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Ciencia

Bajo el hielo, algo despierta tras 40.000 años de silencio. Los microbios congelados en el permafrost han vuelto a la vida y lo primero que hicieron es increíblemente sorpresivo

Dormían desde la Edad del Hielo, ocultos en las entrañas heladas de Alaska. Hoy, al rehidratarse, vuelven a dividirse y respirar, recordándonos que el deshielo del planeta puede liberar más que agua: también los ecos biológicos de un mundo anterior al nuestro.
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En el norte más remoto de Alaska, donde el suelo cruje como vidrio bajo los pies y el aire parece inmóvil, los científicos han hecho algo que suena imposible: han despertado vida antigua. Microbios atrapados durante 40.000 años en el permafrost han vuelto a moverse, a alimentarse, a multiplicarse.

Este hallazgo no solo revela una resistencia biológica que desafía la lógica; también plantea una pregunta incómoda: ¿qué más puede revivir cuando el hielo se derrite?

Vida que nunca estuvo muerta

Despiertan microbios atrapados en el hielo durante 40.000 años. Lo primero que hacen es volver a multiplicarse
© Tristan Caro.

El descubrimiento tuvo lugar en el Permafrost Tunnel de Fairbanks, un laboratorio subterráneo del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos. Es un túnel que atraviesa el hielo eterno de Alaska y conserva, como en una cápsula del tiempo, fragmentos del pleistoceno: huesos de mamuts, restos de bisontes, y ahora, bacterias que habían permanecido en letargo durante milenios.

El equipo de la Universidad de Colorado Boulder, liderado por el microbiólogo Tristan Caro, extrajo muestras de suelo congelado y las rehidrató en condiciones controladas. Al cabo de unas semanas, los microorganismos comenzaron a mostrar signos de vida. “Estas muestras no están muertas en absoluto”, explicó Caro. “Simplemente estaban esperando”.

El estudio, publicado en JGR Biogeosciences, confirmó lo que muchos temían: el permafrost no es un cementerio biológico, sino un archivo latente, capaz de devolver a la vida organismos que no han respirado desde la Edad del Hielo.

Un experimento en el límite de lo posible

Para rastrear la actividad de los microbios, los investigadores mezclaron las muestras con agua enriquecida con deuterio, una forma pesada de hidrógeno. De esa manera, pudieron seguir cada reacción química. Al principio no ocurrió nada. Pero, tras varios meses, los microorganismos comenzaron a dividirse, formando colonias visibles y biofilms, esas estructuras gelatinosas que las bacterias crean para protegerse.

El proceso no fue inmediato ni explosivo: fue gradual, casi imperceptible. Una vida microscópica que despertó lentamente, como si necesitara recordar cómo existir.

El detalle más inquietante llegó después: no se trataba de una simple curiosidad científica, sino de una advertencia sobre lo que el calentamiento global podría desencadenar.

Cuando el deshielo despierta al pasado

El equipo descubrió que la clave no estaba en los aumentos bruscos de temperatura, sino en la duración del calor. Un solo día cálido no bastaba para alterar el equilibrio del permafrost, pero semanas o meses de deshielo sostenido bastaban para activar la vida dormida.

En los veranos cada vez más largos del Ártico, eso ya está ocurriendo. Los microbios comienzan a metabolizar materia orgánica atrapada durante milenios, liberando metano y dióxido de carbono: dos de los gases que más contribuyen al efecto invernadero.

El coautor del estudio, Sebastian Kopf, lo resumió con una claridad escalofriante: “Estos microorganismos son una de las mayores incógnitas en la respuesta climática global. Cuando despiertan, no solo cambian su entorno; también pueden cambiar el clima del planeta”.

Ecos de un mundo antiguo

Despiertan microbios atrapados en el hielo durante 40.000 años. Lo primero que hacen es volver a multiplicarse
© Tristan Caro.

Lo que emerge del hielo no pertenece solo al pasado biológico, sino también al pasado climático de la Tierra. Los microbios del permafrost conservan información sobre cómo era la atmósfera hace decenas de miles de años: los gases que respiraban, los nutrientes que procesaban, las condiciones que los hicieron hibernar.

Sin embargo, su reactivación no es inocua. Al descomponer la materia orgánica y liberar carbono, estos organismos se convierten en agentes activos del cambio climático, una especie de “efecto retroalimentado” donde el deshielo libera vida, y la vida acelera el deshielo. Es un bucle que la ciencia empieza apenas a entender: el del hielo que respira.

Un espejo del futuro

Para los investigadores, el hallazgo es tanto una proeza experimental como un recordatorio de que la frontera entre lo vivo y lo inerte es más difusa de lo que creíamos. Lo que llamamos “muerto” en el hielo puede estar simplemente esperando las condiciones adecuadas para volver a funcionar.

El deshielo del permafrost, que avanza con cada verano más largo, podría ser una puerta abierta hacia ese pasado biológico: un archivo que el planeta no había planeado reabrir. Y si cada capa que se derrite trae consigo una historia, también trae una advertencia. Porque en el hielo, como en la memoria, algunas cosas dormían por una razón.

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