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Ciencia

Deporte y evolución: Harvard revela por qué preferimos el sofá al gimnasio

Según el profesor Daniel Lieberman, la falta de motivación para hacer ejercicio no es un defecto, sino un rasgo profundamente arraigado en nuestra evolución. En su opinión, el ser humano no está diseñado para ejercitarse por voluntad propia, salvo que exista una necesidad práctica o social
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En una entrevista reciente con The Harvard Gazette, el reconocido biólogo evolutivo Daniel E. Lieberman, catedrático en la Universidad de Harvard, ofreció una perspectiva sorprendente: sentirse reacio a hacer ejercicio es completamente normal desde el punto de vista evolutivo. La explicación no reside en la pereza, sino en millones de años de adaptación al ahorro de energía.

El ejercicio como conducta moderna: por qué correr o ir al gimnasio no es natural

Ir Al Gimnasio No Es Natural Segun Harvard
© Sushil Ghimire – Unsplash

En su libro Ejercitados: por qué algo para lo que no evolucionamos es saludable y gratificante, Lieberman argumenta que los humanos no evolucionaron para correr por placer ni levantar pesas con objetivos estéticos o preventivos. De hecho, la actividad física con fines de salud es un fenómeno moderno, completamente ajeno a lo que hacían nuestros antepasados.

“Hasta hace poco, nadie salía a correr por deporte. Si eras un agricultor o un cazador-recolector, no tenía sentido gastar energía en algo que no fuese necesario para sobrevivir”, señala.

Desde el punto de vista evolutivo, nuestros cuerpos están diseñados para moverse cuando hace falta —para buscar alimento, huir del peligro o cuidar a otros— pero también para ahorrar energía en cuanto pueden. Por eso, explica el investigador, no debería sorprendernos que a muchas personas les cueste dar el paso de hacer deporte de manera regular.

El sesgo cultural: ¿somos vagos o simplemente humanos?

Descansar Es Parte De La Naturaleza Humana
© Abet Llacer – Pexels

Lieberman sostiene que en la sociedad contemporánea se ha instaurado una visión moralizante sobre la actividad física, donde quien no hace ejercicio es considerado “perezoso” o “indisciplinado”.

“No estamos siendo perezosos. Estamos siendo normales. Nuestro instinto de evitar esfuerzos innecesarios tiene raíces evolutivas y, durante siglos, fue adaptativo”, apunta.

Desde su disciplina, la biología evolutiva, Lieberman anima a las personas a no sentirse culpables por su falta de entusiasmo hacia el ejercicio. En lugar de ello, propone entender ese impulso como un rasgo natural y trabajar estrategias que lo contrarresten sin juicio.

Cómo motivarse sin luchar contra uno mismo: consejos evolutivos

Lieberman no solo expone el problema, también sugiere formas de afrontarlo. La clave, según él, es recrear las dos razones por las que nuestros antepasados hacían ejercicio: necesidad o disfrute social.

  • Haz que el ejercicio sea necesario: comprométete con una rutina, únete a un grupo o inscríbete en una actividad con horario fijo. Esa “obligación” recrea la sensación de propósito.
  • Hazlo social y divertido: practicar deporte con otras personas añade un componente emocional y de pertenencia que facilita la adherencia.
  • También sugiere ser compasivos con uno mismo, sobre todo en los momentos en que el clima o el cansancio nos desmotivan.

“La clave es aprender a superar la incomodidad inicial, especialmente en situaciones difíciles, como salir a correr en una mañana fría. El cuerpo está programado para resistirse al gasto de energía sin recompensa inmediata”, añade.

¿Cuánto ejercicio es suficiente? Mucho menos de lo que se cree

Por último, Lieberman desmiente la idea de que los humanos estamos hechos para correr maratones o levantar grandes pesos. Según los datos científicos disponibles, solo 150 minutos de actividad física moderada a la semana —es decir, 21 minutos al día— son suficientes para reducir en un 50 % el riesgo de muerte prematura.

“No evolucionamos para estar perpetuamente activos. Con una cantidad razonable de ejercicio regular, los beneficios son inmensos. No hay que obsesionarse, sino encontrar un punto de equilibrio realista”, concluye.

[Fuente: La Nación]

 

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