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Ciencia

El océano profundo parecía aislado, oscuro y casi inmóvil, pero su ADN acaba de contar otra historia. Un estudio global revela una “autopista” evolutiva que conecta especies separadas por miles de kilómetros

Un estudio publicado en Nature, con participación del CONICET, analizó ADN de ofiuroideos conservados en museos de todo el mundo y reveló conexiones evolutivas inesperadas entre regiones profundas separadas por miles de kilómetros. El trabajo muestra que el océano profundo está más conectado de lo que se pensaba, pero también que cada bioma conserva una historia genética única que exige protección específica.
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Debajo de la superficie, más allá de la luz, el calor y las zonas que solemos imaginar cuando hablamos del mar, existe un universo biológico inmenso. Durante mucho tiempo, el océano profundo fue visto como un espacio remoto, fragmentado y casi imposible de leer. Pero el ADN acaba de contar una historia distinta.

Un estudio publicado en Nature analizó secuencias genómicas de ofiuroideos, un grupo de equinodermos emparentado con las estrellas de mar, para reconstruir cómo se distribuyeron y conectaron estos animales a lo largo del tiempo en los fondos marinos del planeta. Según el propio artículo, las faunas de la plataforma continental son más divergentes entre regiones, mientras que los ensamblajes del océano profundo aparecen mucho más conectados de lo que se pensaba.

La imagen que deja el trabajo es poderosa: el fondo del mar no es una colección de islas biológicas aisladas, sino una red de conexiones antiguas, rutas de dispersión y linajes que han viajado durante millones de años por un planeta que, bajo el agua, funciona de otra manera.

Conectividad abisal: lo que une a especies separadas por océanos

El océano profundo revela su historia secreta: hallan conexiones genéticas que reescriben la evolución marina
© Martín Brogger / CONICET.

El estudio analizó el ADN de miles de ejemplares de ofiuroideos procedentes de todos los océanos, desde márgenes costeros hasta llanuras abisales. De acuerdo con The Guardian, el equipo trabajó con 2.699 especímenes conservados en 48 museos de historia natural, una escala poco habitual para un grupo de animales tan difíciles de estudiar en su ambiente natural.

Los resultados son llamativos. Según Nature, existe una relación estrecha entre faunas del océano profundo del Atlántico Norte y del sur de Australia, dos regiones situadas en lados opuestos del planeta. Es decir: animales que viven separados por distancias enormes conservan vínculos evolutivos que solo se entienden si el océano profundo se piensa como un sistema conectado durante escalas de tiempo muy largas.

La explicación tiene que ver con la estabilidad relativa de estos ambientes y con la biología de los propios ofiuroideos. Según CSIRO, muchas de estas especies producen larvas ricas en vitelo capaces de derivar durante largos períodos en corrientes profundas, lo que les permite colonizar regiones muy lejanas.

Ese dato cambia el modo de imaginar el fondo marino. En las zonas costeras y de plataforma, las barreras térmicas y geográficas pueden separar más claramente los linajes. En cambio, en ambientes profundos, las corrientes, las temperaturas más estables y el tiempo geológico pueden mantener conexiones que en la superficie parecerían imposibles.

Pero conectividad no significa uniformidad. Ahí está una de las claves del estudio. Según CONICET, aunque las zonas abisales muestran linajes compartidos entre regiones separadas por miles de kilómetros, las zonas intermedias y costeras mantienen ensamblajes más regionalizados, con identidades biológicas diferenciadas por millones de años de evolución, especiación y extinción.

Argentina como clave del rompecabezas biológico global

El océano profundo revela su historia secreta: hallan conexiones genéticas que reescriben la evolución marina
© Unsplash / Pedro Lastra.

La participación argentina fue una de las piezas necesarias para completar ese mapa. Martín Brogger, investigador del Instituto de Biología de Organismos Marinos —IBIOMAR, CONICET— con base en el CENPAT de Puerto Madryn, aportó datos del Atlántico Sur profundo, una de las regiones más extensas y menos exploradas del planeta.

Según informó CONICET, las muestras utilizadas provienen de campañas oceanográficas realizadas en la plataforma y el talud del Mar Argentino y de la Antártida, y forman parte de colecciones biológicas del IBIOMAR y del Museo Argentino de Ciencias Naturales. Ese punto es más importante de lo que parece: sin colecciones científicas preservadas durante años, muchas regiones quedarían fuera de los grandes análisis globales.

El dato más fuerte aparece en la lectura evolutiva. Brogger explicó que más del 60% de las especies de ofiuroideos se extinguieron, dejando un mosaico de linajes aislados y adaptados a condiciones muy específicas. En sus palabras, cada ambiente marino profundo alberga ensambles únicos que no se repiten en ningún otro lugar del planeta.

Por eso, el hallazgo no debe leerse como una invitación a pensar que todo el océano profundo está conectado de forma homogénea. Es casi lo contrario. Hay rutas globales, sí, pero también historias locales irrepetibles. Hay parentescos lejanos, pero también biomas con identidades propias. Hay movimiento, pero no reemplazo.

The Guardian recoge una idea similar al citar a especialistas que destacan el valor de las colecciones de historia natural: los museos no guardan solo ejemplares, sino información genética capaz de iluminar vínculos evolutivos entre regiones que rara vez pueden muestrearse de manera directa.

Conservarlo exige algo más que proteger “el océano” en abstracto. Exige entender que cada región profunda guarda una memoria propia. Y que cuando se pierde un bioma de las profundidades, no se pierde solo un hábitat: se arranca una página entera de una historia evolutiva que recién estamos aprendiendo a leer.

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