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Ciencia

Creíamos que tener mascotas era una rareza humana. Un estudio con 427 encuentros entre especies sugiere que ese impulso nació millones de años antes que nosotros

Monos y simios han sido vistos acariciando ratones, jugando con cerdos, acicalando perros e incluso adoptando crías de otras especies. Un análisis de 88 especies de primates plantea que algunos de los ingredientes que hoy nos llevan a convivir con mascotas podrían hundir sus raíces en nuestro pasado evolutivo.
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Una hembra de gibón sostiene un ratón entre las manos. Podría matarlo o apartarlo, pero hace justo lo contrario: lo acaricia y lo mantiene con sorprendente delicadeza. En otro lugar, jóvenes monos se suben sobre cerdos domésticos para jugar. Y en Sri Lanka, un langur gris fue fotografiado acariciando a una gigantesca ardilla.

Durante años, escenas así parecían simples anécdotas. Ahora un equipo internacional ha reunido suficientes casos como para empezar a preguntarse algo mucho más incómodo para nuestra supuesta excepcionalidad: ¿y si el impulso de encariñarnos con animales de otras especies no empezó con los humanos?

El estudio, publicado en la revista Primates, recopiló 427 interacciones protagonizadas por 88 especies de primates y 127 especies animales diferentes, procedentes de literatura científica, medios y encuestas a primatólogos de todo el mundo. La mayoría ocurrieron en libertad: 311 casos frente a 111 registrados en cautividad.

No son “mascotas” como las nuestras, pero hacen cosas inquietantemente parecidas

Creíamos que tener mascotas era una rareza humana. Un estudio con 427 encuentros entre especies sugiere que ese impulso nació millones de años antes que nosotros
© Getty Images / Arterra.

Los investigadores encontraron primates jugando, acicalando, cargando, abrazando y, en algunos casos, incluso adoptando animales de otras especies. Entre sus compañeros aparecieron perros, aves, ciervos, cerdos, lagartos y otros primates.

Los comportamientos más frecuentes fueron el juego, con 139 casos, y el acicalamiento, con 136. Los individuos jóvenes tendían a jugar más, mientras que las hembras adultas aparecían con mayor frecuencia en conductas de cuidado y aseo. Los machos adultos, por el contrario, mostraban menos interacciones afiliativas.

Lo llamativo es que esos patrones se parecen bastante a los que los primates mantienen dentro de sus propios grupos.

Cyril Grueter, investigador de la Universidad de Oxford y autor principal del trabajo, comenzó a interesarse por el fenómeno después de observar en el zoológico de Shanghái a un gibón de mejillas blancas sosteniendo y acariciando a un pequeño ratón. Años después vio monos de nariz chata intentando montar sobre cerdos domésticos durante sus juegos. Lo que parecían comportamientos aislados comenzó a convertirse en un patrón.

El origen de nuestras mascotas podría ser mucho más antiguo de lo que pensábamos

Creíamos que tener mascotas era una rareza humana. Un estudio con 427 encuentros entre especies sugiere que ese impulso nació millones de años antes que nosotros
© Senthi Aathavan Senthilverl / Wikimedia.

Esto no significa que los chimpancés estén a punto de construir casetas para perros.

Los propios investigadores advierten que no existe un equivalente exacto al concepto humano de mascota entre los demás primates. Muchas relaciones son breves y algunas incluso pueden acabar mal para el otro animal. El estudio habla más bien de los posibles “ingredientes” evolutivos necesarios para que aparezca algo parecido: tolerancia hacia otras especies, curiosidad, juego, cuidado y capacidad de formar vínculos sociales fuera del propio grupo. Y precisamente ahí está lo importante.

Durante mucho tiempo resultó difícil explicar por qué los humanos destinamos comida, tiempo, protección y recursos a animales con los que no compartimos parentesco. Desde un punto de vista estrictamente evolutivo, cuidar de otra especie no siempre ofrece una ventaja evidente.

Pero si esas tendencias aparecen también en otros primates, la relación entre humanos y animales podría no haber surgido desde cero cuando domesticamos a los primeros perros. Parte de la maquinaria emocional y social necesaria quizá ya existía mucho antes.

La evidencia arqueológica sitúa una de las relaciones humanas más antiguas claramente compatibles con un vínculo estrecho con perros hace unos 14.000 años, pero el nuevo trabajo apunta hacia un escenario bastante más profundo: ciertos comportamientos que acabarían facilitando la convivencia con mascotas podrían remontarse a nuestros antepasados primates.

Tal vez el perro en el sofá sea solo el último capítulo

El estudio no demuestra que un ancestro remoto tuviera una “mascota” en el sentido moderno. Lo que sí muestra es que relacionarse afectivamente con especies distintas está mucho más extendido entre los primates de lo que se pensaba.

Un macaco puede acicalar a un perro. Un langur puede acariciar una ardilla. Un grupo de capuchinos puede cuidar durante meses de una cría perteneciente a otra especie. Y, millones de años después, nosotros llenamos nuestras casas de perros, gatos, pájaros y otros animales a los que alimentamos, protegemos y tratamos como parte de la familia.

Puede que esa conducta que hoy parece tan profundamente humana empezara mucho antes de que existiera siquiera un ser humano capaz de llamarla “tener una mascota”.

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