Ante una lesión, muchos dudan: ¿conviene aplicar frío o calor? La respuesta depende del tipo de daño y del momento en que se produzca. Los especialistas coinciden en que el frío es el aliado ideal en las primeras horas, mientras que el calor se reserva para la recuperación muscular. Usados correctamente, ambos pueden aliviar el dolor, reducir inflamaciones y favorecer la circulación sin riesgos para la piel.
Cuándo aplicar frío: el primer paso tras una lesión aguda
La primera reacción ante un golpe, torcedura o esguince debería ser siempre detener la actividad y aplicar el protocolo conocido como “pausa, hielo, compresión y elevación” (RICE).
Según el médico deportivo alemán Axel Klein, elevar la zona afectada, colocar una venda firme y aplicar una compresa fría o una bolsa de gel ayuda a reducir la inflamación y el dolor.
El frío provoca la contracción de los vasos sanguíneos, limitando el sangrado interno y la hinchazón. Además, adormece las terminaciones nerviosas, lo que disminuye la percepción del dolor.
El ortopedista Thomas Gottfried recuerda que el frío debe emplearse en todas las lesiones agudas, como contusiones o esguinces, pero nunca sobre heridas abiertas.
Cómo evitar la congelación: el error más frecuente
Aplicar frío no está exento de riesgos si se hace de manera inadecuada. Gottfried advierte que “tras un primer dolor normal por el enfriamiento, puede aparecer un segundo dolor más intenso, señal de que la piel está alcanzando temperaturas peligrosas”. En ese caso, hay que suspender el tratamiento inmediatamente.

Para evitar daños cutáneos:
- No usar hielo directo sobre la piel.
- Colocar siempre un paño entre la compresa y el cuerpo.
- Limitar la aplicación a 15–20 minutos por sesión.
- Hacer pausas y repetir cada hora si es necesario.
Klein recomienda enfriar la zona afectada durante los dos primeros días y luego dejar que el metabolismo se reactive. El frío prolongado más allá de 48 horas puede entorpecer la cicatrización.
Cuándo usar calor: el aliado del músculo fatigado
El calor resulta útil en la fase de recuperación o en molestias musculares sin inflamación visible. “El calor ablanda los tejidos y mejora la irrigación”, explica Gottfried. Es beneficioso para contracturas, agujetas o adherencias producidas tras esfuerzos físicos.
El calor dilata los vasos sanguíneos, aumenta el flujo de oxígeno y favorece la relajación. Por eso también se usa en dolores menstruales o en inflamaciones crónicas que no cursan con hinchazón aguda.
Fuentes de calor recomendadas:
- Bolsas de semillas o agua caliente.
- Lámparas de luz infrarroja.
- Paños tibios o compresas húmedas.
Se aconseja aplicar calor varias veces al día en sesiones cortas, evitando exposiciones prolongadas. La sensación debe ser agradable, nunca dolorosa. Si aparecen manchas rojas con ardor, puede tratarse de una quemadura superficial.

Casos en los que hay que evitar frío o calor
No todas las personas pueden aplicar estas terapias sin supervisión médica. Gottfried advierte precaución en casos de trastornos circulatorios, diabetes o pérdida de sensibilidad, ya que dificultan la percepción del daño.
Tampoco debe usarse calor sobre infecciones recientes o inflamaciones activas, porque podría agravar el cuadro. En cambio, el frío debe evitarse en quienes presentan hipersensibilidad cutánea o problemas vasculares periféricos.
El equilibrio perfecto entre alivio y prevención
Saber cuándo aplicar frío y cuándo calor permite tratar correctamente una lesión y acelerar la recuperación sin riesgos.
El frío actúa como un analgésico inmediato en lesiones agudas, mientras que el calor favorece la relajación y la curación muscular en etapas posteriores.
Escuchar al cuerpo y moderar la intensidad son las claves: tanto el exceso de hielo como el calor extremo pueden transformar un remedio en un nuevo problema.
Fuente: Infobae.