Cuando pensamos en dinosaurios con defensas corporales, lo primero que se nos viene a la cabeza son placas óseas, cuernos o colas en forma de maza. Pero un nuevo fósil hallado en China obliga a ampliar ese imaginario.
Un equipo internacional liderado por investigadores del CNRS francés identificó la piel fosilizada de un iguanodonte juvenil de hace 125 millones de años. En ese tejido blando, preservado de forma excepcional, aparecieron estructuras que no se habían visto antes en dinosaurios: espinas cutáneas huecas distribuidas por gran parte del cuerpo.
Una especie nueva dentro de un grupo “clásico”
Los iguanodontes se conocen desde hace más de dos siglos y forman parte del grupo de grandes herbívoros que dominaron muchos ecosistemas del Cretácico temprano. A pesar de la larga historia de estudio, el descubrimiento de Haolong dongi amplía el repertorio de adaptaciones corporales conocidas en este linaje. La especie fue bautizada en honor a Dong Zhiming, una figura clave de la paleontología china, y se basa en restos de un individuo juvenil con un nivel de conservación poco común.
Este resultado, publicado en Nature Ecology & Evolution, explica que gracias a escaneos de rayos X y análisis histológicos de alta resolución, los investigadores pudieron estudiar no solo huesos, sino también células de la piel fosilizada. Ese acceso a tejidos blandos, extremadamente raro en el registro fósil, permitió detectar la presencia de espinas huecas que recubrían amplias zonas del cuerpo del animal. No eran estructuras óseas, sino apéndices cutáneos, lo que las diferencia de las defensas “clásicas” que solemos asociar con dinosaurios blindados.
Espinas que no encajan en el manual de los dinosaurios

Las espinas de Haolong dongi recuerdan en su función disuasoria a las de los puercoespines actuales: no convierten al animal en invulnerable, pero sí en un objetivo menos atractivo para depredadores pequeños o medianos. En el ecosistema en el que vivía este dinosaurio juvenil, la presión de carnívoros relativamente pequeños habría sido constante, lo que da sentido a una estrategia defensiva de este tipo.
Sin embargo, los autores del estudio plantean que estas estructuras pudieron cumplir más de una función. Su morfología sugiere que también podrían haber intervenido en la termorregulación, ayudando a disipar o conservar calor, o incluso en la percepción sensorial del entorno, funcionando como una especie de “antenas” táctiles. Esa multifuncionalidad no es extraña en la evolución: muchas estructuras corporales empiezan con un rol principal y luego se cooptan para otros usos.
Lo que cambia este hallazgo en nuestra visión de los herbívoros
Durante bastante tiempo, la narrativa dominante fue que los grandes herbívoros confiaban sobre todo en el tamaño, el comportamiento en grupo o en defensas óseas pesadas para disuadir a los depredadores. Este fósil muestra que, al menos en algunos linajes, existieron soluciones más ligeras y flexibles, basadas en tejidos blandos. Eso amplía el abanico de estrategias evolutivas posibles y sugiere que la diversidad de “armaduras” en dinosaurios fue mayor de lo que pensábamos.
Más allá de sumar una especie nueva al catálogo, el hallazgo es valioso porque demuestra el potencial de los fósiles con tejidos blandos preservados. Cada caso de este tipo abre una ventana a aspectos de la biología de los dinosaurios que normalmente se pierden con el tiempo: piel, texturas, estructuras finas. En este caso, esa ventana nos deja ver que la defensa en los herbívoros mesozoicos fue más creativa, y probablemente más variada, de lo que muestran los esqueletos desnudos en los museos.