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Imagen: Pale Blue Dot (NASA)

El 14 de febrero de 1990, la sonda espacial Voyager 1 apagó sus cámaras para el resto de la eternidad. Sin embargo, media hora antes, grabó una imagen final. Una instantánea de nuestro planeta como nunca antes habíamos visto. Como diría Carl Sagan: “Mira ese punto, porque en el, cada ser humano que ha existido, vivió su vida”.

Nos referimos a Pale Blue Dot (un punto azul pálido), una fotografía que tomó Voyager 1 desde una distancia de 6.000 millones de kilómetros, una imagen que nos muestra la Tierra más vulnerable y sola que nunca, como una mota o punto de luz casi imperceptible fruto del fulgor del Sol.

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Imagen: Versión original (Dominio público)

Ahora, cuando se cumplen 30 años de aquella instantánea, la NASA la recuerda publicando una nueva versión del icónico retrato de la Tierra, y lo cierto es que se ve tan impresionante como entonces. Para ello, el ingeniero de JPL, Kevin M. Gill, utilizó un software moderno procesando los datos originales capturados por la Voyager 1 en tres filtros espectrales, reequilibrando los canales de color y revelando más detalles en los rayos de sol dispersados ​​por la óptica de la cámara.

Imagen: Versión ampliada de la nueva versión de Pale Blue Dot (NASA/JPL-Caltech)

Cuenta la agencia que tras el “lavado de cara” nuestro planeta sigue igual, apenas más grande que una miga, “la sonda espacial ya estaba tan lejos de nosotros cuando se capturó la imagen, que nuestro planeta ocupaba solo 0.12 de un píxel”, explican.

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Pale Blue Dot forma parte del ‘retrato familiar’ que el Voyager 1 tomó de nuestro Sistema Solar, un esfuerzo que originalmente no fue pensado como parte de la misión Voyager, pero que se hizo realidad gracias a la brillante idea de Carl Sagan, quien vio la oportunidad de capturar nuestro mundo flotando en el gran océano cósmico.

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De hecho, en su libro de 1994, Pale Blue Dot, Sagan rendía homenaje a la instantánea relatando sus pensamientos de la siguiente forma:

Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. En el, todos los que amas, todos los que conoces, todos de los que alguna vez escuchaste, cada ser humano que ha existido, vivió su vida. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, niño esperanzado, inventor y explorador, cada maestro de la moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie, vivió ahí – en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol.

La Tierra es un escenario muy pequeño en la vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que en su gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de una esquina del punto sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios. Nuestras posturas, nuestra importancia imaginaria, la ilusión de que ocupamos una posición privilegiada en el Universo... es desafiada por este punto de luz pálida.

Nuestro planeta es una solitaria mancha en la gran y envolvente penumbra cósmica. En nuestra oscuridad —en toda esta vastedad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Asentarnos, aún no. Nos guste o no, por el momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos. Se ha dicho que la astronomía es una formadora de humildad y carácter. Tal vez no hay mejor demostración de la locura de los conceptos humanos que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos mejor los unos a los otros, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que siempre hemos conocido.

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Imagen: Mosaico ‘Retrato familiar’ de imágenes del sistema solar de la Voyager 1. (NASA)

En cuanto a la nueva versión, la NASA explica que ha estado en exhibición en el Auditorio Theodore von Kármán de JPL. Según la agencia, la instantánea de la Tierra necesitaba ser reemplazada porque los visitantes no podían evitar tocarla.

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Y no es para menos, como decía el mismo Sagan, “dentro de un milenio nuestra época se recordará como el tiempo en que nos alejamos por primera vez de la Tierra y la contemplamos desde más allá del último de los planetas, como un punto azul pálido casi perdido en un inmenso mar de estrellas”. [NASA, ScienceAlert]

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