El James Webb ya nos acostumbró a observar galaxias primitivas, atmósferas alienígenas y regiones del universo que antes parecían inaccesibles. Pero esta vez acaba de cruzar otra frontera mucho más extraña: logró detectar directamente el calor emitido por la superficie de un planeta situado fuera del Sistema Solar. Puede parecer un detalle técnico, pero en realidad representa un cambio enorme para la astronomía moderna.
Hasta ahora, el análisis de exoplanetas se centraba principalmente en estudiar sus atmósferas. Los telescopios observaban cómo la luz de una estrella atravesaba gases alrededor del planeta y, a partir de esas señales, intentaban reconstruir su composición química. Pero el James Webb acaba de ir más allá: utilizó radiación infrarroja para investigar directamente cómo podría ser la superficie de un mundo situado a 50 años luz de distancia. Y lo que encontró resulta bastante inhóspito.
El exoplaneta observado por el James Webb parece una mezcla entre Mercurio y la Luna

El protagonista del estudio es LHS 3844b, un exoplaneta rocoso aproximadamente un 30% más grande que la Tierra. Los datos obtenidos por el Webb sugieren un planeta extremadamente caliente, oscuro, seco y prácticamente sin atmósfera. Un lugar donde la superficie recibe directamente la radiación de su estrella sin ninguna protección gaseosa. Pero hay un detalle todavía más importante: el planeta está bloqueado por mareas.
Eso significa que tarda exactamente lo mismo en girar sobre sí mismo que en completar una órbita alrededor de su estrella. Como consecuencia, siempre muestra la misma cara hacia ella, igual que la Luna hace con la Tierra. El resultado es brutal.
Un hemisferio permanece eternamente iluminado y abrasado por temperaturas extremas, mientras el otro vive en una noche permanente. Y precisamente esa diferencia térmica convirtió al planeta en un objetivo ideal para el instrumento MIRI del James Webb.
El James Webb aprovechó eclipses estelares para separar el calor del planeta del de su estrella
Aquí aparece la parte realmente ingeniosa del experimento. Uno de los grandes problemas al estudiar exoplanetas es que las estrellas son muchísimo más brillantes y calientes que los mundos que orbitan a su alrededor. La señal del planeta suele quedar completamente ahogada por la radiación estelar. Por eso los eclipses fueron fundamentales.
Durante determinados momentos de la órbita, LHS 3844b pasa por detrás de su estrella desde la perspectiva del James Webb. Cuando eso ocurre, el telescopio recibe únicamente la luz de la estrella. Comparando esa señal con la obtenida cuando el planeta sí está visible, los investigadores pueden calcular exactamente cuánta radiación infrarroja proviene del propio exoplaneta. Y esa radiación contiene muchísima información.
El calor emitido por la superficie no solo revela temperatura. También funciona como una especie de huella química y geológica. Diferentes minerales y materiales reflejan y emiten radiación de maneras distintas, permitiendo deducir la composición superficial del planeta.
Lo más extraño es que el planeta parece volcánico… pero no tiene gases volcánicos

Los investigadores compararon la señal térmica de LHS 3844b con objetos conocidos como la Tierra, Marte y la Luna. El parecido con nuestro planeta era prácticamente inexistente. En cambio, aparecieron similitudes llamativas con la superficie lunar. Eso llevó inicialmente a pensar que el exoplaneta podría estar cubierto de basalto, una roca volcánica muy común tanto en la Luna como en otros cuerpos rocosos del Sistema Solar.
La primera hipótesis parecía lógica: un planeta joven con actividad volcánica intensa y superficies relativamente recientes formadas por lava. Pero había un problema. Si realmente existiera vulcanismo activo, deberían aparecer señales de gases como dióxido de carbono o dióxido de azufre liberados por las erupciones. Y el James Webb no detectó ninguno de ellos. Eso obligó a buscar otra explicación.
La superficie podría estar cubierta por un “polvo espacial” oscuro acumulado durante millones de años
La hipótesis que ahora gana fuerza es todavía más interesante. Los investigadores creen que la superficie del planeta podría estar recubierta por una gruesa capa de material oscuro y extremadamente fino generado por impactos de meteoritos y exposición constante a radiación espacial. Un fenómeno conocido como meteorización espacial. Es algo parecido a lo que ocurre en Mercurio o en la Luna.
Los mundos sin atmósfera son especialmente vulnerables a este proceso porque nada protege su superficie frente al bombardeo continuo del espacio. Con el tiempo, la roca se transforma lentamente en un material oscuro que altera completamente la forma en que refleja y emite calor. Y eso es exactamente lo que podría estar observando el James Webb.
Lo más importante es que el telescopio acaba de abrir una nueva forma de estudiar mundos lejanos
Y quizá ahí reside el verdadero alcance del descubrimiento. Hasta ahora, reconstruir la geología de un exoplaneta parecía algo casi imposible. Pero el Webb acaba de demostrar que analizar directamente el calor superficial puede revelar pistas sobre volcanes, minerales, composición rocosa e incluso procesos de erosión espacial en mundos situados a decenas de años luz.
Es un cambio enorme. Porque significa que la astronomía ya no solo empieza a detectar exoplanetas. Empieza a estudiar cómo son realmente sus superficies. Y eso acerca un poco más una idea que durante décadas parecía inalcanzable: convertir mundos lejanos en lugares que podamos empezar a imaginar con detalle.