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Astrónomos detectaron una señal que no encaja con ningún agujero negro convencional. Si se confirma, podría ser la primera pista real de un objeto nacido antes que las estrellas y oculto desde el origen del universo

Una extraña onda gravitacional registrada por LIGO ha reactivado una de las hipótesis más radicales de la cosmología: la existencia de agujeros negros primordiales, posibles reliquias del universo temprano y candidatos a explicar parte de la materia oscura.

Hay descubrimientos que no solo añaden una pieza al puzzle del universo: obligan a preguntarse si el puzzle estaba bien planteado desde el principio. Eso es, más o menos, lo que ha provocado una señal de onda gravitacional detectada por la red internacional LIGO-Virgo-KAGRA (LVK), porque apunta a algo que, sobre el papel, no debería existir con facilidad en el cosmos que conocemos. O al menos, no en el cosmos “normal”.

La señal en cuestión fue reportada el 12 de noviembre de 2025 y corresponde a una posible fusión entre dos objetos compactos, con una característica que hizo saltar las alarmas: la probabilidad de que al menos uno de ellos tuviera una masa inferior a la del Sol es superior al 99%. Eso lo convierte en un candidato extraordinario, porque los agujeros negros convencionales, los que nacen del colapso de estrellas masivas, no deberían aparecer con masas tan bajas.

El detalle importante no es solo la señal: es que podría apuntar a un agujero negro primordial

A partir de ese evento, identificado como S251112cm, dos investigadores de la Universidad de Miami, Nico Cappelluti y Alberto Magaraggia, desarrollaron un análisis que propone una interpretación muy concreta: la señal podría ser la primera pista experimental de un agujero negro primordial. Su estudio está disponible en arXiv y fue enviado a The Astrophysical Journal.

¿Y por qué eso sería tan importante? Porque los agujeros negros primordiales no serían el resultado de la muerte de una estrella, sino objetos nacidos en los primeros instantes del universo, cuando el cosmos todavía era una sopa extrema de densidad, energía y fluctuaciones cuánticas. La idea existe desde hace décadas, fue planteada por Yakov Zeldovich e Igor Novikov y más tarde desarrollada por Stephen Hawking, pero hasta ahora seguía siendo eso: una hipótesis fascinante sin confirmación observacional directa.

Y ahí es donde la historia se pone realmente interesante.

Si existe un agujero negro subsolar, la cosmología tiene un problema… o una pista enorme

Astrónomos detectaron una señal que no encaja con ningún agujero negro convencional. Si se confirma, podría ser la primera pista real de un objeto nacido antes que las estrellas y oculto desde el origen del universo
© Carl Knox/Laser Interferometer Gravitational-Wave Observatory.

La razón por la que este tipo de objeto obsesiona tanto a los cosmólogos es sencilla: un agujero negro con masa subsolar sería muy difícil de explicar mediante procesos estelares convencionales. En otras palabras, si realmente existe, el universo tendría que haberlo fabricado de otra manera. Y esa “otra manera” conecta directamente con uno de los mayores enigmas de la física moderna: la materia oscura.

Hoy sabemos que la materia que vemos (estrellas, planetas, gas, galaxias, tú, yo, el café de esta mañana) representa solo una pequeña fracción del contenido material del universo. El resto está dominado por una sustancia invisible cuya gravedad moldea galaxias y cúmulos, pero que no emite ni absorbe luz. Según las estimaciones actuales, la materia oscura representa alrededor del 85% de toda la materia del cosmos. Si los agujeros negros primordiales existen en ciertas cantidades, podrían explicar una parte significativa de ese componente invisible, o al menos abrir una vía realista para entenderlo mejor.

El estudio de Cappelluti y Magaraggia no afirma que el misterio esté resuelto. Lo que plantea es algo bastante más valioso en ciencia: que por fin hay una señal concreta con la que trabajar.

Lo más honesto es esto: todavía no es una confirmación, pero ya no es solo especulación

Aquí conviene no vender humo cósmico. La señal, por sí sola, no basta para demostrar definitivamente que estamos ante un agujero negro primordial. Los propios autores lo reconocen: harán falta más detecciones similares para poder sostener la idea con verdadera solidez observacional. Y esa es, de hecho, la gran limitación actual.

LIGO, Virgo y KAGRA son extraordinarios, pero no lo ven todo. Su sensibilidad está optimizada para ciertos rangos de frecuencia, y eso significa que solo capturan una parte muy concreta del universo violento. Aun así, futuras mejoras y nuevos observatorios podrían cambiar bastante el panorama. Entre ellos destaca LISA, la misión espacial europea prevista para la década de 2030, y proyectos de tercera generación como Cosmic Explorer, que prometen detectar ondas gravitacionales con mucha más sensibilidad y desde épocas mucho más remotas del universo.

Y eso nos deja con una idea que da un poco de vértigo: quizá una de las claves de la materia oscura no esté escondida en una nueva partícula exótica, sino en objetos nacidos antes incluso de que existieran las primeras estrellas.

Si esta señal termina confirmándose, no será solo “otro agujero negro más” en la larga lista de LIGO. Será algo bastante más incómodo y emocionante: la posibilidad de que el universo haya estado guardando una parte de su materia en reliquias formadas justo después del Big Bang, esperando a que aprendiéramos por fin a escucharlas.

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