Bajo una conocida montaña estadounidense, los científicos encontraron una estructura que parecía estar formada por escombros, pero que ocultaba algo mucho más valioso.
Desde 1989, los abetos que iban a terminar en vertederos viajan atados bajo helicópteros Black Hawk hasta los humedales. Allí frenan las olas, capturan el barro y ayudan a que la marisma vuelva a crecer.
Los cultivos orbitales ya germinan, crecen y se pueden comer. Ahora hemos descubierto que mantener viva una planta no significa que sea capaz de mantener sanos a los astronautas.
La fotografía es auténtica y procede del archivo oficial de NASA, pero la criatura ocupa apenas 15 píxeles y no aparece en ninguna toma contigua. Todo apunta a que el monstruo no estaba en Marte: nació dentro de la cámara y terminó de formarse en nuestro cerebro.
Los satélites rastrearon casi 1.000 kilómetros de desierto y revelaron enormes cementerios, antiguos puntos de agua y senderos marcados por el ganado. Los muertos terminaron mostrando a los arqueólogos dónde habían vivido los vivos hace 5.000 años.
Las fotografías del Hain parecen extraídas de una película de terror: cuerpos desnudos cubiertos de rayas, máscaras imposibles y figuras caminando sobre la nieve. Sin embargo, aquellos “monstruos” formaban parte de una ceremonia que combinaba religión, iniciación, teatro y poder.