Durante décadas, el Ártico fue visto como un territorio frío, húmedo y prácticamente inmune al fuego. Sin embargo, esa imagen acaba de quedar obsoleta. Una investigación internacional demuestra que la tundra ártica de Alaska atraviesa hoy un régimen de incendios completamente anómalo, sin precedentes desde que existen registros naturales. El fuego, antes excepcional, se ha convertido en una amenaza creciente.
Un ecosistema que nunca estuvo preparado para arder
La tundra ártica se caracteriza por suelos permanentemente helados (permafrost), turberas saturadas de agua y una vegetación baja dominada por musgos y líquenes. Históricamente, estas condiciones hacían extremadamente difícil que el fuego se propagara.
Pero el calentamiento global ha alterado ese equilibrio. El aumento de las temperaturas está secando los suelos, profundizando la capa activa del permafrost y favoreciendo la expansión de arbustos leñosos. Estas nuevas plantas actúan como combustible, creando un paisaje mucho más inflamable que el de siglos pasados.
Arde el Ártico. Sí, el Ártico.
¿Seguimos mirando a otro lado? 🤔
El permafrost también arde como consecuencia del calentamiento global, según el @CSIC
Así se ve desde el espacio un incendio con un frente de 30 kilómetros.
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— Mar Verdejo Coto (@verdejomar) November 6, 2022
3.000 años de historia del fuego enterrados bajo el suelo
Para reconstruir la historia de los incendios, los investigadores extrajeron núcleos de turba en nueve localizaciones al norte de la cordillera Brooks, en Alaska. Estas capas de suelo funcionan como archivos naturales: conservan restos de carbón vegetal, polen y material orgánico que permiten reconstruir el pasado climático y ecológico.
Gracias a técnicas de datación por radiocarbono y análisis paleoecológicos, el equipo logró trazar una cronología continua de incendios desde el año 1000 a.C. hasta la actualidad. El resultado es contundente: durante casi tres milenios, los incendios fueron raros y esporádicos.
El siglo XX marca una ruptura total
El patrón cambia de forma abrupta a partir de 1900. En apenas unas décadas, la frecuencia de los incendios supera cualquier registro anterior. Para 1950, la actividad del fuego ya era mayor que en cualquier otro momento de los últimos 3.000 años.
Los datos de los núcleos de turba coinciden con los registros satelitales modernos: los grandes picos de incendios observados desde finales de los años sesenta hasta la actualidad reflejan un régimen completamente nuevo. Además, los incendios recientes dejan menos carbón en el suelo, señal de que las llamas son más intensas y consumen todo el material orgánico.
#EE | Un estudio reveló que el nivel de incendios en el norte de Alaska durante el último siglo no tiene precedentes en los últimos 3.000 años.https://t.co/GkAN7jd2IK👇🔗 pic.twitter.com/2twh6UQogg
— El Espectador (@elespectador) December 24, 2025
Un nuevo acelerador del cambio climático
El hallazgo tiene implicaciones globales. La tundra ártica ha sido durante milenios un enorme sumidero de carbono, almacenando materia orgánica en sus suelos helados. Cuando arden las turberas, ese carbono se libera rápidamente a la atmósfera en forma de CO₂ y metano.
Esto crea un peligroso círculo vicioso: más incendios liberan más gases de efecto invernadero, lo que acelera el calentamiento y favorece nuevos fuegos. A ello se suman impactos sobre la biodiversidad, el ciclo del agua y las comunidades humanas que dependen de estos ecosistemas.
Un Ártico que entra en una nueva era
El estudio deja claro que el Ártico ya no es un territorio estático ni protegido del fuego. La tundra de Alaska está entrando en una nueva fase ecológica, impulsada por el cambio climático, en la que los incendios dejan de ser una anomalía para convertirse en parte del paisaje.
Lo que ocurre en estas regiones remotas no se queda allí. El Ártico, una vez más, actúa como un espejo adelantado del futuro climático del planeta.
Fuente: MuyInteresante.