En mitad del invierno antártico de 2024 ocurrió algo que no aparecía en ningún registro satelital de los 45 años anteriores. Una región del océano que normalmente permanece cubierta por hielo comenzó a abrirse hasta dejar expuestos 89.121 kilómetros cuadrados de agua, una superficie casi equivalente a Portugal.
A simple vista parecía un gigantesco agujero negro abierto en el hielo. Técnicamente era una polinia: una zona de agua abierta o con muy poco hielo rodeada por una cubierta marina congelada. Y hay un detalle importante: no se abrió un agujero en la capa de hielo continental de la Antártida. El fenómeno ocurrió sobre el hielo marino de la bahía de Breid, en la Antártida Oriental.
Dos años después, un estudio publicado en Geophysical Research Letters consiguió reconstruir qué ocurrió. Y la respuesta no apunta a una única causa, sino a una extraordinaria coincidencia entre lo que sucedía sobre el océano y debajo de él.
Antes del agujero llegaron seis “ríos” por el cielo

A comienzos de julio de 2024, aproximadamente el 97% de aquella región estaba cubierta por hielo marino. Para finales de mes, la concentración había caído por debajo del 25%.
Los investigadores encontraron detrás de ese deterioro una sucesión de seis ríos atmosféricos que alcanzaron la región entre julio y agosto. No son ríos en sentido literal: se trata de corredores estrechos de la atmósfera capaces de transportar enormes cantidades de vapor de agua y calor desde latitudes mucho más bajas.
En este caso fueron excepcionalmente intensos. El transporte de humedad hacia el polo superó en varios episodios el percentil 99 del registro entre 1979 y 2023, mientras que las anomalías de temperatura del aire llegaron a rondar los 19 °C por encima de los valores habituales.
Eso no significó que la Antártida estuviese de repente a 19 °C. Durante algunos de esos eventos las temperaturas seguían estando bajo cero, pero eran muchísimo más altas de lo normal para aquella época del año.
Las nubes, el aire cálido, la humedad y hasta las nevadas relativamente cálidas actuaron conjuntamente para impedir que el océano perdiera suficiente calor y que el hielo volviera a crecer con normalidad. Pero faltaba todavía la otra mitad de la historia.
El océano también estaba calentando el hielo desde abajo

Mientras la atmósfera debilitaba la superficie, los fuertes vientos alteraron la circulación oceánica. Un proceso conocido como succión de Ekman favoreció que agua relativamente cálida situada a mayor profundidad ascendiera hacia las capas superiores.
La temperatura superficial del océano llegó a mostrar una anomalía cercana a 0,6 °C y una ola de calor marina se mantuvo aproximadamente entre el 23 de julio y el 14 de agosto. Puede parecer una diferencia minúscula, pero alrededor del punto de congelación del agua marina es suficiente para dificultar enormemente que vuelva a formarse hielo.
El escenario quedó preparado. La polinia apareció inicialmente el 4 de agosto como tres zonas abiertas que sumaban 9.494 km². Dos días después ya superaba los 21.000 km². El 7 de agosto alcanzaba 76.643 km² y, apenas 24 horas más tarde, llegó a su máximo: 89.121 km².
Después comenzó a cerrarse casi tan rápido como había aparecido. El 10 de agosto quedaban 8.744 km² abiertos y hacia mediados de mes el hielo invernal había vuelto a cubrir la zona.
Lo extraño no fue solamente su tamaño
Las polinias no son desconocidas en la Antártida. Algunas incluso aparecen regularmente porque los vientos apartan el hielo de la costa. Lo excepcional es que Breid Bay nunca había mostrado una polinia oceánica invernal semejante desde que comenzaron las observaciones satelitales en 1979. Por eso el episodio importa más allá de aquella semana de agosto.
Los autores señalan que el hielo marino antártico atraviesa una etapa de fuerte reducción desde 2016 y que tanto el calentamiento del océano Austral como una posible intensificación futura de los ríos atmosféricos podrían facilitar condiciones parecidas en regiones históricamente estables. No significa que agujeros del tamaño de Portugal vayan a convertirse automáticamente en algo habitual: los propios investigadores advierten que harán falta modelos más detallados para saber con qué frecuencia pueden repetirse.
Pero el episodio de Breid Bay dejó algo bastante claro. Para abrir un agujero gigantesco en el invierno antártico no hizo falta un único fenómeno extraordinario. Bastó con que varios extremos ocurrieran en el mismo lugar y prácticamente al mismo tiempo.