No es común que un CEO de Silicon Valley ponga en palabras lo que muchos temen. Pero Sundar Pichai, director ejecutivo de Google, lo dijo sin rodeos: la inteligencia artificial podría acabar con la civilización. Lo hizo en una charla con el investigador Lex Fridman, donde habló del concepto “p doom” y de la fina línea entre el progreso y el colapso.
“P doom”: cuando el riesgo ya no es ciencia ficción

Durante la conversación, Fridman planteó un término cada vez más popular en los círculos tecnológicos: “p doom”, una forma informal de referirse a la probabilidad de que la IA cause el fin de la civilización. Estimó ese riesgo en un 10 %. Pichai no confirmó una cifra, pero reconoció que el peligro existe, y que no debe ser ignorado.
Aun así, introdujo una idea poco común: si el riesgo se vuelve evidente y masivo, la humanidad actuará. “Hay un mecanismo natural de autorregulación”, explicó. Para él, si la amenaza es clara, la respuesta colectiva no tardará. Un argumento más sociológico que técnico, pero no menos interesante en tiempos donde las decisiones se aceleran más que las leyes.
Un entusiasmo vigilante y una apuesta por la colaboración

Pese al diagnóstico sombrío, Pichai no reniega del potencial de la IA. Al contrario: cree que podría ser la clave para resolver algunos de los mayores retos del siglo XXI, desde el cambio climático hasta la medicina de precisión. Pero subraya que el entusiasmo no puede ser ciego. “Es una tecnología que exige pensar activamente en sus riesgos”, afirmó.
Por eso, desde Google impulsan el desarrollo de modelos éticos y seguros, aunque también reconocen que los desafíos trascienden cualquier empresa. Pichai insistió en que se necesita una colaboración global para establecer reglas claras, valores comunes y respuestas coordinadas ante riesgos futuros.
En resumen, la IA no es un monstruo incontrolable… todavía. Pero tampoco es un juego. Y si algo dejó claro el CEO de Google, es que su poder no puede medirse solo en teraflops o líneas de código: también se mide en responsabilidad. Y en lo que estamos dispuestos a hacer —o no hacer— antes de que sea demasiado tarde.