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Ciencia

Ballenas, delfines y orcas cruzaron una puerta evolutiva que ya no se abre desde el otro lado. Un análisis de 5.635 mamíferos explica cómo las patas, los genes y el metabolismo hicieron prácticamente imposible su regreso a tierra firme

Entrar en el agua fue un proceso gradual que la evolución repitió en numerosos linajes. El verdadero punto de no retorno llegó después, cuando algunos mamíferos dejaron de necesitar tierra firme y sus cuerpos comenzaron a desmontarla pieza por pieza.
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Las primeras ballenas no se parecían demasiado a una ballena. Hace unos 50 millones de años, animales de cuatro patas como Pakicetus caminaban junto a ríos y costas, aunque sus oídos ya mostraban adaptaciones relacionadas con la vida acuática. Formas posteriores aprendieron a nadar, redujeron sus extremidades traseras y terminaron separándose por completo del suelo.

El recorrido parece plantear una pregunta irresistible: si la evolución pudo transformar un mamífero terrestre en una ballena, ¿podría repetir el proceso en sentido contrario? Un estudio de 5.635 especies actuales y recientemente extinguidas señala que, una vez superado cierto nivel de adaptación acuática, la respuesta práctica es no.

La evolución no tiene marcha atrás, pero tampoco una dirección obligatoria

Ballenas, delfines y orcas cruzaron una puerta evolutiva que ya no se abre desde el otro lado. Un análisis de 5.635 mamíferos explica cómo las patas, los genes y el metabolismo hicieron prácticamente imposible su regreso a tierra firme
© Rafael Caballero.

Hablar de “desevolucionar” puede llevar a engaño. La evolución no avanza hacia organismos mejores ni intenta recuperar diseños anteriores. Cada población cambia según las presiones que encuentra en ese momento, reutilizando las estructuras y variaciones que todavía tiene disponibles.

Los investigadores clasificaron los mamíferos en cuatro niveles, desde completamente terrestres hasta totalmente acuáticos, y reconstruyeron sus transiciones sobre el árbol evolutivo. De las 5.635 especies analizadas, 5.449 eran terrestres y solo 186 mostraban algún grado de adaptación al agua.

El trabajo publicado en Proceedings of the Royal Society B encontró numerosos movimientos reversibles entre la tierra y una vida semiacuática. Linajes como los de castores, nutrias o algunos pequeños mamíferos pueden depender más o menos del agua sin perder por completo su capacidad para caminar, alimentarse y reproducirse fuera de ella.

La puerta se cierra al cruzar el límite entre una vida semiacuática y otra intensamente dependiente del agua. El modelo con mayor respaldo estadístico no encontró transiciones capaces de devolver a tierra a los linajes situados al otro lado de ese umbral.

El océano no solo convirtió sus patas en aletas: reescribió todo el cuerpo

Ballenas, delfines y orcas cruzaron una puerta evolutiva que ya no se abre desde el otro lado. Un análisis de 5.635 mamíferos explica cómo las patas, los genes y el metabolismo hicieron prácticamente imposible su regreso a tierra firme
© Robb Lansdowne.

En los cetáceos, las extremidades delanteras se transformaron en aletas, mientras que las traseras desaparecieron externamente. Sus pequeños huesos pélvicos ya no están conectados a la columna ni sirven para sostener el cuerpo, aunque conservan funciones relacionadas con la reproducción.

La propulsión pasó a depender de la columna, los músculos de la cola y una aleta caudal horizontal. También cambiaron la respiración, la audición, la piel, el sueño y la forma de conservar calor. Sacar ese organismo del agua no bastaría para que comenzase a caminar: la gravedad cargaría todo su peso sobre una anatomía que dejó de estar preparada para soportarlo.

El cambio llegó incluso al ADN. Otro análisis genómico publicado en Science Advances identificó 85 genes que perdieron su función en el ancestro de los cetáceos modernos. Algunas pérdidas favorecieron el buceo al reducir el riesgo de trombos, modificar la respuesta pulmonar o eliminar funciones que dejaron de ser necesarias, como la producción de saliva. Otras afectaron a los sistemas de melatonina y pudieron facilitar el sueño con un hemisferio cerebral cada vez.

Recuperar la vida terrestre exigiría mucho más que volver a desarrollar unas patas. Sería necesario construir nuevas soluciones genéticas, reorganizar la musculatura, modificar la columna y reconstruir sistemas completos que llevan decenas de millones de años evolucionando en otra dirección.

La misma adaptación que las hizo gigantes terminó de cerrar la puerta

El estudio encontró además que cada avance hacia el agua estuvo asociado con cuerpos relativamente más grandes y dietas más carnívoras. El agua extrae calor mucho más rápido que el aire, por lo que aumentar de tamaño permite conservar mejor la temperatura corporal. Mantener ese cuerpo exige, a su vez, alimentos más energéticos.

La llamada ley de Dollo no afirma que una reversión sea metafísicamente imposible. Describe que perder un conjunto de rasgos complejos hace extremadamente improbable reconstruir exactamente el mismo camino. Una ballena futura podría seguir cambiando, pero no tiene guardado en su interior un antiguo cuerpo terrestre esperando ser reactivado.

El océano no se convirtió en una prisión porque la evolución lo decidiera. Se convirtió en su único mundo posible porque, durante millones de años, todo aquello que facilitaba regresar a tierra dejó de ser útil. La selección natural cerró la puerta sin necesidad de colocar una cerradura.

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