Los geólogos los llaman fósiles índice: restos que permiten datar las rocas con una exactitud sorprendente. Cada especie de ammonite vivió durante un periodo corto y se expandió por vastas regiones marinas, dejando su huella como una marca cronológica. Cuando un investigador encuentra uno, puede saber con precisión en qué era se formó esa capa de roca.
“Los ammonites son como relojes biológicos incrustados en piedra”, explica el doctor Josep Anton Moreno Bedmar, jefe del Departamento de Paleontología del Instituto de Geología de la UNAM, especializado en ammonites del Cretácico inferior en México.
Su proceso de fosilización es tan delicado como poético: cuando el animal moría, su concha se hundía en el fondo del mar, se llenaba de sedimentos y, con el tiempo, quedaba atrapada en la roca. Al romperla, los científicos encuentran moldes internos que conservan la forma de aquellas criaturas que nadaron en mares desaparecidos hace millones de años.
Los submarinos del pasado

Los ammonites eran moluscos cefalópodos, parientes de los actuales pulpos y calamares. Su concha estaba dividida en compartimentos conectados por un tubo —el sifón— que regulaba el aire y el agua, igual que un sistema de flotación moderno. Esa estructura les permitía ascender o descender a voluntad, desplazándose mediante retropropulsión.
Algunos tenían conchas delgadas y aerodinámicas, otros globosas y pesadas; los primeros eran rápidos, los segundos, lentos pero resistentes. Su diseño era una lección de biomecánica marina mucho antes de que la ingeniería existiera.
De los mares fósiles al laboratorio digital

Hoy, los ammonites no solo cuentan la historia geológica del planeta: también impulsan la tecnología. En la UNAM, el equipo del doctor Moreno Bedmar digitaliza estos fósiles en modelos 3D de alta resolución, permitiendo que investigadores de todo el mundo los estudien sin tocar los originales.
“Ahora podemos imprimirlos y compararlos como si los tuviéramos frente a nosotros”, señala. Lo que comenzó como una concha en el fondo del mar, terminó convertido en una herramienta digital que conecta pasado, presente y futuro.
Los ammonites ya no navegan en los océanos, pero su viaje continúa —esta vez, a través del tiempo y la ciencia.