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Ciencia

A cuatro kilómetros bajo el Pacífico hay miles de millones de toneladas de rocas cargadas de níquel, cobalto y manganeso. La carrera por extraerlas amenaza uno de los ecosistemas menos conocidos del planeta

La zona Clarion-Clipperton contiene unos 21.000 millones de toneladas de nódulos polimetálicos formados durante millones de años. Estados, compañías mineras y científicos se disputan ahora el futuro de un fondo oceánico cuya regulación continúa sin resolverse.
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A unos 4.000 metros bajo la superficie del Pacífico central, entre Hawái y la costa occidental de México, el fondo marino aparece cubierto por millones de rocas oscuras de tamaño parecido al de una patata o una manzana. No parecen especialmente valiosas, pero contienen manganeso, níquel, cobre y cobalto en concentraciones capaces de alterar el mercado mundial de materias primas.

Son los llamados nódulos polimetálicos de la zona Clarion-Clipperton, una región abisal de varios millones de kilómetros cuadrados situada principalmente en aguas internacionales. Las piedras crecen alrededor de pequeños fragmentos de roca, conchas o dientes, acumulando capas minerales a un ritmo extremadamente lento: apenas unos milímetros cada millón de años.

Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, la zona albergaría de forma conservadora unos 21.100 millones de toneladas secas de nódulos, el mayor depósito conocido de este tipo. El organismo calcula que la cantidad de varios metales críticos encerrados allí supera las reservas terrestres globales conocidas.

Rocas pequeñas con cantidades enormes de metales

A cuatro kilómetros bajo el Pacífico hay miles de millones de toneladas de rocas cargadas de níquel, cobalto y manganeso. La carrera por extraerlas amenaza uno de los ecosistemas menos conocidos del planeta
© SMARTEX Project/smartexccz.org.

Los nódulos no son minerales puros. Están formados principalmente por óxidos de manganeso y hierro que atrapan otros elementos durante su lentísima formación.

De acuerdo con la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, las estimaciones históricas han llegado a situar el recurso total por encima de los 27.000 millones de toneladas, con miles de millones de toneladas de manganeso y cientos de millones de toneladas combinadas de níquel, cobre y cobalto. Las cifras varían según el área estudiada y según se hable de recursos geológicos o de cantidades realmente explotables.

Por eso conviene matizar la comparación con las minas terrestres. Un informe de GEOMAR estima que los nódulos de Clarion-Clipperton podrían contener entre tres y cinco veces más níquel y cobalto que los depósitos económicamente explotables conocidos en tierra. Eso no significa que todo pueda extraerse de forma técnica, rentable o ambientalmente aceptable.

Las compañías interesadas proponen utilizar enormes vehículos recolectores que avanzarían por el fondo, recogerían los nódulos y los enviarían por tuberías hasta barcos situados en la superficie. Después, el material tendría que trasladarse a plantas todavía inexistentes a escala comercial para separar sus distintos metales.

El supuesto desierto submarino está lleno de especies desconocidas

La principal objeción a la minería no está en la cantidad de minerales, sino en el lugar donde se encuentran. La Clarion-Clipperton fue descrita durante décadas como una llanura fangosa casi vacía, pero las campañas científicas han revelado esponjas, pepinos de mar, gusanos, corales, crustáceos y animales que no se parecen a ninguna especie registrada.

Según el Museo de Historia Natural de Londres, alrededor del 90% de las especies recopiladas en la región todavía no ha sido descrito científicamente. Los investigadores calculan que podrían quedar entre 6.000 y 8.000 especies animales por identificar, probablemente muchas más en las zonas menos estudiadas.

Los propios nódulos forman parte del ecosistema. En un fondo dominado por sedimentos blandos, proporcionan una de las pocas superficies duras donde pueden fijarse esponjas, anémonas y otros organismos. Retirarlos no solo elimina minerales: también arranca un hábitat que tardaría millones de años en volver a formarse.

Un estudio publicado en Nature en 2025 examinó una zona alterada experimentalmente décadas atrás y comprobó que algunas comunidades habían mostrado signos de recuperación. Sin embargo, las huellas físicas de la perturbación seguían siendo visibles y la recuperación variaba enormemente entre grupos de animales.

La tecnología avanza más deprisa que las reglas

A cuatro kilómetros bajo el Pacífico hay miles de millones de toneladas de rocas cargadas de níquel, cobalto y manganeso. La carrera por extraerlas amenaza uno de los ecosistemas menos conocidos del planeta
© SMARTEX Project/smartexccz.org.

La Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, creada bajo la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, es la institución encargada de regular los recursos del fondo marino internacional. Según sus registros, existen 17 contratos de exploración de nódulos en Clarion-Clipperton, pero todavía no se ha autorizado una explotación comercial bajo su marco.

El texto original que situaba la aprobación de las normas en 2020 ha quedado completamente desactualizado. En marzo de 2026, los miembros de la autoridad volvieron a cerrar sus reuniones sin adoptar el esperado código minero que debería establecer controles ambientales, pagos y responsabilidades.

Mientras tanto, Estados Unidos intenta abrir una vía paralela. Según Reuters, The Metals Company presentó una solicitud ante la NOAA para obtener permisos estadounidenses de exploración y recuperación comercial en aguas internacionales. En mayo de 2026, la agencia consideró que la documentación cumplía los requisitos formales, aunque todavía debe completar la revisión ambiental y no espera una decisión final antes de 2027.

El movimiento es controvertido porque Estados Unidos no ha ratificado la Convención del Mar y pretende utilizar su propia legislación para autorizar actividades en una zona considerada patrimonio común de la humanidad.

La Clarion-Clipperton contiene metales suficientes para despertar una nueva fiebre minera. También guarda miles de especies que apenas estamos empezando a conocer. La discusión ya no consiste únicamente en decidir si podemos recoger aquellas rocas, sino en determinar cuánto estamos dispuestos a destruir para hacerlo antes de comprender qué existe allí.

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