Durante más de una década, los libros de astronomía podían contar el futuro de nuestra galaxia con una seguridad sorprendente: Andrómeda se acerca, la Vía Láctea está en su camino y dentro de unos 4.000 o 5.000 millones de años ambas comenzarían una colisión gigantesca que acabaría transformándolas en una nueva galaxia.
El problema es que el Universo acaba de convertir aquella certeza en una apuesta.
Un análisis publicado en Nature Astronomy utilizando las mejores mediciones disponibles de Gaia y el telescopio espacial Hubble concluyó que el futuro de la Vía Láctea está mucho más abierto de lo esperado. Al incorporar las incertidumbres en masas, velocidades y posiciones de las grandes galaxias del Grupo Local, los investigadores encontraron una probabilidad cercana al 50% de que la Vía Láctea y Andrómeda ni siquiera lleguen a fusionarse durante los próximos 10.000 millones de años.
Y ahí aparece la paradoja: aunque sus discos estelares permanecen separados por unos 2,5 millones de años luz, las fronteras reales de ambas galaxias son muchísimo mayores de lo que vemos en fotografías. Hasta el punto de que una parte invisible de Andrómeda ya alcanza el territorio ocupado por el halo de nuestra propia galaxia.
Andrómeda tiene una atmósfera gigantesca que puede extenderse hasta dos millones de años luz

Una galaxia no termina donde desaparecen sus estrellas. Alrededor de Andrómeda existe un enorme halo de plasma extremadamente tenue, conocido como medio circungaláctico. No podemos contemplarlo directamente como observamos sus brazos espirales, pero Hubble consiguió cartografiarlo utilizando la luz de 43 cuásares situados mucho más lejos: al atravesar el gas, determinadas longitudes de onda quedan absorbidas y permiten reconstruir dónde se encuentra ese material.
Los resultados fueron enormes incluso para escalas galácticas. El halo se extiende aproximadamente 1,3 millones de años luz desde Andrómeda y alcanza hasta dos millones de años luz en determinadas direcciones. NASA llegó a señalar que esto implica que el halo de Andrómeda ya está “chocando” o entrando en contacto con el de la Vía Láctea.
Eso no significa que las estrellas de ambas galaxias estén colisionando ahora. Lo que podría estar encontrándose es su material exterior más difuso: gigantescas reservas de gas ionizado que funcionan como ecosistemas alrededor de las galaxias, contienen material expulsado por supernovas y proporcionan combustible para futuras generaciones de estrellas.
En ese sentido, el encuentro entre ambos sistemas puede haber comenzado mucho antes de que sus zonas brillantes se acerquen entre sí.
Una galaxia mucho más pequeña puede decidir si el gran choque ocurre o no

La gran sorpresa de los nuevos cálculos llegó cuando los astrónomos dejaron de tratar a Vía Láctea y Andrómeda como si estuvieran solas.
No lo están.
Las simulaciones incorporaron también a M33, la galaxia del Triángulo, y la Gran Nube de Magallanes. La primera aumenta considerablemente la probabilidad de fusión entre las dos gigantes. La segunda hace justo lo contrario: su movimiento altera la trayectoria de la Vía Láctea de una forma que reduce las posibilidades del encuentro.
Con M33 incluida, la probabilidad de fusión sube aproximadamente hasta dos tercios. Cuando aparece la Gran Nube de Magallanes, baja. En el sistema completo, el resultado termina quedando apenas por encima del 50%, con escenarios que van desde una gran fusión hasta un encuentro lejano seguido de una separación.
Una pequeña variación en la velocidad transversal de Andrómeda, casi imperceptible desde la Tierra, puede convertirse en una diferencia de cientos de miles de años luz después de proyectarse durante miles de millones de años.
El futuro de nuestra galaxia ha pasado de inevitable a prácticamente impredecible
En 2012, Hubble había proporcionado mediciones que hicieron que NASA describiera la colisión frontal como un destino prácticamente inevitable. El escenario clásico situaba el primer gran encuentro alrededor de 4.000 millones de años en el futuro, seguido por sucesivos acercamientos hasta la fusión.
Hoy esa imagen ya no tiene la misma certeza. Y lo más fascinante es que las dos historias aparentemente contradictorias pueden ser ciertas al mismo tiempo: Vía Láctea y Andrómeda podrían no fusionarse jamás y, sin embargo, sus partes más externas ya pueden estar encontrándose.
La gran colisión que imaginábamos para dentro de miles de millones de años quizá nunca llegue como esperábamos. Pero si definimos una galaxia no solo por sus estrellas, sino por todo el gigantesco océano invisible de materia que la rodea, el primer contacto entre Andrómeda y nuestro hogar cósmico podría haber comenzado mucho antes de que nadie mirara al cielo para preguntarse cuándo ocurriría.