Imagen: AP

Marzo de 1921. Un avi√≥n del Ej√©rcito despega en Washington. A bordo van el piloto y el pasajero Henry A. Renz, Jr., de 22 a√Īos. De repente, cuando el avi√≥n se encontraba a 4 mil metros del altura, la aeronave cae en picado sin control. Aquella escena terror√≠fica trataba de curar la sordera de Renz.

El joven era ya un veterano de la Primera Guerra Mundial que había perdido su voz ocho meses antes, posiblemente producto de una complicación de una lesión de guerra. Con el fin de restaurarle el habla, los médicos habían intentado de todo, incluso le extirparon sus amígdalas y adenoides, sin éxito, por cierto.

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As√≠ que buscando una cura milagrosa, Renz acudi√≥ al Servicio de Salud P√ļblica de Estados Unidos, donde un m√©dico llamado Charles H. McEnerney le diagnostic√≥ el problema como psicol√≥gico y prescribi√≥ un tratamiento, digamos que poco ortodoxo: un paseo en avi√≥n. Aunque, claro, no uno cualquiera. Seg√ļn explic√≥ el m√©dico a los medios varios meses despu√©s:

Vuelo entre San Francisco y Chicago en 1927. AP

Cuando el paciente se sienta en esos 3.500 o 4.500 metros o más de altitud, y entonces de repente la máquina desciende drásticamente y cae en picado, el paciente, en su histeria, es probable que olvide todos sus otros problemas .... Elegí el avión para mi trabajo porque era el medio más conveniente de los que tenía a mano. Lo mismo podría haberlo logrado atando al paciente a la vía férrea.

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Aquella an√©cdota no fue balad√≠. Cuando el avi√≥n aterriz√≥ y Henz sali√≥ de la aeronave, habl√≥ y dijo algo as√≠ como, ‚Äúno s√© si puedo hablar o no‚ÄĚ, en un tono perfectamente normal. Supuestamente hab√≠a recuperado el habla. Los informes m√©dicos de lo ocurrido elevaron a los aviones, por entonces una novedad, como m√°quinas m√©dicas milagrosas.

Nueva York-Roma en la década de 1920. AP

La gente se hab√≠a enamorado por motivos obvios de los aviones, pero a la maravilla de ver volar aquellas m√°quinas, comenzaron a sumarse leyendas y mitos sobre lo que pod√≠an hacer. Incluso la revista Flying lanz√≥ una investigaci√≥n seria sobre el ‚Äúvalor terap√©utico de volar‚ÄĚ.

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Pero centr√°ndonos en los ‚Äúpoderes‚ÄĚ del avi√≥n para curar el habla, tras Henz comenzaron a llegar infinidad de nuevos casos. Otros pacientes optaron por esta nueva ‚Äúcura‚ÄĚ desde los cielos, ese susto de muerte que te hac√≠a olvidar por completo la dolencia.

Pronto se sumaron nuevas habilidades curativas. Algunos m√©dicos franceses hablaban de que el viaje a√©reo podr√≠a funcionar como un tratamiento para el insomnio cr√≥nico. Su teor√≠a se basaba en que ‚Äúlos pasajeros casi siempre se dorm√≠an en vuelos largos‚ÄĚ.

A√Īo 1927. AP

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En muy poco tiempo se estandarizaron los denominados como ‚Äúvuelos sordos‚ÄĚ, una moda que dur√≥ hasta comienzos de la d√©cada de 1930 en Estados Unidos e Inglaterra. Numerosos personajes famosos aquejados de alguna dolencia afirmaban que aquello era totalmente cierto.

La locura por volar traspasó a los propios pacientes humanos. Comenzaron a reportarse casos de perros a los que se les enviaba a volar para recuperarse. Siempre con la misma técnica, una vez que el vuelo había tomado altura, comenzaba a caer con toda clase de giros acrobáticos que trataban de aterrorizar al paciente (humano o canino).

Biplano París-Nueva York, 1927. AP

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Para ser sinceros con la historia real, la realidad es que los resultados de estas ‚Äúcuras‚ÄĚ se mezclaban. Algunos pacientes afirmaron que hab√≠an recuperado parte o toda su audici√≥n o habla, al menos por un tiempo, mientras que otros no reportaron ning√ļn beneficio.

El ocaso de la moda lleg√≥ con una serie de tragedias. En abril de 1928, un pianista profesional de 45 a√Īos muri√≥ en California, cuando su avi√≥n entr√≥ en una inmersi√≥n que termin√≥ en accidente. Cuatro meses m√°s tarde, en Massachusetts, un ni√Īo sordo de seis a√Īos, su piloto y otro pasajero murieron cuando el piloto no pudo sacar el avi√≥n de un bucle y se estrell√≥ en el suelo.

Luego comenzaron a llegar estudios de psicólogos prominentes y varias organizaciones para sordos, todos desacreditando un tratamiento que no tenía ninguna base científica. A su vez, los periódicos y revistas que habían abrazado la moda, ahora también se volvían cada vez más escépticas. Se ponía fin a una etapa loquísima de la aviación, una en la que los aviones no sólo permitían trasladarnos, también hacían de receta médica. [Smithsonian,