La monogamia no es la norma en el reino animal, y mucho menos entre los mamíferos. De hecho, solo alrededor del 9 % de las especies mantiene relaciones estables de pareja. En ese reducido grupo aparece el ser humano moderno, según una investigación liderada por el antropólogo evolutivo Mark Dyble, de la Universidad de Cambridge, que ha comparado nuestra especie con otras 34 para determinar con datos genéticos qué lugar ocupamos realmente en la escala de la fidelidad.
Las bases del estudio

El estudio no se basa en observaciones de comportamiento ni en modelos culturales, sino en un indicador mucho más directo: la proporción de hermanos completos frente a medio hermanos dentro de la descendencia. Cuantos más hijos comparten ambos progenitores, mayor es el grado de monogamia efectiva de la especie. En el caso humano, aproximadamente el 66 % de los hermanos comparten padre y madre, una cifra que nos sitúa claramente dentro del grupo monógamo, aunque lejos de los extremos más estrictos.
En la parte alta de la clasificación aparecen especies con una fidelidad casi absoluta, como el ratón de California, donde todos los descendientes son hermanos completos. Algo por debajo se encuentran animales conocidos por sus fuertes vínculos de pareja, como el perro salvaje africano o ciertas ratas topo. El ser humano queda encajado entre el castor euroasiático, con un 73 % de hermanos completos, y el gibón de manos blancas, que ronda el 64 %, una posición intermedia que resulta llamativa por su precisión estadística.
El contraste es aún mayor cuando se observan las especies claramente promiscuas. Delfines, orcas o macacos presentan porcentajes mínimos de hermanos completos, en algunos casos por debajo del 5 %. Incluso nuestros parientes evolutivos más cercanos, como chimpancés y gorilas, muestran niveles de monogamia muy bajos, lo que refuerza la idea de que el patrón humano no es heredado directamente de los grandes simios.
El ser humano y su cultura
Dyble subraya que esta conclusión no contradice la enorme diversidad cultural de las sociedades humanas. Existen sistemas monógamos, poligínicos y poliándricos, pero incluso en los extremos de ese abanico cultural la proporción de descendencia con los mismos progenitores sigue siendo elevada en comparación con la mayoría de los mamíferos. Desde una perspectiva evolutiva, esta tendencia habría favorecido la creación de redes de parentesco amplias y estables, un paso clave para el desarrollo de sociedades complejas, cooperación a gran escala y transmisión cultural.
Lejos de ser una cuestión moral o social, el estudio plantea la monogamia humana como una estrategia evolutiva medible, situada con bastante exactitud entre dos modelos animales. Ni completamente fieles ni radicalmente promiscuos, los seres humanos ocupan un punto intermedio que ayuda a explicar parte de nuestro éxito como especie.