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Ciencia

El cambio climático está empujando a los insectos hacia las cumbres para sobrevivir, pero allí el aire puede convertirse en una trampa. Menos oxígeno, más esfuerzo para volar y una amenaza directa para la polinización

Subir la montaña parecía la gran vía de escape frente al calentamiento global. Una nueva revisión advierte que, para abejas, mariposas, libélulas y otros insectos, esa salida puede comenzar a cerrarse mucho antes de alcanzar las grandes cumbres.
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Cuando un hábitat se vuelve demasiado cálido, la respuesta más lógica es desplazarse hacia el norte o ganar altitud. En las montañas, cada metro ascendido permite encontrar temperaturas algo más bajas. El problema es que los insectos no se enfrentan únicamente al termómetro: también deben sobrevivir a un aire menos denso, una presión atmosférica menor y una disponibilidad de oxígeno que disminuye progresivamente.

Una revisión publicada en Functional Ecology plantea que estas condiciones pueden ralentizar o incluso impedir el movimiento de numerosas especies hacia zonas más elevadas. El hallazgo rompe con una idea aparentemente sencilla: que las montañas siempre proporcionarán un refugio climático situado un poco más arriba.

La salida más lógica frente al calor puede convertirse en una pared

El cambio climático está empujando a los insectos hacia las cumbres para sobrevivir, pero allí el aire puede convertirse en una trampa. Menos oxígeno, más esfuerzo para volar y una amenaza directa para la polinización
© Magnific.

El porcentaje de oxígeno de la atmósfera se mantiene cerca del 21% incluso en altura. Lo que disminuye es la presión: hay menos moléculas de aire (y, por tanto, menos oxígeno disponible) en cada volumen respirado.

Los insectos tampoco utilizan pulmones. El aire entra por pequeños orificios llamados espiráculos y se distribuye mediante una red de tubos internos o tráqueas. Este sistema puede funcionar perfectamente mientras el animal descansa, pero comienza a sufrir cuando sus tejidos exigen grandes cantidades de energía.

El vuelo representa el escenario más extremo. A medida que el aire se vuelve menos denso, alas y músculos deben trabajar más para producir la misma sustentación. El insecto necesita entonces más oxígeno precisamente cuando el entorno puede suministrárselo con menor rapidez. Una investigación anterior que analizó más de 800 especies ya había descubierto que numerosos insectos voladores ascienden más lentamente que aquellos que se desplazan caminando.

El problema no empieza en el Everest: puede aparecer a 2.500 metros

El cambio climático está empujando a los insectos hacia las cumbres para sobrevivir, pero allí el aire puede convertirse en una trampa. Menos oxígeno, más esfuerzo para volar y una amenaza directa para la polinización
© Pexels / ebruuucnbolat_.

La revisión comparó los niveles de oxígeno a diferentes altitudes con el punto en el que el rendimiento de varias especies comienza a caer. En insectos inmóviles o en reposo, ese límite suele equivaler a elevaciones superiores a los 8.000 metros.

La situación cambia radicalmente durante las fases más activas. En adultos voladores y juveniles en pleno crecimiento, los límites detectados corresponden a altitudes de entre 1.800 y 4.200 metros, con una gran concentración alrededor de los 2.500. Son alturas presentes en numerosos ecosistemas ricos en insectos, no únicamente en las cimas más extremas del planeta.

Los individuos más vulnerables podrían ser las hembras voladoras cargadas de huevos. Su mayor peso exige todavía más potencia para mantenerse en el aire. Las orugas que crecen y se alimentan intensamente también necesitan un suministro elevado de oxígeno, mientras que las larvas acuáticas de libélulas y otros insectos se enfrentan a una dificultad adicional: el agua contiene mucho menos oxígeno que el aire.

Un experimento citado por los autores ofrece una pista inquietante. Larvas de escarabajo criadas a 3.800 metros crecieron más despacio que las mantenidas a 1.250 metros, incluso cuando la temperatura y la iluminación eran idénticas. Solo cambiaban la presión y la disponibilidad de oxígeno.

Menos aire, más esfuerzo y una peligrosa pérdida de agua

Respirar más intensamente también obliga a mantener abiertos los espiráculos durante más tiempo, lo que facilita la pérdida de agua. En experimentos con abejas volando bajo condiciones de poco oxígeno, esa pérdida aumentó alrededor de un 40%. El riesgo puede crecer todavía más entre insectos que calientan sus músculos de vuelo muy por encima de la temperatura ambiental.

Esto no significa que todos los insectos vayan a quedar atrapados. Las poblaciones que llevan generaciones viviendo en altura pueden desarrollar sistemas traqueales más eficientes, y los propios autores reconocen que todavía escasean los experimentos directos sobre especies montanas. Las respuestas observadas incluyen ascensos, descensos e incluso poblaciones que permanecen en el mismo lugar.

Pero si suficientes polinizadores no consiguen seguir el desplazamiento de las plantas y de las temperaturas, las consecuencias pueden extenderse a cultivos y ecosistemas enteros. Como resume Art Woods, autor principal del trabajo, la subida se consideraba una “válvula de escape”. La revisión plantea una posibilidad mucho más incómoda: que la montaña no sea una salida infinita, sino una escalera cuyo último tramo ya no pueden respirar.

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