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Bajo las calles de Beijing hay una ciudad subterránea donde viven un millón de personas

Ilustración para el artículo titulado
Foto: Mark Schiefelbein (AP)

Bajo las bulliciosas calles de Beijing, a decenas de metros del asfalto, cerca de un millón de personas conviven en una ciudad subterránea, una extensa red de bunkers estrechos sin ventanas cuyo origen se remonta a finales de los años 60, cuando la otra Guerra Fría se intensificó entre China y la Unión Soviética.

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La historia de esta arquitectura del pasado, viviendas en gran parte ilícitas, comenzó en el año 1969. Las tensiones entre China y la Unión Soviética aumentaron y ambos países se enfrentaron en la frontera chino-soviética. Aquel año, cuando las tropas chinas tendieron una emboscada a los guardias fronterizos soviéticos en la isla de Zhenbao, un territorio en disputa ubicado en el medio del río Ussuri que separa el noreste de China del Lejano Oriente de Rusia, las hostilidades se volvieron más y más violentas.

El ambiente que se vivía eran tan tenso que ambos países comenzaron a prepararse para lo peor: un posible ataque nuclear. En China, Mao Zedong aconsejó a todas las ciudades que construyeran refugios antiaéreos capaces de resistir la explosión de una bomba nuclear, y Beijing respondió construyendo cerca de 10.000 búnkeres.

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Dos décadas después, a finales de 1980, China vivió una época de grandes cambios y cierta “liberación”, una fase donde las tensiones con la Unión Soviética también se habían enfriado, lo que llevó a las autoridades de Beijing a aprovechar la oportunidad de cambio y arrendar los refugios de la conocida para entonces como Underground City a propietarios locales, quienes a su vez comenzaron a sacar provecho de la conversión de los antiguos escondites nucleares en pequeñas unidades residenciales, principalmente a trabajadores migrantes desesperados junto a una gran cantidad de jóvenes y estudiantes de áreas rurales.

Para muchos, vivir a decenas de metros bajo tierra en un búnker sin ventanas ni luz era la única forma de perseguir sus sueños de escalar en la pirámide social, una escena que apenas ha cambiado hasta hoy, ya que desde entonces, el coste de vida en Beijing no ha hecho más que aumentar.

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Contaba hace unos años National Geographic en un reportaje que si hoy sabemos algo más de estas “viviendas” es por el fotógrafo italiano Antonio Faccilongo, quien llegó a Beijing para documentar la ciudad subterránea en diciembre de 2015.

A Faccilongo le costó entrar en los refugios. En primer lugar, porque una ley prohíbe a los extranjeros ingresar a la ciudad subterránea, de hecho, se encontró con guardias de seguridad en la entrada de muchos accesos. Además, después de lograr “colarse” en la zona de Beijing, se encontró con el rechazo de muchos residentes quienes, recelosos y en algunos casos avergonzados, no querían ser retratados. Según explicaba en el reportaje el fotógrafo:

Conocí a unas 150 personas y solo 50 me dieron permiso [para fotografiarlas. Algunos de ellos tienen miedo porque les dijeron a sus familias que tienen buenos trabajos y que viven en buenos apartamentos.

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Una entrada a la ciudad subterránea de Beijing
Una entrada a la ciudad subterránea de Beijing
Imagen: Well-rested/CC BY-SA 3.0 (Other)

Y es que, como era de esperar de un refugio nuclear convertido, los espacios cuentan únicamente con los elementos más básicos. No hay luz natural, hay muy poca ventilación y la mayoría de las comodidades que disfrutan unos metros por encima, como cocinas y baños, eran zonas comunes compartidas bajo tierra.

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¿Y son legales estas viviendas? Aunque en 2010 la ciudad anunció la prohibición del uso residencial de refugios nucleares debido a la negligencia de los propietarios y los peligros de seguridad y salud, el decreto ha hecho poco por evitar que las personas sigan estableciendo sus hogares en estos bunker, principalmente porque sus residentes no tienen otro sitio donde ir. [Wikipedia, Half As Interesting, National Geographic]

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