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Ilustración para el artículo titulado
Foto: Daniel Reardon, Ph.D.

Los hombres a la vanguardia del descubrimiento científico no temen arriesgar su vida o sus extremidades, ya sea bebiendo el vómito de un hombre enfermo o consumiendo LSD. Un astrofísico siguió su propio camino en nombre de la investigación contra el covid-19 y terminó con imanes en los orificios nasales, en riesgo de una muerte horrible y violenta. Pero está bien.

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Como informó The Guardian, el australiano Daniel Reardon estaba matando el aburrimiento intentando inventar un sistema que alertara al usuario cada vez que se llevara la mano a la cara.

Reardon explicó a Gizmodo que estaba tratando de evitar que la gente pasara el virus de sus manos a su rostro. Si bien las mascarillas y los guantes ofrecen protección, “en realidad solo necesitamos dejar de tocarnos la cara y lavarnos las manos con regularidad”, dijo.

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Reardon había concebido un collar con un circuito que emitía un pitido cuando detectaba un campo magnético; al combinarse con un brazalete magnético, el dispositivo emitiría una alarma cuando el usuario acercase la mano a la cara. Un intento de fabricar el dispositivo arrojó el resultado inverso: el collar emitía un pitido continuo que solo se detenía cuando estaba cerca de los imanes. (Reardon admitió al Guardian que se especializa en ondas gravitacionales de pulso en frecuencias de nanohercios, no en circuitos).

Por curiosidad, el astrofísico se colocó los imanes en los oídos y luego, su mayor error: en las fosas nasales. Cuando se quitó los imanes del exterior de la nariz, los imanes internos se pegaron alrededor de su tabique. Cuando intentó extraer los imanes con otros imanes (una táctica que una vez se usó con éxito en un niño de 11 años), simplemente se adhirieron a los imanes originales. “En este punto, me quedé sin imanes”, dijo Reardon al Guardian.

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“Mi pareja me llevó al hospital en el que trabaja porque quería que todos sus colegas se rieran de mí”, dijo. “Los médicos pensaron que era bastante divertido e hicieron comentarios como ‘Se trata de una lesión causada por el autoaislamiento y el aburrimiento’”.

Los médicos lograron extraer manualmente tres de los imanes con ayuda de un aerosol anestésico; el tercero cayó por su garganta, y Reardon lo tosió.

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Esta podría haber sido una historia trágica si Reardon se hubiera tragado dos o más imanes. Según el Colegio Estadounidense de Médicos de Emergencia, la ingestión de múltiples imanes puede “causar morbilidad severa porque pueden atravesar las asas intestinales y erosionar las paredes intestinales”.

Reardon es optimista sobre futuras iteraciones de su invento. “Hay otras formas de hacer la detec ciones de proximidad, y la idea sigue siendo buena, por lo que podría tener otra oportunidad”, dijo a Gizmodo. “Las respuestas que obtuve del artículo incluían sugerencias de amables desconocidos”.

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Dios lo bendiga. Hay estudios que sugieren que la gente se toca la cara entre 16 y 23 veces por hora, y si algo he aprendido algo de las múltiples advertencias diarias sobre el tema, el deseo de rascarte las cejas, frotarte los globos oculares y quitarte el pelo de la cara va allá de nuestra capacidad de controlarnos. Reardon dijo al Guardian que en experimentos futuros no volverá a ser víctima de las mismas trampas magnéticas: “No hace falta decir que ya no voy a jugar con imanes, dijo.

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