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Ciencia

Dormir con 30 grados ya no es solo incómodo: la ciencia alerta sobre el riesgo del calor nocturno

Las noches de calor extremo ya no son solo una molestia para dormir. Un estudio internacional liderado por el CSIC analizó más de 14 millones de muertes en 178 ciudades y concluyó que el exceso de calor nocturno aumenta el riesgo de mortalidad de forma independiente al calor del día.
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Durante una ola de calor, solemos mirar la temperatura máxima: los 38, 40 o 43 grados que marcan los termómetros por la tarde. Pero el verdadero peligro no termina cuando cae el sol. De hecho, una parte cada vez más importante del riesgo para la salud aparece precisamente cuando debería llegar el alivio: por la noche.

España acaba de vivir un ejemplo muy claro. En junio de 2026, Almería encadenó varias noches sin bajar de los 30 ºC. En el aeropuerto se registró una mínima de 30,4 ºC y en la ciudad algunas estaciones llegaron a 32,5 ºC durante la madrugada. No era una tarde abrasadora: era la temperatura mínima nocturna.

La AEMET calificó la ola de calor de junio como histórica. Los días 22 y 23 fueron los más cálidos registrados en un mes de junio en el promedio peninsular, con una anomalía media de 7,1 ºC respecto a lo normal. Además, el sistema MoMo del Instituto de Salud Carlos III estimó que junio cerró con más de 1.000 muertes atribuibles al calor en España, un récord para ese mes desde que existe esta vigilancia.

Dormir con 30 grados ya no es solo incómodo: la ciencia alerta sobre el riesgo del calor nocturno
© Magnific

El cuerpo necesita que la noche enfríe

Un estudio publicado en Environment International ayuda a entender por qué estas noches son tan peligrosas. La investigación, liderada por Dominic Royé desde la Misión Biológica de Galicia del CSIC y realizada con la red internacional MCC, analizó más de 14 millones de defunciones en 178 ciudades de 44 países entre 1990 y 2018. Su objetivo era responder una pregunta clave: si el calor nocturno mata por sí mismo o si solo refleja el calor acumulado durante el día.

La respuesta fue contundente. Incluso controlando estadísticamente la temperatura máxima diaria y la humedad, las noches calurosas se asociaron con un aumento independiente del riesgo de muerte. En los episodios extremos, el riesgo relativo de mortalidad aumentó un 2,6%. Puede parecer poco, pero aplicado a grandes poblaciones durante varios días se traduce en un impacto sanitario relevante.

La explicación biológica tiene sentido. La noche es el momento en que el organismo debería recuperarse del estrés térmico acumulado durante el día. Cuando la temperatura no baja, el cuerpo tiene más dificultades para reducir su temperatura central, descansar, regular el sistema cardiovascular y mantener un sueño profundo. El propio CSIC advierte que el calor nocturno puede afectar la calidad del sueño y agravar enfermedades cardiovasculares, respiratorias y neurológicas.

Las ciudades hacen que la noche sea menos habitable

El problema es especialmente grave en entornos urbanos. El asfalto, el hormigón, las fachadas y la actividad humana acumulan calor durante el día y lo liberan lentamente por la noche. Por eso, mientras una estación meteorológica puede registrar una mínima determinada, un barrio denso, con poca vegetación y mala ventilación, puede sufrir varios grados más.

El estudio encontró que en España las mayores fracciones atribuibles al exceso de calor nocturno aparecen en ciudades del interior: Granada encabeza la lista con un 3,56%, seguida de Madrid con 3,45% y Córdoba con 3,44%. En Galicia, Ourense alcanza el 1,61%, mientras que Pontevedra y A Coruña se sitúan en el 0,87%.

Dormir con 30 grados ya no es solo incómodo: la ciencia alerta sobre el riesgo del calor nocturno
© Magnific

Esto cambia la forma de pensar las olas de calor. No basta con emitir alertas cuando las máximas diurnas son extremas. También hay que mirar cuántas horas de la noche permanecen por encima de umbrales peligrosos, porque ahí se juega la capacidad real del cuerpo para recuperarse.

Las soluciones tampoco son solo individuales. El aire acondicionado puede salvar vidas, pero no todo el mundo puede pagarlo y su uso masivo también expulsa calor a la calle. Por eso los investigadores recomiendan incluir el calor nocturno en los sistemas de alerta, habilitar refugios climáticos, mejorar la ventilación de viviendas, proteger residencias y hospitales, y aumentar la presencia de zonas verdes en las ciudades.

La idea central es simple y preocupante: una noche caliente no es solo una mala noche de sueño. Es una noche en la que el cuerpo no descansa, la ciudad no se enfría y las personas vulnerables quedan más expuestas. El calor nocturno ya tiene evidencia propia. Y en un clima cada vez más extremo, la noche está dejando de ser refugio.

 

 

Fuente: TheConversation.

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