Con la longevidad en aumento, la salud de la columna se ha convertido en un asunto central. El encorvamiento —ese gesto involuntario que parece delatar el paso del tiempo— puede surgir por múltiples motivos: desde inflamación autoinmune hasta pérdida muscular o fracturas silenciosas. Dos reumatólogos explican qué es prevenible, qué no, y qué señales deberíamos atender antes de que la postura se vuelva una carga cotidiana.
Por qué nos encorvamos: entre genética, inflamación y desgaste
Aunque solemos asociar la espalda encorvada con la vejez, los especialistas distinguen dos grandes orígenes. Por un lado, las causas inflamatorias, típicas de enfermedades autoinmunes como lupus, artritis psoriásica, espondiloartritis o miopatías. Estas patologías pueden aparecer en personas jóvenes y, sin diagnóstico precoz, modificar de forma irreversible la curvatura de la columna.
Por otro lado, están las causas degenerativas, más frecuentes en adultos mayores: artrosis, desgaste de los discos intervertebrales, debilidad muscular y, especialmente, osteoporosis. Esta última puede provocar fracturas vertebrales silenciosas —hasta en un 30% de los casos sin dolor— que acortan la estatura y favorecen el encorvamiento progresivo.

Los especialistas señalan que una pequeña pérdida de altura es normal, pero superar los tres o cuatro centímetros es indicio de patología.
La importancia del diagnóstico precoz
Identificar la causa es clave para actuar. En las enfermedades inflamatorias, los síntomas típicos incluyen dolor lumbar que mejora con la actividad y empeora en reposo, rigidez matinal prolongada y molestias crónicas de más de tres meses. Si se detectan a tiempo, los tratamientos —desde antiinflamatorios hasta terapias biológicas— pueden frenar la progresión y evitar deformidades severas.
Cuando el origen es degenerativo, el foco pasa al fortalecimiento, la movilidad y la prevención de fracturas, además del tratamiento específico de la osteoporosis.
Movimiento, músculo y hábitos: el verdadero escudo contra el encorvamiento
La espalda se sostiene gracias a huesos, músculos y ligamentos. Con el envejecimiento, la sarcopenia —la pérdida natural de masa muscular— se convierte en un factor determinante. Por eso, la actividad física regular es el principal protector.
Los especialistas recomiendan ejercicios de fuerza y resistencia que trabajen la musculatura paraespinal, junto con prácticas de bajo impacto como aquagym, yoga o pilates supervisado. La actividad física no revierte la curvatura patológica, pero sí mejora la función, reduce el dolor y permite mantener una postura más sólida.

A esto se suman hábitos esenciales: alimentación rica en calcio y vitamina D, evitar tabaco y alcohol, controlar el peso y minimizar el consumo de ultraprocesados, cuyos procesos inflamatorios afectan también al hueso y al músculo.
¿Se puede evitar el encorvamiento?
No completamente. La edad deja huellas inevitables. Pero sí se puede atenuar, retrasar o impedir su forma más grave, especialmente cuando existe una patología inflamatoria tratable o factores modificables de riesgo. La clave está en escuchar a la columna antes de que hable demasiado tarde: moverse más, atender el dolor persistente y sostener hábitos que protejan lo que nos sostiene.
Fuente: Infobae.