A las 5:26 de la mañana del 10 de agosto de 2025, una masa de roca en forma de cuña ubicada sobre el glaciar South Sawyer, en el fiordo Tracy Arm de Alaska, cedió. En menos de un minuto, más de 64 millones de metros cúbicos de material —el equivalente en volumen a 24 Grandes Pirámides de Giza— se precipitaron hacia el agua. La energía liberada por ese impacto fue equivalente a un terremoto de magnitud 5,4, y fue detectada por sismógrafos en todo el mundo.
Lo que vino después fue una ola de 481 metros de altura.
Durante meses, el evento pasó casi inadvertido. El fiordo es remoto, no hubo víctimas, y los medios prestaron poca atención. Pero un equipo de científicos de la University College London, la Universidad de Calgary y otras instituciones pasó ese tiempo reconstruyendo, metro a metro y segundo a segundo, lo que realmente ocurrió. Esta semana publicaron sus resultados en la revista Science, y el panorama que describen es más grave de lo que sugería el silencio inicial.
Cómo se formó la ola más alta desde 1958
Los megatsunamis son fenómenos distintos a los tsunamis que cruzan océanos. No los generan terremotos en el fondo marino, sino impactos físicos en espacios acotados: una montaña que cae en un lago, un glaciar que se desprende en un fiordo, una masa de tierra que golpea el agua en un canal estrecho. Esa estrechez es precisamente lo que los hace tan extremos: en lugar de dispersarse, la energía se concentra y la ola crece.
Tracy Arm es un fiordo de 48 kilómetros de longitud con paredes abruptas y aguas heladas. Cuando la roca impactó en la base del glaciar South Sawyer, desplazó hielo y agua simultáneamente. La ola inicial de unos 100 metros viajó a más de 70 metros por segundo antes de ascender por la pared opuesta del fiordo hasta alcanzar los 481 metros de altura, según midió el equipo con imágenes satelitales, datos sísmicos y trabajo de campo.
El único megatsunami más alto del que se tiene registro también ocurrió en Alaska: el de la bahía de Lituya en 1958, que llegó a los 524 metros y fue desencadenado por un terremoto. El de Tracy Arm queda apenas 43 metros por debajo, y en la lista histórica hay un salto enorme hasta el tercer puesto: el megatsunami del fiordo Dickson en Groenlandia en 2024, que alcanzó 200 metros.
El glaciar que sostenía la montaña

La causa inmediata del colapso fue una combinación de microterremotos. Los sensores detectaron actividad sísmica leve durante varios días previos al evento, con señales que aumentaron en frecuencia e intensidad hasta aproximadamente una hora antes del derrumbe. Pero la causa de fondo era otra, y es la que preocupa a los investigadores.
El glaciar South Sawyer había retrocedido unos 500 metros solo durante la primavera de 2025, además del retroceso acumulado durante décadas. Ese hielo no era solo agua congelada: era el sostén físico de la pared rocosa que lo rodeaba. Stephen Hicks, investigador del University College London y uno de los autores del estudio, lo explicó con precisión: el glaciar ayudaba a sostener ese fragmento de roca, y cuando el hielo retrocedió dejó expuesta la base del acantilado, lo que permitió que el material rocoso colapsara repentinamente dentro del fiordo.
En otras palabras, el derretimiento glaciar no fue el detonante directo, sino la condición que hizo posible el colapso. Removió el soporte que mantenía estable la ladera durante siglos.
Nadie murió, pero fue por la hora
En los meses de verano, más de 20 embarcaciones por día visitan el fiordo Tracy Arm. Algunos barcos transportan miles de pasajeros. El turismo de cruceros en Alaska creció de un millón de pasajeros anuales en 2016 a aproximadamente 1,6 millones en 2025. En el momento del colapso, varios barcos estaban programados para ingresar al fiordo en las horas siguientes.
La hora del evento —las 5:26 de la madrugada— fue lo que evitó la catástrofe. Los kayakistas acampados en la isla Harbor, a la salida del fiordo y a más de 50 kilómetros del epicentro, reportaron que el agua arrasó con su equipo. Una embarcación motorizada a distancia similar observó olas rompiendo a lo largo de las costas con surges visibles moviéndose rápidamente por todo el sistema de fiordos.
Bretwood Higman, geólogo de Alaska que recorrió el lugar semanas después del evento, encontró árboles rotos esparcidos por las laderas y enormes extensiones de roca desnuda, despojada de suelo y vegetación. «Sabemos que hubo personas que estuvieron a punto de estar en el lugar equivocado», dijo. «Me aterra bastante pensar que no vayamos a tener tanta suerte en el futuro».
Una señal sísmica que duró 36 horas
Uno de los hallazgos más llamativos del estudio es lo que ocurrió después de la ola. El impacto de la roca generó una seiche, una oscilación resonante del agua atrapada dentro del fiordo, similar a lo que ocurre cuando el agua de una bañera sigue moviéndose después de que uno se mueve. Esa seiche fue detectable en sismógrafos de todo el mundo durante 36 horas consecutivas, con un período de oscilación de aproximadamente 66 segundos. Es solo la segunda vez en la historia que se documenta un fenómeno de este tipo con esa duración.
Esa persistencia de la señal es relevante más allá de lo anecdótico: podría ser una herramienta para el monitoreo futuro. Los investigadores señalan que rastrear estas oscilaciones de largo período, combinado con el seguimiento de la actividad microsísmica previa a los colapsos, podría ser la base para desarrollar sistemas automatizados de alerta temprana capaces de anticipar eventos similares antes de que ocurran.
Lo que viene: un riesgo que crece
El estudio no se limita a reconstruir lo que pasó en Tracy Arm. También señala hacia adelante. Imágenes de radar satelital de apertura sintética (InSAR) muestran que numerosas laderas en Alaska y otras regiones árticas están en movimiento, lo que indica potencial de futuros colapsos. La combinación de retroceso glaciar acelerado, deshielo del permafrost y aumento del agua en el suelo está desestabilizando terrenos que durante siglos permanecieron estables.
Higman es directo al respecto: los riesgos de megatsunamis están creciendo, y no solo un poco. Su estimación es que podrían ser unas diez veces más frecuentes que hace apenas unas décadas. La geografía de Alaska —montañas escarpadas, fiordos estrechos, terremotos frecuentes y glaciares en retroceso— la convierte en la región más expuesta del planeta a este tipo de fenómenos.
La respuesta inmediata ya comenzó: varias compañías de cruceros anunciaron que dejarán de enviar barcos al fiordo Tracy Arm. Los investigadores piden una vigilancia mucho más amplia de las zonas vulnerables y advierten sobre la paradoja de fondo: los mismos paisajes que el cambio climático está transformando y desestabilizando son los que atraen a millones de turistas que quieren ver los glaciares antes de que desaparezcan.