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Ciencia

Construir para aterrizar: así planean hacer plataformas lunares con polvo y robots

Aterrizar grandes cohetes en la Luna no será tan simple como buscar un terreno plano. Un estudio de la Universidad de Purdue propone cómo diseñar plataformas de lanzamiento usando regolito lunar, pocos datos iniciales y pruebas in situ. La clave: estructuras delgadas, modelos conservadores y robots constructores.
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La exploración lunar está entrando en una nueva fase. Ya no se trata solo de visitar la Luna, sino de permanecer en ella. Para lograrlo, será imprescindible construir infraestructuras básicas directamente sobre su superficie, desde refugios hasta plataformas de aterrizaje capaces de soportar cohetes de gran tamaño. Y hacerlo sin llevar toneladas de materiales desde la Tierra.

Un nuevo estudio publicado en Acta Astronautica aborda uno de los problemas más delicados de esta futura presencia humana: cómo diseñar plataformas de aterrizaje seguras usando casi exclusivamente materiales locales y con información muy limitada sobre su comportamiento real.

Por qué no se puede aterrizar directamente sobre el suelo lunar

A simple vista, la superficie lunar parece ideal para posar una nave. Pero el descenso de vehículos pesados genera chorros de gases capaces de levantar polvo y fragmentos de roca a gran velocidad. Ese material puede dañar instrumentos, erosionar estructuras cercanas y comprometer misiones futuras.

En la Tierra, este problema se resuelve con plataformas de hormigón diseñadas para soportar cargas mecánicas y térmicas extremas. En la Luna, esa solución no es viable: transportar cemento o acero desde nuestro planeta sería prohibitivamente caro.

Construir para aterrizar: así planean hacer plataformas lunares con polvo y robots
© FreePik

El regolito como material estructural… con muchas incógnitas

La alternativa es el regolito lunar, el polvo y las rocas sueltas que cubren la superficie. Mediante técnicas de sinterizado —fundir parcialmente el material con calor— puede transformarse en una losa sólida.

El problema es que se conoce muy poco sobre su resistencia real una vez consolidado. Los simulantes terrestres solo reproducen parcialmente sus propiedades. Según la ingeniera Shirley Dyke, autora principal del estudio, “la única forma fiable de saber cómo se comporta es probarlo directamente en la Luna”.

Un entorno extremo para cualquier estructura

El diseño debe afrontar dos desafíos principales. El primero es mecánico: el regolito sinterizado resiste bien la compresión, pero es frágil frente a la tracción. El segundo es térmico: los motores de una nave calientan intensamente la superficie, pero solo en los primeros centímetros, creando fuertes gradientes de temperatura.

Además, el ciclo lunar de día y noche —casi 28 días— provoca cambios térmicos extremos. La expansión y contracción repetida del material, frenada por la fricción con el suelo suelto inferior, puede generar grietas y deformaciones acumulativas.

Menos es más: una plataforma sorprendentemente delgada

Tras analizar estos factores, el equipo propone un diseño contraintuitivo: una plataforma de unos 33 centímetros de espesor para un módulo de 50 toneladas. Hacerla más gruesa no mejora la seguridad; al contrario, aumenta las tensiones térmicas internas y eleva el riesgo de fractura.

Ciertos daños superficiales serían inevitables, pero el objetivo es evitar fallos catastróficos que inutilicen toda la estructura tras pocos aterrizajes.

Probar, medir y mejorar… desde la Luna

Dado el nivel de incertidumbre, los autores apuestan por una estrategia gradual. Las primeras plataformas no deberían ser definitivas, sino experimentales. Instrumentarlas con sensores permitiría medir deformaciones, temperaturas y daños reales tras cada aterrizaje.

Todo este proceso, subraya Dyke, deberá realizarse principalmente con robots, ya que la construcción manual sería demasiado lenta, peligrosa y costosa.

Lejos de ofrecer una solución cerrada, el estudio propone una filosofía: aprender construyendo. Incluso con datos limitados, un diseño conservador, pruebas in situ y mejora iterativa podrían convertir el polvo lunar en la base física de la próxima era espacial.

Fuente: Meteored.

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