viaje psicodélico de esas características sería una experiencia muy personal para cada uno de los participantes. También le explica que lo normal es que una persona haya experimentado antes para poder tomar conclusiones sobre el mismo. Pahnke se niega, no quiere que le acusen de parcialidad, así que el experimento tendría una sola oportunidad de éxito con sujetos que no habían ingerido jamás la sustancia. Además, ninguno debía saber que la mitad tendría psilocibina y la otra mitad iba a ingerir placebo. Por último, los evaluadores posteriormente tampoco debían tener conocimiento de este cambio.

Leary finalmente acepta su rol de asesor de la “prueba” pero antes acuerda establecer una pequeña prueba en su casa con un par de estudiantes de teología. Según contaría en su biografía, estos experimentaron “visiones de Moisés y Mahoma o momentos del Antiguo Testamento”. Otros fueron relatos más crudos, con angustias a la muerte y crisis de ansiedad, pero en general y según Leary, todo había ido bien. El experimento tenía luz verde.

Miedo y Asco en la capilla de Boston

Imagen: Capilla Marsh. Wikimedia Commons

Una vez puesto en marcha el plan, Pahnke y Leary establecen el procedimiento a seguir. Pahnke consigue el apoyo de Howard Thurman, el que fuera decano de la capilla, para llevar a cabo el experimento en Marsh. Así llegamos a la mañana del viernes 20 de abril de 1962. Dos horas antes del servicio se reúnen 20 estudiantes de teología en la cripta de la Capilla Marsh, situada en la Universidad de Boston.

Lo primero que se les dice es que no traten de luchar contra los efectos de las drogas, incluso en el caso de que la experiencia se torne en mala o en el peor de los casos aterradora. En grupos de cuatro se les pide entonces que esperen en una habitaciones separadas, cada habitación tendría a dos cuidadores. Es el momento de darles un vaso de zumo y las cápsulas que contienen psilocibina a 10 de los estudiantes. A los otros 10 se les suministra un placebo, ácido nicótico, que produciría en los sujetos una sensación de hormigueo y que por tanto podrían pensar que están bajo los efectos de la droga.

A continuación y tras ingerir las cápsulas, los cinco grupos asisten al servicio en la pequeña capilla donde el sermón del Padre Howard Thurman retumbaría a través de los altavoces instalados. Diez de los 20 sujetos se sientan y prestan atención desde sus bancos. Los otros diez estaban cada uno en su propio viaje. La descripción que daría Pahnke de su experimento narra una secuencia donde algunos vagaban sobre la capilla murmurando solos, otro estaba tirado en el suelo, otros estaban tumbados moviendo las manos en los bancos y por último uno de los sujetos se encontraba sentado en el órgano tocando “música”.

Imagen: Andrei Verne / Shutterstock

En este momento del experimento cinco de los diez cuidadores también comienzan a comportarse de manera francamente extraña. Y es que luego se supo que Leary había desobedecido las órdenes de Pahnke insistiendo en que los cuidadores también experimentaran. Según las palabras de Leary en ese momento:

Si estamos juntos en esto, compartimos la ignorancia, compartimos esperanzas y compartimos riesgos.

Fueron alrededor de dos horas y media de celebración, celebración, obviamente, en todos los sentidos. Cuando terminaron, los estudiantes fueron entrevistados por primera vez, 10 de ellos aún bajo los efectos de las sustancias. Fueron entrevistados de nuevo al día siguiente y otra vez seis meses más tarde. Siempre con cuestiones acerca de lo que había pasado. Pahnke quería utilizar su cuestionario para averiguar la intensidad de la experiencia mística que habían tenido. Por tanto había ideado preguntas relativas a nueve reinos, cada uno separado por la experiencia donde se incluía la sensación de si estaban trascendiendo en el tiempo y el espacio junto a otras cuestiones relativas a los estados de ánimo de los sujetos.

Los resultados no dieron lugar a la duda: ocho de los diez que habían tomado las “setas” experimentaron al menos siete de las impresiones y sentimientos del cuestionario que se asociaban a una experiencia mística. Por el contrario, ninguno de los sujetos con el placebo alcanzó este tipo de puntuación, se habían quedado en todas las categorías muy por detrás del grupo “experimental”.

Lo mismo ocurrió en las entrevistas. Los alumnos que habían tomado la psilocibina aseguraban que el viaje había tenido un efecto positivo en cadena sobre su vida diaria. Este grupo sostenía que habían elevado su consciencia y que desde entonces sentían que reflexionaban de manera más profunda ante la vida, su actitud había cambiado con una mayor conciencia social.

Según creía Pahnke, estos efectos positivos se pueden atribuir al hecho de que al formar parte de la iglesia, esta les había conferido a los participantes un marco familiar en el que enlazar su experiencia con la droga. Por lo tanto y según el médico, todo indicaba que la ingesta de la psilocibina les había llevado a un estado de conciencia idéntica a la experimentada por cualquier cristiano, budista, hindú o creyente que fuera bajo un trance religioso.

Imagen: Andrei Verner / Shutterstock

Si bien para la mayoría de teólogos de la época el simple hecho de pensar que la conciencia mística se puede experimentar con la ayuda de una droga sería algo profano, para Pahnke simplemente indica los métodos tan malos que había utilizado el hombre hasta ahora para obtener esa experiencia.

Pahnke era muy consciente de que las drogas planteaban grandes incógnitas en la propia religión. El experimento no sólo planteó la cuestión de si las experiencias místicas se basaban exclusivamente en los procesos neurológicos o si la “inspiración divina” era simplemente la química del cerebro, también ponía en duda el principio de que una experiencia mística debía de ir acompañada del ascetismo.

Cuando el experimento se dio por finalizado, Pahnke creía firmemente que en el futuro se podrían llevar a cabo estudios que fueran capaces de sondear los misterios de la mística. La realidad no fue así. Su tesis fue finalmente aprobada, pero no consiguió financiación para continuar los estudios. Luego llegaría la prohibición de las drogas psicodélicas en Estados Unidos, y con ellas cualquier atisbo de esperanza del médico para continuar el trabajo que inició en la tesis.

Pahnke moriría en 1971 pero 25 años después del experimento que tuvo lugar en la capilla, el psicólogo Rick Doblin intentó encontrar a los participantes. Cuatro años de trabajo de investigación en los que finalmente encontró a 19 de los 20 alumnos, de los cuales 16 accedieron a ser entrevistados y a rellenar el mismo cuestionario del experimento original.

Sorpresa (o no), los resultados fueron igual de consistentes. Tanto el grupo “experimental” como el grupo del placebo habían respondido de la misma forma que en el experimento original. Los estudiantes que habían tomado psilocibina volvían a afirmar que el viaje fue uno de los puntos más altos de su vida espiritual.

Sin embargo la mayoría de los participantes también recordaban que no todo habían sido aspectos positivos. Hubo momentos en los que pensaban que estaban locos o que se iban a morir. Pahnke había pasado por alto estos aspectos en su tesis, silenciando, por ejemplo, el hecho de que uno de ellos tuvo que recibir asistencia durante la “prueba”. En cualquier caso este extraño y “místico” experimento que tuvo lugar en la década de los 60 tuvo unos resultados acordes con lo que esperaba en vida Pahnke. Así lo recogería finalmente en su trabajo Rick Doblin:

Los resultados del experimento de Pahnke ponen en duda la afirmación de que las experiencias místicas catalizadas por drogas son inferiores a aquellas experiencias místicas de origen no farmacológico, tanto en contenido inmediato como a largo plazo con los supuestos efectos negativos.

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