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Ciencia

Durante años observamos al Popocatépetl desde fuera: ahora la ciencia logró mirar dentro

Tras cinco años de trabajo en condiciones extremas y el uso de inteligencia artificial, investigadores de la UNAM obtuvieron la primera imagen tridimensional completa del interior del volcán Popocatépetl. El avance permite identificar reservorios de magma, comprender mejor su dinámica interna y mejorar la prevención ante posibles erupciones que afectarían a millones de personas.
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Aún antes del amanecer, cuando el frío corta la respiración y la ceniza cruje bajo las botas, un grupo de científicos avanza por las laderas del Popocatépetl. No buscan conquistar la cima ni registrar una nueva erupción, sino responder una pregunta fundamental que durante décadas permaneció sin respuesta clara: qué ocurre realmente dentro de uno de los volcanes más activos y peligrosos de América. Tras años de expediciones, datos sísmicos e inteligencia artificial, la ciencia ha conseguido por primera vez asomarse al corazón del gigante.

Un volcán activo, observado desde fuera

El Popocatépetl no es un volcán desconocido. Desde 1994 mantiene una actividad casi constante, con emisiones diarias de gases, vapor y ceniza, y episodios eruptivos que obligan a mantener planes de evacuación permanentes. Alrededor de 25 millones de personas viven a menos de 100 kilómetros del cráter, incluidas zonas densamente pobladas del centro de México y cinco aeropuertos estratégicos.

Sin embargo, pese a esa vigilancia continua, el interior del volcán seguía siendo un territorio en gran parte inexplorado. Los modelos existentes, basados en estudios realizados hace más de una década, ofrecían imágenes fragmentarias y, en algunos casos, contradictorias. Se sabía que había magma en profundidad, pero no dónde se acumulaba exactamente ni cómo se desplazaba.

 

Cinco años de expediciones extremas

Para llenar ese vacío, un equipo del Instituto de Geofísica de la UNAM emprendió un trabajo que combinó ciencia de frontera y exploración física. Durante cinco años, los investigadores subieron repetidamente a las laderas del volcán cargando decenas de kilos de equipo, acampando a más de 3.800 metros de altura y atravesando zonas cubiertas de ceniza caliente, lahares antiguos y enormes bloques de roca.

El riesgo era constante. El volcán expulsa regularmente fragmentos de roca de varias toneladas y, en 2022, una persona murió tras ser alcanzada por una de estas “bombas volcánicas” cerca del cráter. Aun así, el equipo persistió, consciente de que cada sensor instalado aportaría información clave.

Más sismógrafos, más información

El proyecto amplió significativamente la red de vigilancia: de 12 a 22 sismógrafos distribuidos alrededor de todo el perímetro del volcán. Aunque solo tres bastan para emitir alertas tempranas, una red densa es esencial para interpretar qué sucede en profundidad.

Cada instrumento registra vibraciones del suelo cien veces por segundo, generando un volumen de datos enorme. Esas señales no solo indican temblores clásicos, sino también el movimiento de magma, gases y fluidos a distintas profundidades. El reto no era solo medir, sino entender.

Inteligencia artificial para “aprender” el volcán

Ahí entró en juego la inteligencia artificial. Karina Bernal, investigadora doctoral de la UNAM, adaptó algoritmos desarrollados para otros volcanes y los entrenó específicamente con datos del Popocatépetl. “Le enseñé a la máquina los distintos tipos de temblores que existen en El Popo”, explica.

El sistema aprendió a clasificar señales sísmicas y a relacionarlas con distintos materiales, temperaturas y profundidades. A partir de ese procesamiento masivo de datos, el equipo pudo inferir la estructura interna del volcán con una resolución inédita.

Un interior mucho más complejo de lo esperado

El resultado final es una imagen tridimensional que alcanza hasta 18 kilómetros bajo el cráter. Lejos del esquema simple de una gran cámara de magma, el modelo revela varios reservorios a distintas profundidades, separados por capas de roca y otros materiales.

Uno de los hallazgos más llamativos es que estas acumulaciones de magma no están distribuidas de forma homogénea: son más numerosas hacia el sureste del volcán. Este dato plantea nuevas preguntas sobre la evolución del sistema volcánico y sobre por qué ciertas zonas podrían ser más propensas a alimentar futuras erupciones.

Un gigante majestuoso y peligroso

El Popocatépetl se formó hace más de 20.000 años sobre los restos de volcanes anteriores y ha sepultado asentamientos humanos en el pasado, como el antiguo poblado de Tetimpa, cubierto por cenizas en una erupción histórica. Su actividad actual incluye la formación de domos de lava que, al colapsar, generan explosiones y flujos peligrosos.

Aunque emite gases de efecto invernadero, los científicos recuerdan que estas emisiones son insignificantes comparadas con las generadas por la actividad humana en la Ciudad de México. El verdadero riesgo del volcán no está en el clima global, sino en su impacto local y regional.

Ciencia para decidir mejor

Para Marco Calò, líder del proyecto, el valor del estudio va más allá del logro técnico. “Conocer el volcán desde dentro nos permite tomar decisiones más informadas”, señala. Saber dónde se acumula el magma y cómo se mueve puede ayudar a anticipar escenarios y a mejorar los protocolos de protección civil.

Mientras el modelo tridimensional cobra vida en las pantallas del laboratorio, los investigadores saben que no han “domado” al volcán. Pero ahora lo conocen mejor. Y en un territorio donde conviven millones de personas con un gigante activo, esa diferencia puede ser crucial.

Fuente: Meteored.

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