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Ciencia

Astrónomos captan la destrucción de un planeta en otro sistema solar: fue el primer choque planetario regitrado

Astrónomos detectaron un extraño parpadeo en una estrella aparentemente normal. Años después descubrieron que no era un error: estaban presenciando, por primera vez, la colisión real entre dos planetas.
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Durante décadas, los científicos han sospechado que los sistemas planetarios jóvenes son escenarios caóticos donde los mundos chocan, se destruyen y se reconstruyen. Sin embargo, presenciar uno de esos eventos en tiempo real parecía casi imposible. Todo cambió cuando un astrónomo revisó datos antiguos de telescopios y encontró una estrella que se comportaba de una forma completamente inexplicable. Lo que parecía un simple parpadeo terminó revelando uno de los fenómenos más violentos jamás observados en otro sistema solar.

Una estrella aparentemente normal que comenzó a comportarse de forma extraña

El hallazgo comenzó de forma casi accidental. Mientras revisaba datos de archivo correspondientes a 2020, el astrónomo Anastasios Tzanidakis detectó algo inusual en una estrella lejana registrada como Gaia20ehk, situada a unos 11.000 años luz de la Tierra, cerca de la constelación de Puppis.

En principio, el objeto no tenía nada de especial. Era una estrella de la secuencia principal, una categoría que incluye a nuestro propio Sol. Este tipo de estrellas suele mostrar un comportamiento extremadamente estable: su brillo apenas varía con el tiempo y sus curvas de luz suelen ser previsibles.

Pero al revisar los registros históricos, Tzanidakis observó algo inesperado. La estrella había mantenido una señal completamente estable durante años, hasta que alrededor de 2016 comenzaron a aparecer varias caídas bruscas en su brillo.

Al principio fueron tres episodios aislados. Sin embargo, con el paso del tiempo el patrón se volvió cada vez más extraño. Para 2021, la señal se había vuelto caótica: el brillo de la estrella fluctuaba de forma irregular y aparentemente sin explicación.

Para los astrónomos, aquello era un enigma. Estrellas como el Sol no suelen comportarse de esa manera. Algo externo debía estar interfiriendo con la luz que llegaba a los telescopios.

El origen del misterio: una nube gigantesca de polvo y rocas

Tras analizar cuidadosamente los datos, los investigadores descartaron que el fenómeno proviniera de la propia estrella. El comportamiento se explicaba mejor si algo estaba bloqueando parcialmente su luz.

Los registros sugerían la presencia de enormes cantidades de polvo y fragmentos rocosos orbitando el sistema. Cada vez que ese material pasaba frente a la estrella, parte de su luz quedaba oscurecida, generando las extrañas caídas de brillo.

La pregunta entonces era inevitable: ¿de dónde había salido tanta materia de repente?

La respuesta resultó mucho más espectacular de lo esperado.

La explicación más probable era que dos planetas del sistema habían chocado violentamente, liberando una gigantesca nube de escombros que ahora orbitaba alrededor de la estrella.

Aunque los científicos llevan décadas estudiando cómo se forman los sistemas planetarios, observar una colisión de este tipo en tiempo real era algo que nunca se había documentado con tanta claridad.

La pista decisiva apareció en la luz infrarroja

El equipo estuvo durante un tiempo sin poder confirmar la hipótesis. La señal visible mostraba las caídas de brillo, pero eso no bastaba para demostrar una colisión planetaria.

Entonces surgió una idea clave: comparar esos datos con observaciones en luz infrarroja.

Cuando Tzanidakis analizó esa información adicional descubrió algo revelador. Mientras la luz visible de la estrella comenzaba a disminuir y fluctuar, la emisión infrarroja del sistema aumentaba repentinamente.

Esto indicaba que el material presente en el sistema estaba extremadamente caliente. De hecho, lo suficientemente caliente como para brillar intensamente en el espectro infrarrojo.

Un impacto planetario a gran escala encajaba perfectamente con ese escenario. Una colisión de ese tipo liberaría enormes cantidades de energía, calentando el polvo y los fragmentos rocosos generados por el choque.

Además, los investigadores creen haber identificado incluso las fases previas al impacto final. Según su modelo, los dos planetas habrían comenzado a aproximarse lentamente en una espiral de colisión, produciendo primero impactos rasantes antes del choque definitivo.

Un evento que podría parecerse al nacimiento de la Luna

El escenario que describen los datos recuerda sorprendentemente a uno de los eventos más importantes de la historia de nuestro propio planeta.

Hace unos 4.500 millones de años, se cree que un objeto del tamaño de Marte chocó contra la Tierra primitiva. El material expulsado por ese impacto terminó formando la Luna.

El sistema observado ahora presenta varias similitudes con ese proceso.

La nube de polvo generada por la colisión orbita su estrella a aproximadamente una unidad astronómica, la misma distancia que separa la Tierra del Sol. En ese entorno, los fragmentos podrían enfriarse gradualmente y volver a aglutinarse con el tiempo.

Si eso ocurre, el sistema podría terminar formando un nuevo planeta acompañado por una luna, repitiendo un proceso similar al que ocurrió en nuestro propio sistema solar.

Sin embargo, confirmar ese resultado llevará tiempo. El polvo generado por el choque podría tardar desde años hasta millones de años en estabilizarse.

Un descubrimiento que podría repetirse muchas veces en la próxima década

Más allá de este caso concreto, el hallazgo abre una puerta fascinante para la astronomía.

Detectar una colisión planetaria requiere una combinación extremadamente rara de circunstancias: el evento debe producirse mientras los telescopios observan el sistema y, además, su orientación debe permitir que los escombros pasen frente a la estrella desde nuestra perspectiva.

Aun así, los científicos creen que este tipo de eventos podrían ser mucho más comunes de lo que se pensaba.

El Observatorio Vera C. Rubin, que comenzará pronto uno de los mayores estudios del cielo jamás realizados, podría cambiar por completo el panorama. Su telescopio Simonyi está diseñado para monitorizar millones de estrellas durante años.

Según estimaciones preliminares, el observatorio podría detectar hasta cien colisiones planetarias en la próxima década.

Eso permitiría comprender con mucho mayor detalle cómo se forman los sistemas planetarios, cómo evolucionan los mundos jóvenes y, quizás lo más importante, qué tan frecuente es el tipo de impacto que dio origen a la Tierra y la Luna.

Responder a esa pregunta podría ser clave para entender algo aún más grande: cuántos mundos habitables existen realmente en la galaxia.

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