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Ciencia

Convertir plomo en oro ya no es alquimia, es física de altas energías. En el CERN ocurre, pero solo durante una fracción de segundo

En el LHC del CERN, núcleos de plomo pueden transformarse fugazmente en oro cuando los haces se rozan sin chocar. No hay magia ni riqueza: hay campos electromagnéticos extremos y colisiones ultraperiféricas. El experimento ALICE ha logrado aislar la señal con una limpieza inédita.
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La promesa de la alquimia fue siempre simbólica: convertir un metal vulgar en oro. Bajo tierra, en el Large Hadron Collider (LHC) del CERN, ese símbolo se ha vuelto real en el sentido más literal y menos útil posible. No se trata de lingotes ni de riqueza súbita, sino de un proceso nuclear efímero que dura menos de una billonésima de billonésima de segundo. Suficiente, eso sí, para dejar huella en los detectores, según explica el estudio publicado en Physical Review C.

Casi choques, campos extremos y fotones ultrarrápidos

Convertir plomo en oro ya no es alquimia, es física de altas energías. En el CERN ocurre, pero solo durante una fracción de segundo
© Getty Images / agsandrew.

El truco no está en hacer colisionar los núcleos de plomo de frente, sino en permitir que se rocen sin tocarse. En estas colisiones ultraperiféricas, los campos electromagnéticos alcanzan intensidades tan altas que el intercambio de fotones puede arrancar protones del núcleo. Cuando un núcleo de plomo-208 pierde tres protones, se convierte en oro-205. El oro aparece y desaparece casi al instante, pero su firma queda registrada.

El experimento ALICE no fue diseñado pensando en “alquimia”, sino en estudiar el plasma de quarks y gluones. Aun así, su instrumentación ha resultado ideal para capturar estas interacciones limpias, con muy pocos residuos hadrónicos. El equipo, con participación del físico Daniel Tapia Takaki (University of Kansas), afinó cortes, modelos y calibraciones para separar señales de protones y neutrones con una pureza notable.

Por qué estos eventos importan más de lo que parece

Estas interacciones son silenciosas desde el punto de vista de la “basura” de partículas que suelen generar las colisiones duras. Ese entorno limpio convierte a las colisiones ultraperiféricas en un banco de pruebas perfecto para la electrodinámica cuántica y la física fotonuclear a energías extremas. Medir con precisión cuántos protones se expulsan (0, 1, 2 o 3) permite poner a prueba modelos teóricos que describen cómo se reorganiza un núcleo tras recibir un impacto electromagnético brutal.

Los datos muestran que la tasa de producción de oro es sorprendentemente alta en comparación con otros canales de interacción a la misma energía. En la práctica, esto significa que dentro del LHC ocurren transformaciones nucleares “sin estruendo” con una frecuencia comparable a procesos inelásticos mucho más ruidosos.

Operar un acelerador de miles de millones también es física

Convertir plomo en oro ya no es alquimia, es física de altas energías. En el CERN ocurre, pero solo durante una fracción de segundo
© Getty Images / bodnarchuk.

Hay un impacto muy concreto más allá del titular llamativo. Cuando un ion pierde protones, cambia su rigidez magnética y, por tanto, su trayectoria dentro del acelerador. Si estos fragmentos no se modelan bien, pueden golpear componentes sensibles, disparar protecciones o provocar pérdidas de haz. Medir todos los canales de pérdida con precisión alimenta los mapas de colimación que usan los ingenieros del CERN para proteger imanes superconductores y optimizar la operación del LHC.

Este conocimiento también es valioso para futuros proyectos como el Future Circular Collider o para instalaciones en desarrollo como el Electron-Ion Collider en Estados Unidos, donde las pérdidas de haz serán un factor crítico de diseño.

No es solo oro: es un catálogo de transmutaciones

El “parpadeo dorado” es la anécdota. En el mismo proceso aparecen isótopos de mercurio, talio o platino. Cada canal aporta datos sobre cómo responden los núcleos a campos extremos y sirve para calibrar búsquedas de procesos aún más sutiles, como la dispersión luz-luz o señales de nuevas partículas hipotéticas.

La alquimia moderna no busca riqueza. Busca precisión: medir mejor, perder menos, operar máquinas colosales con más seguridad y exprimir cada dato para entender cómo se comporta la materia en los límites. Que, de paso, el plomo se convierta en oro por un instante es un guiño poético. Lo importante es que ese destello dorado nos enseña a usar mejor una de las herramientas científicas más complejas jamás construidas.

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