Uno mecánico, otro albañil, ambos en la
misma situación desesperada, con la Alemania Oriental y el último dardo
envenenado del nazismo, el Muro de Berlín, de fondo como la frontera
infranqueable que los separaba de la libertad. ¿Cómo salir de allí con vida
tratando de huir? De la manera más épica posible.
Era justo antes de la medianoche del 15
de septiembre, un pequeño sedán conduce a través de la noche, por las carreteras estrechas que llevaban hacia las
zonas más altas y boscosas de la ciudad de Berlín. En un momento dado se detiene. Del
vehículo salen dos tipos, uno sostiene una linterna, mientras el otro arroja
varios hilos de lana sobre la noche gélida y ventosa de aquel día.
Aquellos hilos, todos juntos, iban a
convertirse en el vehículo más sorprendente de cuantos intentos de escapada se
dieron en Alemania.
El mecánico y el albañil
Estos dos hombres eran Günter Wetzel
(albañil), y su amigo Peter Strelzyk, mecánico de profesión. Si retrocediéramos
con una máquina del tiempo unas horas antes, la escena pasaría al ático de Wetzel,
con el hombre encorvado sobre una vieja máquina de coser accionada por motor,
trabajando desesperadamente para completar su proyecto secreto.
En realidad, para comenzar esta historia desde el principio habría que retroceder mucho más. Exactamente un año y medio antes, momento en
que ambos comenzaron a gestar un plan para huir
de Alemania Oriental.
A principios de 1978 comenzaron a debatir sobre la
posibilidad de salir de Alemania del Este. Nada nuevo realmente, la República
Democrática Alemana controlada por los soviéticos no era especialmente
democrática.
Eran tiempos especialmente duros para la
mayoría de los alemanes. Se calcula que por aquellas fechas, uno de cada diez
ciudadanos del este había sido sobornado para espiar en secreto a sus amigos,
familiares y vecinos, lo que significaba que era imposible saber en quién se
podía confiar. Muchos tenían profesiones asignadas, los viajes al extranjero se
restringieron, y todo aquel que alzara la voz, obtenía castigos que iban desde
el desempleo hasta la cárcel o incluso la tortura. Esto sin contar con la
pobreza generalizada y unas condiciones de vida, en general, pésimas.
En cambio, en la acera de enfrente tenían
mucho más que celebrar. La Alemania Occidental se apoyó en el famoso Plan Marshall
que debía impulsar la recuperación económica, y el optimismo, o al menos las noticias que llegaban tras los muros
del este, sonaba a música celestial.
Allí, a pocos kilómetros al norte de la
frontera con Alemania Occidental, se encontraba la ciudad de Pössneck. El
problema es que llegar allí era poco menos que una utopía. El Muro de Berlín
tenía fama de impenetrable, con las llamadas “zonas de
la muerte”, espacios plagados de alambre de púas, hileras de minas terrestres, redes
trampa, pistolas y metralletas preparadas para activarse a la altura de la
cabeza, el pecho o las piernas, torres de guardias y muros demasiado altos.
Además, y por si esta no fuera
suficiente, cualquier persona que sobreviviera y fuera atrapada mientras
intentaba escapar hacia el oeste de Berlín o hacia el oeste de Alemania, era
castigada de forma severa, a veces ejecutada o simplemente encarcelada de por
vida. De hecho, muchos periódicos celebraban cuando se frustraban los intentos de
fuga.
Bajo este clima, un día sucedió el
detonante que dio lugar a toda la historia. Los Strelzyks y los Wetzels estaban
en casa de una pareja amiga cuando de repente tocan a la puerta. La policía
secreta de Alemania Oriental se acercó y explicó que el hijo adolescente de la
pareja de la casa había sido asesinado a tiros mientras intentaba cruzar la
frontera. Acto seguido, la policía se llevó a la pareja y nunca más se supo de
ellos. Strelzyk y Wetzel decidieron que debían hacer algo.
Unos meses después, la cuñada de Günter Wetzel
visitó a sus parientes de Alemania Oriental y trajo un periódico que contenía
un artículo sobre un espectáculo de globos aerostáticos. Strelzyk y Wetzel se
miraron y pensaron lo mismo, el aparato podría ser una forma viable
de huir. No tenían ni la más remota idea de cómo construirlo, pero lo podrían
hacer de forma secreta sin que nadie se diese cuenta. El globo sería su pasaporte
a Alemania Occidental.
Tras consultarlo con sus familias se
pusieron manos a la obra. Primero consultaron fotografías de globos
aerostáticos en acción y decidieron apuntar a ojo una serie de medias.
Necesitaban mucha tela, y a poder ser resistente y liviana.
La mujer de Wetzel compró cerca de 1.000
metros cuadrados de un material para forrar cuero. Para evitar sospechas
explicó en la tienda que estaba haciendo carpas para un club de camping con
unas amigas. Mientras, Wetzel se dedicó a probar con la forma de cortar la tela
en formas tales que el globo se mantendría bien en tres dimensiones, obviamente,
con una cantidad de tela extra desperdiciada.
Para ello empleó una máquina de coser
manual antigua, utilizando un tipo de hilo resistente que normalmente se usa
para prendas de cuero en un patrón de doble puntada muy fuerte. Por su parte, Wetzel
adquirió un tanque de propano y le colocó una tubería y una válvula para
dirigir las llamas y controlar la cantidad de gas que recibía (algo así como un
mechero casero talla XXL).
Por último, Strelzyk y Wetzel necesitaban una canasta donde huir. Para ello, soldaron una placa de acero y postes,
luego perforaron agujeros a cinco alturas diferentes en los postes y colgaron
tendederos a través de ellos a modo de barandillas. Finalmente conectaban la
canasta a la “capa” con cuerdas de nylon a lo largo de cada una de sus cuarenta y
ocho costuras verticales.
Cuando construyeron una primera versión
lo probaron. El globo ni se infló, y así comprendieron que debía suspenderse
para que el aumento de aire caliente ayudara a inflar la envoltura (eso sin
contar con que notaron que había demasiado aire escapando a través de las
costuras). Esto último lo arreglaron agregando un sellante químico a la parte
superior del globo, lo que también sumó algo de peso pero redujo las fugas.
Wetzel encontró algunos libros de texto
de ingeniería y física que lo ayudaron a determinar cuánto espacio ocuparía el
aire caliente y qué cantidad levantaría. Estableció que el globo necesitaría
ser más grande de lo que nadie hubiera pensado: alrededor de dos mil metros
cúbicos. Con esta idea, Strelzyk y Wetzel viajaron a la ciudad de Leipzig para comprar
telas. Compraron de un tipo especial, algo más de 1.000 metros cuadrados, y dijeron que
estaban haciendo velas para un club náutico.
Wetzel regresó a su máquina de coser en
el ático, pero esta vez con un añadido que aumentó considerablemente el ritmo
de trabajo: conectaron un motor a la máquina de coser, de forma que toda la
capa exterior del globo se completó en apenas dos semanas.
Volvieron a probar el globo, pero incluso
con las modificaciones, seguía sin inflarse. Wetzel pensó que hacía falta un
ventilador para dirigir el aire directamente dentro del globo. Diseñó uno
personalizado de un motor de motocicleta y un sistema de escape de un coche, y
la prueba salió satisfactoria.
Sin embargo, apareció una nuevo problema: el
gas en el fondo del tanque se estaba enfriando y haciendo que toda la operación
fuera demasiado lenta. Las pruebas mostraron que, tal como estaba configurado, el
quemador no podría mantener el globo inflado durante la duración necesaria de
la ruta que tenían planeada.
Los dos amigos se dieron un tiempo,
quizás, después todo, no era tan buena arriesgarse a fracasar y poner la vida
de sus familias en peligro. Durante los siguientes meses, Wetzel probó un
prototipo propio pero fue un fracaso estrepitoso. El globo acabó golpeándose en
tierra y el albañil salió huyendo mientras varios guardias fronterizos corrían
hacia él.
Varios meses después, con energías
renovadas, ambos amigos retomaron el plan de escape. Wetzel acudió a su médico
y dijo tener problemas estomacales para dejar el trabajo por una temporada y
dedicar el mayor tiempo posible al globo. Al día siguiente, el hombre abrió un periódico
y descubrió que las autoridades habían encontrado algunas de las herramientas
de su último intento. La policía le estaba buscando.
Bajo esta tensión, el último de los
prototipos debía ser el definitivo sí o sí. Wetzel decidió aumentar los metros
cúbicos, aunque no tenían ni idea de cómo evitarían la detección policial mientras
recogían los nuevos materiales. Cualquier gran compra de tela duradera y
liviana sería fácil de detectar para la policía. De hecho, era muy posible que
con un globo ya descubierto, las tiendas de telas se vieran obligadas a alertar
a la autoridades sobre cualquier orden sospechosamente grande.
¿Qué hicieron? Armarse de valor (y
tiempo) y acudir de forma individual de tienda en tienda y de ciudad en ciudad,
comprando alrededor de cien metros cuadrados cada vez, siempre una persona
diferente entre las dos familias.
El día D
Así llegamos a la noche del 14 de
septiembre, con el globo casi completo y un clima que había cambiado de tal
manera que las condiciones para el lanzamiento eran perfectas. Wetzel se apresuró
a completar el globo, las familias se reunieron, metieron todo en el coche y un
remolque, y condujeron hasta la colina cerca de Pössneck.
Durante un buen rato se quedaron quietos
en la oscuridad, esperando a ver si alguien los había seguido. Una vez
confiados en que estaban solos, comenzaron a armar los componentes del globo:
primero juntando la canasta y ese “mechero” gigante, luego la tela que los
llevaría volando, asegurando la canasta al suelo con cuerdas y cargándola con
algunos suministros. Luego comenzaron a inflar el globo casero.
Cuando Wetzel dio un silbido, las
familias se montaron rápidamente en la plataforma. Strelzyk y Wetzel
encendieron el quemador y la canasta se elevó del suelo. Wetzel y el hijo de
Strelzyk, Frank, se pararon en las esquinas opuestas de la canasta para cortar
las cuerdas que unían el globo a la tierra. Sin embargo, el globo se inclina
hacia la catástrofe debido a una cuerda que todavía está atada al suelo. Wetzel
lo ve y la corta rápidamente.
El aparato comenzó a elevarse a medida
que el aire dentro de él se calentaba, absorbiendo la llama fácilmente. Conforme
se iba elevando, las familias advirtieron un último problema, al mirar hacia arriba
observaron un gran agujero en el centro de la parte superior. Sea lo que fuere,
no había forma de repararlo ahora, aunque mantener el quemador funcionando a
una velocidad constante resultó ser suficiente para mantener el globo en
aumento.
Así, poco a poco, las luces brillantes de
la tierra fueron desapareciendo de la vista de ambas familias. En apenas 10
minutos se encontraban a 1800 metros de altitud, por tanto, solo oían el
silbido del quemador de gas y el brillo de su llama. Minutos después, el miedo
se apodera nuevamente de las familias. El termómetro lee menos de 8 grados centígrados.
Después de unos 23 minutos transcurridos,
el globo comienza a perder altitud lentamente. De repente, los quemadores se
apagan, el aparato comienza a girar lentamente y su descenso se acelera a
medida que el aire caliente se enfría.
No había nada más que hacer. El globo
comenzó a descender más y más, convirtiéndose en una especie de paracaídas en el proceso.
Las familias se agruparon y comenzaron a rezar con la esperanza de que los
vientos del sur los hubieran empujado lo suficiente como para cruzar a
Alemania Occidental, además, debían esperar que el aterrizaje no fuera
demasiado duro, ya que no tenían forma de controlar dónde tocarían tierra.
Wetzel sacó un foco improvisado que había
construido de un faro de un automóvil y lo iluminó hacia el suelo. Unos
segundos más tarde vieron la punta de los árboles acercándose hacia ellos. En
pocos segundos se estrellaron. El vuelo de apenas 30 minutos había llegado a su
fin y ninguno resultó herido de gravedad.
Allí, solos en medio de la nada, sin
saber de qué lado de la frontera estaban, las dos familias acordaron caminar
hacia el sur. Si hubieran llegado a Alemania Occidental, esta dirección los llevaría más
lejos a la seguridad. Si todavía estuvieran en el este, los llevaría a los
guardias fronterizos, en cualquier caso, estaban tan agotados física y
mentalmente que apenas les importaba.
Los primeros carteles después del bosque
eran alentadores, contenían mensajes que jamás habían visto. Al llegar a una
granja una nueva pista parecía confirmar las buenas noticias, las máquinas
agrícolas eran de una empresa que no operaba en Alemania Oriental.
El momento definitivo llegó con la
llegada de un coche de policía en la carretera. Aún temblando por la posible
respuesta, Strelzyk y Wetzel preguntaron: “¿Estamos en Occidente?”
Los policías, asombrados y algo desconcertados, respondieron: “Por
supuesto que sí; ¿Dónde más estarías?”
La historia de ambas familias fue portada
de TIME unas semanas después. Incluso Disney hizo una película, Night Crossing,
basada en la increíble hazaña de Strelzyk y Wetzel. Unos años después el Muro
de Berlín caída y con él lo hacía el comunismo en Europa del Este.
Se calcula que más de 4.000 ciudadanos de
Alemania del Este lograron escapar, aproximadamente la mitad del número total
de personas que lo intentaron. Sin embargo, la huida de estos dos amigos fue
probablemente la más espectacular de cuantas existieron, no fue la única, pero
nadie más se atrevió a volar para cruzar el muro en busca de libertad. [The Washington Post, Ballonflucht, Wikipedia, History]