El pequeño pueblo de Randolph en Utah (467 habitantes) sufrió un terremoto de magnitud 3.8 en la madrugada del 24 de febrero de 1979, pero misteriosamente ninguno de sus habitantes notó nada que mereciera informar. Los geólogos que monitoreaban el terremoto desde las Estación Sismográfica de la Universidad de Utah (UUSS) estaban confundidos. El modesto rugido producido por el episodio estaba dentro del rango que merece titulares en las noticias en otros estados, como California.
Ahora, más de medio siglo después, los investigadores de la universidad junto con los geólogos de los laboratorios Sandia National entre otros, creen haber encontrado el por qué. El terremoto que no se podía explicar representa lo que ahora el equipo describe como una nueva categoría emergente de la actividad sísmica, los “terremotos de manto” que se han documentado por debajo de las placas tectónicas de la Tierra a una profundidad de entre 70 y 90 kilómetros por debajo de la superficie.
El geólogo de la Universidad de Arizona George Zandt, quien notó el misterioso terremoto de Randolph hace décadas cuando trabajaba en el postdoctorado en sismología, dejó su vida de retirado para sumarse al nuevo trabajo de investigación sobre estos terremotos profundos.
“Llevé a cabo algunos análisis más que me convencieron de que la profundidad era real, pero resultó difícil convencer a otros de que ocurriera un terremoto de manto altamente anómalo en una región donde no debía darse”, recordó Zandt sobre el fenómeno en declaraciones. Sin embargo, señaló que “la profundidad explicaba por qué no lo habían percibido las personas en la superficie”.
Blando como un caramelo masticable
Un terremoto que la gente “siente” como para informar del evento, es algo que podría cosiderarse ciencia subjetiva, según la Oficina de Geología de EE.UU. Incluye no sólo la magnitud del terremoto, que la ciencia define por medio de la oscilación de las ondas de energía que emite la fuente del terremoto, sino también con un valor conocido como “intensidad”.
Esa medición de intensidad combina las mediciones de cómo se sacude el suelo en la superficie, con informes de incidentes de quienes han sufrido el terremoto. Pero como regla general, señala el estudio, “la gente informa terremotos cuando los percibe, y eso es si superan la magnitud 3.0”.
El geofísico Keith Koper, que era el protegido de Zandt antiguamente, encabezó el proyecto de catalogar y comprender mejor estos terremotos profundos del manto y confirmó nueve casos que surgieron de algún lugar por debajo de la corteza terrestre, para un trabajo que en mayo pasado se publicó en Geophysical Research Letters. Koper, que hoy dirige la UUSS, también asistió en la investigación de un terremoto nuevo y similar que sacudió las profundidades de la Cuenca Uinta de Utah, según se publicó en abril de este año en un trabajo de The Seismic Record.
“Es un ejemplo de terremoto que se nuclea en condiciones muy inusuales, con alta temperatura y presión, y con el material a esa profundidad que se hace fluido, casi como caramelo blando a escalas de millones de años”, dijo Koper en declaraciones.
El terremoto del 10 de septiembre de 2025 tuvo su profundidad focal a los 68 km por debajo del suelo y a 20 km. por debajo del límite entre la corteza y el manto de la Tierra, lo que se conoce como discontinuidad de Mohorovičić.
Aunque los ciudadanos de Maeser en la superficie no pudieran saberlo, este “evento de manto continental” fue de magnitud 4.1. Pero a pesar de la profundidad y baja intensidad de la mayoría de estos terremotos de manto en la superficie Koper dijo que llega hasta ésta algo de evidencia de los temblores de ese “caramelo blando”.
“Puedes verlo en las rocas que llegan a la superficie, y ver que están estiradas”, dijo Koper.
Océanos fundidos
Koper describe estos terremotos como “un misterio en términos de la física fundamental”, pero tanto él como sus colegas han logrado identificar que hay algunas características comunes a todos. Lo primero es que el terremoto de manto parece suceder en estallidos únicos sin réplicas ni temblores previos. Los eventos sísmicos también parecen originarse cerca de una formación geológicamente muy antigua conocida como cratón de Wyoming, cerca del borde de Utah.
Los cratones se definen por su antigua estabilidad, ya que permanecen intactos durante miles de millones de años a pesar de que se extienden desde cerca de la superficie terrestre hasta los 250 km de profundidad, donde se deslizan algunas porciones por la roca fundida como si fuera la quilla de un barco. El equipo de Koper sospecha que los terremotos profundos del manto emergen cuando ese material fundido se mueve.
A pesar de la aparente falta de evidencia de peligro por parte de los terremotos de manto en la profundidad que no llegan a sacudir la superficie, Koper cree que será esencial estudiarlos para entenderlos bien, y así determinar en verdad su “riesgo sísmico”.
“No tenemos idea de lo grandes que pueden ser”, aclaró.