Todas las imágenes: Matías S. Zavia / Gizmodo en Español

Lo primero que hice con el DJI Spark fue meterlo en la casa de la vecina. No fue adrede, lo juro. Estaba tan ansioso por probar el dron que lo hice despegar desde el balcón sin tener la más remota idea de cómo controlarlo. La vecina pegó un grito, el Spark se dio un golpe contra el techo y al final conseguí aterrizar.

“Todavía no lo manejas muy bien, ¿no?”, me riñó la vecina mientras estiraba el brazo desde su balcón para alcanzarme el dron. (Menos mal que hay una mampara entre los balcones porque no creo que pueda volver a mirarla a la cara). Acto seguido bajé a un descampado para probar el Spark en condiciones.

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El pequeño dron (en serio, es más pequeño de lo que parece, especialmente cuando no tiene puestos los protectores de las hélices) había quedado magullado por el golpe, pero seguía siendo 100% funcional. No tardé en darme cuenta de que no era ningún juguete, a pesar del abanico de colores en los que está disponible y de que cuesta, como mínimo, la mitad que el resto de drones del fabricante chino DJI: 500 dólares (600 euros) sin el mando de control remoto o $700 (800€) si incluyes una batería extra y el (recomendadísimo) mando RC.

No es ningún juguete, para empezar, por la abrumadora cantidad de opciones que te encuentras cuando abres la app de control. El Spark puede hacer casi todo lo que hacían sus hermanos mayores, y eso es bastante genial pero también un poco agobiante si nunca antes habías jugado con un cuadricóptero de este tipo.

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Primero te conectas por wifi al propio dron o al control remoto (mejor al control remoto si no quieres perder la conexión en cuanto te elevas unos metros) y después empiezas a trastear. Todos los menús están en inglés (parece que DJI se está tomando con calma lo de traducir sus apps al español), y muchas de las opciones parecen sacadas de un videojuego. Puedes personalizar los botones de control, desactivar la detección de obstáculos, comprobar que el dron ha marcado correctamente sobre el mapa el punto desde el que despegó para volver a casa si algo sale mal.... o ajustar el balance de blancos de la cámara.

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Si procede, un mensaje te advierte de que estás en un espacio aéreo controlado y, como no hay ningún problema en la zona donde vives (ejem, ejem...) deslizas el dedo sobre el teléfono para despegar. El Spark es un pelín menos ruidoso que el DJI Mavic Pro, pero tiene un zumbido más agudo. Hay quien dice que el Mavic suena como un enjambre de abejas y el Spark como un enjambre de mosquitos. Se hace notar. Y eso no es del todo malo porque lo pierdes rápidamente de vista en cuanto inclinas la palanca para aumentar la altitud. La transmisión de vídeo en directo funciona bastante bien, por suerte, y el mando permite acoplar un teléfono grande (no una tablet, que sí puedes acoplar en modelos más caros).

En general, el DJI Spark es un Mavic Pro miniaturizado. Si el Mavic tiene una velocidad máxima de 65 km/h, el Spark tiene una velocidad máxima de 50 km/h. Si el Mavic puede transmitir vídeo a 7 km de distancia, el Spark puede transmitir vídeo a 2 km de distancia. Si el Mavic tiene una cámara 4K, el Spark tiene una cámara 1080p. Si el Mavic tiene una autonomía de 27 minutos, el Spark tiene una autonomía de 16 minutos. Si el Mavic tiene un gimbal de tres ejes, el Spark tiene un gimbal de dos ejes. Pero, en general, los dos pueden hacer las mismas acrobacias. De hecho, el Spark cuenta con todos los sensores y las tecnologías de vuelo inteligente que hacen que los drones de DJI destaquen en el mercado.

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Es precisamente la parte inteligente del bicho lo que DJI pretende vendernos como un factor decisivo de compra. No hace falta el mando; no hace falta ni siquiera un teléfono para controlar el Spark. Basta con sostener el dron en la palma de la mano y sonreír a la cámara para que detecte una cara y despegue solo. En este modo, el dron se mantiene en vuelo estacionario a pocos metros del suelo, con la cámara apuntando a tu cara y esperando órdenes. Es lo que la gente llama “el modo Jedi” (no en vano, el dron sigue los movimientos de la palma de tu mano como si la tuvieras cargada de midiclorianos). Hay más gestos: forma un marco con los dedos y hará una foto; saluda y se alejará para grabarte; pon la palma por debajo del dron y aterrizará sobre tu mano.

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A la hora de la verdad, el reconocimiento de gestos falla la mitad de las veces. Es una cuestión de software, y estoy seguro de que acabará mejorando con actualizaciones de firmware o en siguientes generaciones del Spark, pero no tengo paciencia para jugar con estos modos entretanto. Todo lo que se puede hacer con los gestos, se puede hacer desde el teléfono con una fiabilidad mucho mayor. Así que, en mi experiencia, el control por gestos queda regalado a la típica función vistosa que solo sirve para fardar con amigos. Claro que, por otro lado, DJI está sentando las bases de un futuro en el que nos comunicaremos con nuestros robots con poco más que gestos, y eso es bastante emocionante.

Aparte de los gestos, el Spark tiene otros cinco modos de vuelo. Primero el normal, con las palancas físicas del control remoto o las palancas virtuales de la pantalla del teléfono. Después el modo TapFly, para tomar fotos del lugar que indiques en el móvil. El modo ActiveTrack, para seguir automáticamente a un objeto (que puede ser una persona en movimiento). El modo Tripod, para capturas superestabilizadas. Y por último el modo QuickShot, que cuenta con varias maniobras para capturar vídeo de un objetivo: Rocket (se eleva con la cámara apuntando hacia abajo), Dronie (vuela hacia arriba y hacia atrás con la cámara fija en el objetivo), Circle (traza círculos alrededor del objetivo) y Helix (traza una espiral alrededor del objetivo mientras asciende volando). Todo esto funciona mejor o peor, dependiendo de lo mucho que se mueva tu objetivo.

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Hay un séptimo modo que solo funciona cuando el mando de control remoto está conectado: el modo Sport. Solo con esta función puedes alcanzar los 50 kilómetros por hora, lo que convierte al Spark en un divertido dron de carreras. Pero tienes que tener cuidado: el modo Sport desactiva la detección de obstáculos, así que es bastante probable que acabes con el dron en la copa de un árbol. Y bueno, tampoco vas a poder grabar vídeo estabilizado con este modo, de manera que queda como una opción de juego más que como algo práctico.

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El modo Sport tiene además un efecto extraño: hace que no se me quite la sonrisa de la boca mientras vuelo el Spark. Pero ese efecto dura solo unos diez minutos. La pequeña batería (el dron solo lleva una) no da para más. Hay que tener como mínimo una de recambio ya cargada para pasar más de un suspiro jugando. Es lo que más me molesta de un producto que, por lo demás, es increíblemente divertido. También hay que tener cuidado cuando se acaba la batería: en una ocasión apuré tanto la energía del dron que aterrizó al filo de un barranco. Tuvimos que rescatarlo con el recogedor de hojas de la piscina.

Como nota final, el Spark no es compatible con las DJI Goggles —lo cual es una auténtica lástima porque me encantaría poder controlarlo en primera persona. Aun así, las gafas habrían sido mi última prioridad a la hora de comprar el dron. Lo verdaderamente imprescindible es el control remoto, una batería extra, los protectores de las hélices y unas hélices de repuesto por si el Spark acaba perforando el techo de la casa de tu vecina. En otras palabras: si lo quieres, cómprate el DJI Spark; te lo vas a pasar en grande. Pero ve a por el pack completo porque acabarás sacándole partido a esos accesorios extra.

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Algunas capturas de muestra

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