Foto: Carlos Jaramillo

Hubo una gran agitación en la parte superior de la superficie del agua. Como una isla de carne, que una vez vivía y nadaba con gracia a través de estos antiguos mares, se balanceaba en silencio, a veces se tiraba violentamente hacia un lado o se sacudía hacia arriba por las fuerzas que tenía debajo de su cuerpo

Pelagornis miocaenus, una enorme ave marina prehistórica que da vueltas de forma perezosa sobre esta escena, puede haber notado el cadáver de la ballena en su totalidad, parcialmente expuesta al aire, pero gran parte bajo el agua. Habría visto a muchos tiburones rodeándola. Algunos de ellos agarrando bocados, sacudiendo la carne del cuerpo y alejándose. Otros pueden haber atacado a la ballena desde abajo, impulsándose sus dientes primero hacia el mamífero muerto. La cabeza y el hocico de un gran tiburón blanco solitario (Carcharodon carcharias) puede haber aparecido entre las olas, mordiendo trozos del lado de la ballena muerta.

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Una ballena de este tama√Īo no se devora en un d√≠a, no importa lo hambrientos que est√©n los tiburones que la rodean. Con las opciones m√°s sabrosas (la lengua y la mayor parte de la carne grasa) carcomidas, el cuerpo comenz√≥ a desmoronarse. La cabeza se hab√≠a desprendido hac√≠a mucho tiempo, su cr√°neo descend√≠a hacia el fondo marino. Otras partes fueron llevadas para ser comidas en otra parte, los huesos desechados en otros. Es posible que cualquier contenido de grasa que mantuviera el cad√°ver a flote se disipar√≠a y se hundir√≠a.

Una de las aletas de la ballena, en pedazos, ya se había hundido en la arena. Los peces antiguos pueden haberse comido los hilos de carne que todavía se aferran a los huesos expuestos. Los invertebrados marinos, como los gusanos y los briozoos, se adhirieron a lo que quedaba.

Con el tiempo, los restos de esta aleta fueron cubiertos por el fondo marino.

Esos mismos restos volvieron a ver la luz del d√≠a m√°s de 2 millones de a√Īos despu√©s, en septiembre de 2016. El profesor Joaqu√≠n Atencio, dos de sus estudiantes, Joel Oroc√ļ y Patricio Pimentel, y el padre de Joel, F√©lix Oroc√ļ, descubrieron los huesos de ballena f√≥sil expuestos cuando la marea estaba baja en la pen√≠nsula de Burica de Panam√°.

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Foto: Los cazadores de f√≥siles: F√©lix Oroc√ļ (camisa roja); su hijo, Joel Oroc√ļ (con pala); y estudiantes del Colegio Punta Burica y la Escuela Primaria Ca√Īa Blanca. (Carlos Jaramillo)

Después de detectar los fósiles en el afloramiento costero, Atencio llamó a Carlos Jaramillo, geólogo y paleontólogo del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, que a su vez reunió a un equipo de científicos para excavarlos. Descubrieron varios huesos de ballenas fósiles desarticulados y un diente de tiburón fósil cerca.

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La investigación sobre estos huesos culminó en un artículo publicado recientemente en la revista Palaeontologia Electrónica: “Interacciones tróficas tiburón-cetáceos durante el Plioceno tardío en el Pacífico Oriental Central (Panamá)“.

Los autores determinaron que estos huesos pertenec√≠an a un tipo de Balaenopterid, un g√©nero de ballenas que incluye a las ballenas jorobadas y azules de hoy. Los huesos de las aletas por s√≠ solos no son suficientes para determinar la especie exacta o el tama√Īo del mam√≠fero marino, pero estos huesos en particular ofrecieron pistas tentadoras sobre los √ļltimos momentos de este animal.

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Gráfica: Cortés et al.

‚ÄúCuando recolectamos los f√≥siles de ballenas‚ÄĚ, explic√≥ el autor principal Dirley Cort√©s, un paleobi√≥logo del Museo Redpath, Universidad McGill, ‚Äúdesde el principio nos sorprendi√≥ mucho el tama√Īo gigante de los huesos apendiculares. Despu√©s de un tiempo de inspecci√≥n, nos dimos cuenta de que algunos de los huesos ten√≠an extra√Īas marcas dentadas en la superficie, se nos ocurri√≥ la hip√≥tesis de las marcas de mordeduras de tiburones, pero nos llev√≥ m√°s tiempo confirmarlo‚ÄĚ.

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Seg√ļn ellos, uno de esos huesos tiene 26 rastros de mordida separados. Estudiar tales huellas es el sello distintivo de la icnolog√≠a, un campo que se especializa en los surcos, marcas, bordes e impresiones dejadas por las especies vivas. Lo que podr√≠a parecer un simple mont√≥n de grietas en el hueso antiguo para la persona promedio, se lee como un lenguaje completo para los ichn√≥logos, uno que proporciona una visi√≥n notable.

‚ÄúAlgunos de los rastros de mordida muestran estas l√≠neas paralelas muy finamente espaciadas‚ÄĚ, dijo Anthony Martin, icn√≥logo de la Universidad de Emory, ‚Äúlo cual es t√≠pico del tipo de da√Īo que se obtendr√≠a de un diente aserrado. Ese da√Īo generalmente est√° asociado con los tiburones‚ÄĚ.

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Imagen: Cortés et al.

En ausencia de pruebas concluyentes de una forma u otra, los autores proponen conservadoramente que al menos dos tiburones diferentes pueden haber hurgado en esta ballena, quiz√°s grandes tiburones blancos. Jorge V√©lez-Juarbe, curador de mam√≠feros marinos del Museo de Historia Natural del condado de Los √Āngeles, explic√≥ que esta suposici√≥n se debe a la diferencia de tama√Īo entre las huellas de las picaduras.

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El escenario descrito al comienzo de este artículo puede o no haber ocurrido realmente. Si bien los fósiles nos dicen mucho, no revelan todos los detalles. No sabemos si la ballena ya estaba muerta en el momento de las picaduras de tiburón; no sabemos si fue limpiado mientras flotaba en la superficie o si ya se había hundido y se comió en el fondo marino. Tampoco sabemos con certeza qué especies de tiburones roen su carne.

‚ÄúPor lo que sabemos, al final del Plioceno, hay una mezcla interesante de fauna m√°s moderna con otros grupos m√°s ‚Äúarcaicos‚ÄĚ o extintos‚ÄĚ, dijo V√©lez-Juarbe. ‚ÄúEsto, por supuesto, cambi√≥ un poco al final del Ne√≥geno, cuando parece haber habido un evento de extinci√≥n de megafauna marina‚ÄĚ.¬†

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En otras palabras, algunas de las criaturas que vivieron en los oc√©anos hace 3.6 millones a 2.58 millones de a√Īos son una parte muy importante de nuestro mundo hoy. Tenemos ballenas que se alimentan por filtraci√≥n y grandes tiburones blancos en nuestras costas. La historia que cuentan estos f√≥siles es una que podemos imaginar y comprender instant√°neamente.

No se sabe que los tiburones de hoy ataquen a las ballenas adultas. Si sus antepasados ‚Äč‚Äčse comportaron de manera similar, entonces es razonable suponer que los antiguos tiburones limpiaron (en lugar de matar y luego comer) esta antigua ballena. Las huellas de mordida apoyan esto.

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‚ÄúLa gran mayor√≠a de los rastros de mordida en los huesos son de barrido‚ÄĚ, dijo Martin. ‚ÄúEn muchos casos, y creo que tambi√©n en este caso, puede que no haya suficiente carne para evitar que los dientes entren en contacto con el hueso. Una vez que los dientes est√°n en contacto con el hueso, eso significa que el hueso est√° expuesto o que la carne es lo suficientemente delgada como para que los dientes puedan entrar en contacto con el hueso‚ÄĚ.

‚ÄúEste hallazgo es de importancia cient√≠fica no solo porque pudimos contar mucho sobre los tiburones que se alimentan de ballenas [en tiempos prehist√≥ricos], sino tambi√©n por su contexto temporal. Como se√Īalamos en el documento, la diversidad gen√©tica de los cet√°ceos, y especialmente los misticetos, disminuy√≥ alrededor del l√≠mite Plioceno-Pleistoceno, un ejemplo de un evento de rotaci√≥n global en la megafauna marina‚ÄĚ, escribi√≥ Cort√©s en un correo electr√≥nico. ‚ÄúLos mam√≠feros marinos f√≥siles, como el que se conserva aqu√≠, ser√°n √ļtiles para comprender la din√°mica de la fauna marina en uno de los per√≠odos m√°s cr√≠ticos de la historia de la Tierra, la transici√≥n del Plio-Pleistoceno‚ÄĚ.

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Cort√©s enfatiz√≥ la importancia de seguir explorando la pen√≠nsula de Burica en Panam√° y otros sitios cercanos. Si bien los f√≥siles de ballenas son comunes en todo el mundo, los descubrimientos han sido relativamente pocos en Am√©rica Central y del Sur. El esp√©cimen de ballena descrito aqu√≠ es en realidad el primer mam√≠fero marino registrado del Ne√≥geno (un per√≠odo que se extendi√≥ desde hace 23 millones de a√Īos hasta hace 2,58 millones de a√Īos) en la pen√≠nsula de Burila.

Foto: Dirley Cortés, de sombrero blanco, con los fósiles de ballena. (Carlos Jaramillo)

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‚ÄúUna de las razones‚ÄĚ, ofreci√≥ Cort√©s, ‚Äúpuede ser la falta de afloramientos cenozoicos totalmente expuestos, en particular en el lado del Pac√≠fico de Am√©rica Central, lo que dificulta la prospecci√≥n de esta sucesi√≥n y la obtenci√≥n de datos. Otra raz√≥n importante es la cantidad de investigadores per c√°pita‚ÄĚ.

Describi√≥ c√≥mo la paleontolog√≠a sigue siendo una ciencia emergente en pa√≠ses como Panam√° y Colombia. Para ilustrar m√°s esto, explic√≥ que de ‚Äú1 mill√≥n de ciudadanos, Colombia tiene menos de 90 cient√≠ficos, de los cuales una cantidad m√≠nima est√° involucrada en paleontolog√≠a. Sin suficientes paleont√≥logos, la investigaci√≥n se convierte en una forma de vida desafiante aunque privilegiada. Y el panorama para las mujeres cient√≠ficas tampoco parece tan alentador‚ÄĚ.

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‚ÄúAlgo que los paleont√≥logos siempre destacan es que no importa cu√°n completo sea, lo m√°s importante es la incre√≠ble historia que los f√≥siles nos cuentan‚ÄĚ, escribi√≥ Cort√©s.

Las historias a√ļn por contar, los f√≥siles ocultos durante millones de a√Īos, est√°n a la espera de ser encontradas.