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Ciencia

El ADN desmontó una de las ideas más persistentes sobre la humanidad. Las razas no existen en nuestros genes, sino en la forma en que aprendimos a mirar

A partir de una reflexión publicada en The Conversation por Pablo Rodríguez Palenzuela, catedrático de Bioquímica de la Universidad Politécnica de Madrid, la genética humana ofrece una conclusión incómoda para las viejas categorías raciales: nuestra especie varía, pero no se divide en razas biológicas claras. La mayoría de las diferencias están dentro de cada población, no entre continentes.
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La escena que usa Pablo Rodríguez Palenzuela para abrir su artículo en The Conversation no empieza en un laboratorio, sino en el Kalahari. Allí aparece Nisa, una mujer !Kung cuya vida fue recogida por la antropóloga Marjorie Shostak en un clásico de la etnografía. Rodríguez Palenzuela, catedrático de Bioquímica de la Universidad Politécnica de Madrid, utiliza esa historia para plantear una paradoja: una persona perteneciente a uno de los linajes humanos más antiguos puede parecer lejanísima en términos de genealogía y, aun así, resultar profundamente reconocible en su experiencia humana.

Ese texto es también el responsable de que este periodista se pusiera a investigar. Porque detrás de una pregunta aparentemente sencilla (por qué la genética no avala el concepto de razas humanas) aparece una de las discusiones más importantes, y peor entendidas, sobre nuestra especie.

La diferencia visible no cuenta toda la historia

La idea de “raza” parece intuitiva porque se apoya en rasgos que vemos de inmediato: color de piel, textura del pelo, facciones, forma de los ojos. El problema es que la genética lleva décadas mostrando que esos rasgos no organizan a la humanidad en bloques biológicos cerrados.

La American Association of Biological Anthropologists lo resume de forma contundente en su declaración sobre raza y racismo: las razas reconocidas socialmente no representan con precisión la variación biológica humana, y los humanos no se dividen en tipos continentales o clústeres genéticos raciales claramente separados. La asociación también recuerda que compartimos la enorme mayoría de nuestro ADN y que las variantes genéticas no se distribuyen de una manera que encaje con las categorías raciales sociales.

Esto no significa que no existan diferencias entre poblaciones. Existen. Lo que no existe es una frontera natural que permita decir: aquí termina una “raza” y empieza otra. La variación humana se parece más a un gradiente que a un mapa político con líneas gruesas.

La mayor parte de la variación está dentro de los grupos

El ADN desmontó una de las ideas más persistentes sobre la humanidad. Las razas no existen en nuestros genes, sino en la forma en que aprendimos a mirar
© Pexels / Rawpìxel.

Uno de los datos más citados viene de un estudio publicado en Science por Noah Rosenberg y colaboradores. El equipo analizó 377 marcadores genéticos en 1.056 personas de 52 poblaciones y encontró que entre el 93% y el 95% de la variación genética estaba dentro de las poblaciones, mientras que las diferencias entre grandes grupos explicaban solo entre el 3% y el 5%.

La conclusión es poderosa: dos personas de una misma población pueden diferir mucho entre sí, mientras que dos personas ubicadas en continentes distintos pueden compartir más de lo que sugeriría su apariencia. La genética no borra la diversidad; la vuelve más compleja.

También explica por qué África ocupa un lugar central en esta historia. Como señala la declaración de la AABA, las poblaciones africanas y de la diáspora africana concentran más diversidad genética que otras poblaciones, y la diversidad tiende a disminuir cuanto más lejos están las poblaciones de África, reflejo de las migraciones humanas y de los cuellos de botella poblacionales que acompañaron la expansión fuera del continente.

Ahí encaja el ejemplo inicial de Nisa. Estudios sobre poblaciones khoisan han mostrado que mantienen algunos de los niveles más altos de diversidad genética nuclear entre las poblaciones humanas estudiadas, además de linajes muy antiguos en cromosoma Y y ADN mitocondrial.

Genealogía no es raza

La genética sí puede reconstruir historias. Puede decirnos que una persona tiene antepasados vinculados mayoritariamente a ciertas regiones, puede identificar migraciones, mezclas, cuellos de botella o parentescos antiguos. Lo que no puede hacer, al menos no de forma científicamente limpia, es convertir esas historias en razas biológicas fijas.

La diferencia es importante. La ascendencia habla de caminos: de dónde vinieron nuestros antepasados y cómo se mezclaron. La raza pretende convertir esos caminos en una esencia: qué somos. Y ahí empieza el problema.

Un trabajo sobre el lenguaje usado en genética humana, firmado por investigadores como Ewan Birney, Jennifer Raff, Adam Rutherford y Aylwyn Scally, advierte que términos como “raza”, “etnicidad” y “ascendencia” suelen usarse de forma ambigua y pueden arrastrar categorías históricas científicamente confusas o directamente problemáticas.

Por eso decir “la genética puede detectar ascendencia” no equivale a decir “la genética confirma razas”. Es justo lo contrario: cuanto más detalle ofrece el ADN, menos cómodas resultan las cajas raciales tradicionales.

El racismo sí existe, aunque la raza biológica no

La última parte es esencial para no caer en una simplificación peligrosa. Que las razas humanas no existan como categorías biológicas no significa que el racismo sea imaginario. La AABA lo formula con claridad: la raza no es una representación científica precisa de la diversidad humana, pero sí es una realidad social que estructura sociedades, experiencias y oportunidades; por eso el racismo puede tener consecuencias biológicas reales sobre la salud y el bienestar.

La American Society of Human Genetics también se pronunció en 2018 contra los intentos de vincular genética y supremacismo racial, alertando sobre el uso distorsionado del conocimiento genético para fines políticos o sociales.

Esa es quizá la clave más incómoda: el error no está en reconocer que el racismo produce efectos reales, sino en buscar su fundamento en los genes. La desigualdad racial no necesita una base biológica para existir. Le alcanza con siglos de historia, instituciones, violencia, jerarquías y oportunidades distribuidas de manera desigual.

La genética, cuando se la mira con cuidado, no confirma la vieja intuición racial. La desarma. Nos muestra una especie joven, emparentada, migrante y mezclada, con diferencias reales pero mal representadas por etiquetas heredadas de la historia colonial.

Por eso el texto de Rodríguez Palenzuela funciona tan bien como disparador. Empieza con una vida concreta, aparentemente lejana, y nos obliga a volver al punto central: lo que compartimos pesa más que las categorías que inventamos para separarnos. La raza dice muy poco de nuestra biología. Dice, en cambio, muchísimo sobre la manera en que aprendimos a mirar a los demás.

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