Durante años se popularizó la idea de que escuchar música clásica, especialmente Mozart, podía tener efectos extraordinarios sobre el cerebro. El famoso “efecto Mozart” terminó exagerándose hasta convertirse en la creencia de que ciertas composiciones podían incluso hacernos más inteligentes.
Pero cuando los científicos colocaron a un grupo de personas dentro de una resonancia magnética y compararon distintos géneros musicales, apareció un ganador inesperado en otro terreno: el reguetón produjo la mayor actividad de la red cerebral que conecta audición y movimiento.
Pusieron a 28 personas a escuchar cuatro tipos de música
El estudio fue realizado por investigadores españoles y finlandeses y publicado en la revista Neuroscience.
Participaron 28 personas sin formación musical profesional, que escucharon fragmentos instrumentales de cuatro estilos: reguetón, música clásica, electrónica y folclórica.
Las canciones no incluían voces ni letras, precisamente para evitar que el significado de las palabras modificara la respuesta cerebral.
Mientras escuchaban, una resonancia magnética funcional registró qué regiones mostraban cambios en su actividad. El análisis reveló que el reguetón generaba una respuesta mayor en áreas auditivas y, especialmente frente a la clásica, también en varias regiones asociadas al movimiento.

El cerebro parecía prepararse para bailar aunque el cuerpo estuviera quieto
La música no se procesa exclusivamente con las regiones dedicadas a escuchar sonidos.
El cerebro conecta constantemente los sistemas auditivo y motor para detectar un pulso, anticipar cuándo llegará el siguiente golpe y sincronizar posibles movimientos con él.
Por eso podemos comenzar a mover el pie antes incluso de decidir conscientemente que queremos bailar.
Investigaciones posteriores sobre el llamado groove —la sensación placentera que genera el deseo de moverse con una canción— han relacionado esta experiencia con regiones como el putamen y el área motora suplementaria.
El patrón rítmico característico del reguetón encaja particularmente bien en este mecanismo.
Su ritmo tiene una señal mucho más clara
Los investigadores también analizaron las características acústicas de las canciones.
Encontraron que el reguetón y la música electrónica tenían una claridad de pulso significativamente mayor que la música clásica y el folclore. Es decir, su beat resultaba más marcado y sencillo de detectar.
Esto puede ayudar a explicar por qué recluta con tanta intensidad las regiones motoras: un pulso estable facilita que el cerebro anticipe temporalmente lo que viene después.
Sin embargo, reducir el fenómeno a que “el cerebro ama la repetición” sería demasiado simple. Los estudios sobre groove muestran que los ritmos que más invitan al movimiento suelen combinar predictibilidad con cierto grado de complejidad o sorpresa, y no simplemente repetirse de forma mecánica.
Eso no significa que el reguetón sea “mejor para el cerebro”
Aquí aparece una distinción importante.
El estudio no demuestra que el reguetón active más partes de todo el cerebro, ni que produzca mayores capacidades cognitivas que Mozart o Bach.
Lo que encontró es algo mucho más específico: entre los cuatro estilos utilizados, produjo la mayor actividad dentro de la red auditivo-motora estudiada.
Otros géneros pueden exigir o estimular de manera diferente redes relacionadas con memoria, emoción, expectativas armónicas o experiencia musical.
Tampoco implica que escuchar reguetón sea un tratamiento para enfermedades neurológicas.
Sí existe evidencia de que las señales rítmicas auditivas pueden ayudar a algunas personas con Parkinson a mejorar aspectos de la marcha, y por eso las relaciones entre ritmo y sistema motor tienen interés clínico.
Pero de ahí a “recetar reguetón” hay un salto que la investigación todavía no permite hacer.
Lo que sí sabemos es bastante curioso: incluso inmóvil dentro de una resonancia, el cerebro puede empezar a comportarse como si estuviera preparándose para bailar.