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Ciencia

El segundo animal más grande del planeta está pasando a pocos kilómetros de las playas españolas. No se ha perdido: atraviesa el Mediterráneo rumbo a uno de sus grandes comedores en el Atlántico

El rorcual común recorre cada primavera el Mediterráneo occidental siguiendo la disponibilidad de alimento. Su paso frente a la costa española permite estudiar desde tierra a un gigante oceánico que suele pasar casi toda su vida fuera de nuestra vista.
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Hay algo desconcertante en contemplar una columna de vapor elevándose frente a una playa mediterránea y descubrir que, debajo, se desplaza un animal de más de 20 metros. No es una embarcación, tampoco una ilusión producida por el oleaje. Es un rorcual común, el segundo animal más grande del planeta, pasando a escasa distancia de una de las costas más transitadas de España.

Estos encuentros se repiten cada primavera y comienzos del verano frente a la Comunidad Valenciana, Murcia y Andalucía. Solo entre el 25 de mayo y el 6 de julio de 2026, un equipo de la Universitat Politècnica de València registró 127 ejemplares frente a la Marina Alta, en Alicante. Según informó la propia universidad, más de 80 pudieron ser fotoidentificados mediante drones y entre ellos se observaron varias madres acompañadas por sus crías.

La explicación no está en que las ballenas hayan decidido acercarse repentinamente a los bañistas. Tampoco significa que estén desorientadas. Su presencia forma parte de un movimiento estacional vinculado con la búsqueda de alimento, aunque los científicos todavía intentan comprender todos los detalles de unas rutas migratorias mucho menos simples de lo que parecían hace algunos años.

Una ballena más larga que un autobús articulado siguiendo la comida

El segundo animal más grande del planeta está pasando a pocos kilómetros de las playas españolas. No se ha perdido: atraviesa el Mediterráneo rumbo a uno de sus grandes comedores en el Atlántico
© Universitat Politècnica de València.

El rorcual común, cuyo nombre científico es Balaenoptera physalus, solo es superado en tamaño por la ballena azul. De acuerdo con la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, los ejemplares mediterráneos pueden aproximarse a los 22 metros y alcanzar unas 75 toneladas, un peso comparable al de un avión comercial de tamaño medio.

Pese a semejantes dimensiones, no persigue grandes presas. Su dieta está compuesta principalmente por krill, copépodos y pequeños peces que se concentran en zonas donde las corrientes hacen aflorar nutrientes. Según explica la Comisión Ballenera Internacional, el rorcual se lanza contra los bancos de alimento con la boca abierta, engulle una enorme cantidad de agua y después la expulsa a través de sus barbas, reteniendo dentro los organismos que va a consumir.

Esa dependencia de concentraciones muy concretas de alimento ayuda a explicar sus desplazamientos. Los rorcuales son oportunistas capaces de recorrer grandes distancias para encontrar aguas productivas. Una parte de los individuos observados frente al litoral levantino continúa hacia el canal de Ibiza, el mar de Alborán y el estrecho de Gibraltar, desde donde puede acceder a las áreas de alimentación del Atlántico ibérico.

La propia UICN señala que los rorcuales mediterráneos suelen encontrarse mar adentro, pero pueden aproximarse a la costa al atravesar estrechos o bordear cabos. Esta circunstancia convierte lugares como el cabo de San Antonio, entre Dénia y Xàbia, en balcones privilegiados para observar una migración que normalmente ocurriría lejos de cualquier mirada humana.

No existe, sin embargo, una autopista oceánica idéntica para todos. La Comisión Ballenera Internacional advierte que los desplazamientos estacionales de la especie son menos previsibles que los de otras ballenas barbadas. La disponibilidad cambiante de presas, la edad, el sexo y posiblemente el origen de cada individuo pueden modificar las rutas y el momento del viaje.

Para encontrar una ballena de 20 metros, los científicos miran desde una montaña

Uno podría pensar que detectar un animal tan descomunal en el agua debe de ser sencillo. Sucede justo lo contrario. Los rorcuales pasan la mayor parte del tiempo sumergidos, pueden aparecer durante apenas unos segundos y recorren una superficie marítima inmensa. Incluso un cuerpo más largo que muchos edificios puede desaparecer por completo bajo el azul.

El proyecto MysticMED intenta resolver ese problema combinando observaciones desde tierra, embarcaciones, drones, fotoidentificación, modelos ecológicos y dispositivos de seguimiento satelital. Según detalla la Fundación Biodiversidad, la iniciativa estudia tres regiones estratégicas: el litoral levantino-balear, el mar de Alborán con el estrecho de Gibraltar y las aguas atlánticas de Galicia.

En la Marina Alta, una parte esencial del trabajo comienza en lo alto de los acantilados del cabo de San Antonio. Desde allí, los llamados spotters rastrean el horizonte con prismáticos y telescopios terrestres. Buscan el soplo vertical, la silueta del lomo o la pequeña aleta dorsal que delata a un animal en movimiento.

El sistema resulta sorprendentemente eficaz. Según los datos divulgados por la Universitat Politècnica de València tras su última campaña, aproximadamente el 90 % de los ejemplares estudiados fueron detectados primero por el equipo situado en tierra. Esos observadores comunican la posición y la dirección de la ballena a los investigadores que esperan en el mar.

La embarcación puede entonces aproximarse siguiendo protocolos diseñados para no alterar el comportamiento del animal. Desde allí se toman fotografías de la aleta y de la región dorsal, donde cada ejemplar presenta cicatrices, pigmentaciones y marcas naturales que funcionan de manera parecida a una huella dactilar.

La Comisión Ballenera Internacional explica que esas diferencias permiten reconocer individualmente a los rorcuales y comprobar si un mismo animal vuelve a aparecer años después o es fotografiado en otra región. Esa técnica, conocida como fotoidentificación, ayuda a reconstruir movimientos sin necesidad de capturar ni manipular a las ballenas.

Los drones pueden reconocer individuos e incluso recoger su aliento

El segundo animal más grande del planeta está pasando a pocos kilómetros de las playas españolas. No se ha perdido: atraviesa el Mediterráneo rumbo a uno de sus grandes comedores en el Atlántico
© Universitat Politècnica de València.

Los drones han añadido una perspectiva que las embarcaciones no podían ofrecer. Desde el aire es posible observar el cuerpo completo, medir proporciones, distinguir una cría junto a su madre y documentar patrones de coloración que quedan ocultos cuando la ballena apenas asoma sobre la superficie.

Algunas de las marcas más útiles se encuentran alrededor de la cabeza y la espalda. Los patrones conocidos como blaze y chevron presentan formas diferentes en cada individuo y pueden compararse con catálogos fotográficos obtenidos durante campañas anteriores.

La tecnología también permite realizar una operación que parece extraída de una película de ciencia ficción: recoger muestras del soplo. El dron transporta un pequeño recipiente y atraviesa brevemente la nube expulsada por el espiráculo, que puede elevarse varios metros sobre el agua.

En la campaña de 2026, el equipo de la UPV consiguió seis de estas muestras sin tocar a los animales. Según explicó el investigador Víctor Gallego, el material permitirá determinar el sexo de los ejemplares e incluso obtener información sobre su estado hormonal.

El marcaje satelital completa el seguimiento. Los dispositivos transmiten posiciones durante un periodo limitado y permiten saber si una ballena continúa hacia el estrecho, se desplaza al Atlántico o permanece dentro del Mediterráneo. Para los científicos, cada señal ayuda a transformar puntos aislados en una ruta.

MysticMED también prevé probar un sistema de detección acústica automatizada que identifique la presencia de rorcuales y genere alertas tempranas. Según señala la Fundación Biodiversidad, uno de sus posibles usos será reducir el riesgo de colisiones con embarcaciones en zonas donde coinciden grandes cetáceos y tráfico marítimo.

El Mediterráneo es su hogar, pero también uno de sus mayores peligros

Los rorcuales comunes fueron perseguidos intensamente por la industria ballenera del siglo XX. Su recuperación es especialmente lenta porque alcanzan tarde la madurez sexual, pueden vivir cerca de 90 años y las hembras suelen tener una única cría cada dos o tres años.

La población mediterránea está diferenciada genéticamente de las poblaciones del Atlántico y permanece catalogada como amenazada en esta región. Según recoge la Fundación Biodiversidad, el rorcual es además el único misticeto que aparece de manera regular en el Mediterráneo, lo que aumenta su importancia ecológica y convierte su conservación en una prioridad.

Las amenazas ya no proceden de grandes flotas balleneras, pero continúan siendo numerosas. La Comisión Ballenera Internacional identifica las colisiones con barcos como uno de los principales peligros y también señala la contaminación acústica, los enredos en artes de pesca, los microplásticos y los cambios en la distribución de las presas provocados por el calentamiento del océano.

Todavía faltan piezas esenciales. Los investigadores desconocen con precisión dónde se reproducen muchos de estos animales, si machos y hembras siguen rutas diferentes o hasta qué punto se mezclan las poblaciones mediterránea y atlántica. También queda por determinar cómo cambiarán sus viajes a medida que el calentamiento modifique la productividad del mar.

Por eso, los rorcuales que aparecen frente a las playas españolas son mucho más que una imagen espectacular. Cada soplo detectado desde un acantilado, cada marca fotografiada por un dron y cada posición enviada desde el espacio ayuda a reconstruir la vida de un animal enorme que, paradójicamente, todavía sabe desaparecer casi por completo.

No está paseando sin rumbo. Está siguiendo un mapa invisible dibujado por corrientes, nutrientes y presas. Nosotros apenas empezamos a aprender a leerlo.

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