En la mayoría de culturas el incesto se considera un tema tabú (además de repulsivo), especialmente entre padres, hermanos o hermanas. Por eso resulta más sencillo hablar desde la otra acera, ¿qué hace que la gran mayoría de personas no tengan atracción sexual por sus parientes más cercanos?

A finales del siglo XIX, un erudito finlandés bajo el nombre de Edvard Westermarck propuso la primera teoría que trataba de explicar por qué el ser humano normalmente no siente atracción por aquellos con los que ha convivido en la infancia. La idea del efecto Westermarck es que los niños pequeños pierden toda sensibilidad sexual/romántica sobre cualquier persona con la que vivan en estrecho contacto a lo largo de los primeros años de sus vidas.

De esta forma, cuando llegan a la edad adulta no llegan ni a considerar una relación con alguien con quien compartieron un hogar en su primera infancia. Dicho esto, hay que tener en cuenta que la conexión de la que habla el efecto no tiene por qué ser biológica. De hecho, y de acuerdo con la teoría, se aplica igualmente a los niños adoptados a una edad temprana que a los criados por sus padres biológicos.

En cualquier caso, dado que es probable que los hijos sean criados por al menos uno de sus padres biológicos, se cree que el efecto se debe a la evolución porque reduce las posibilidades de endogamia.

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Sin embargo, cuando un niño es separado de una familia biológica a una edad temprana, no hay ninguna posibilidad de que el efecto Westermarck se arraigue. Westermarck contaba que los encuentros entre parientes biológicos que se separaron mucho antes a veces conducen a un territorio emocional imprevisto.

¿Qué tiene esto de cierto? Todo y nada. El efecto no deja de ser una hipótesis, aunque con evidencias para apoyarla. Un ejemplo de ello se produce con los algunos ciudadanos israelíes viven en propiedades comunales llamadas kibbutzes. Estos comparten propiedad, y según los diversos estudios antropológicos o psicológicos, los adultos jóvenes en el mismo grupo de edad rara vez se sienten atraídos entre sí.

Otra fuente de evidencia para el efecto proviene de lo que sucede cuando está claramente ausente. Individuos genéticamente relacionados que no están criados juntos, a menudo no están sexual y románticamente ciegos el uno al otro. Es decir, cuando un par de personas biológicamente relacionados se encuentran por primera vez en la edad adulta, es muy posible que se puedan encontrar atractivos.

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Los genes aseguran que los dos tienen mucho en común, y la ausencia del efecto Westermarck a veces se les puede hacer difícil oponer resistencia. Esta vendría a ser una teoría inversa conocida como atracción sexual genérica (GSA).

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El término fue acuñado por Barbara Gonyo. Embarazada a los 15 años a mediados de la década de 1950, Gonyo se vio obligada a dar a su hijo Mitch en adopción cuando nació. Ocurrió que los dos se encontraron nuevamente en los 80, y Gonyo, que entonces tenía 42 años, se horrorizó al darse cuenta de que se sentía muy atraída por su hijo de 26 años.

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Incluso teniendo en cuenta el parecido de Mitch con su padre, el primer amor de Gonyo, la reacción le pareció extrema y repugnante. Con todo, la mujer aceptó sus sentimientos, atribuyéndolos a la falta de vinculación en la primera infancia de su hijo (por fortuna su hijo no correspondió, y no llegaron a tener una relación).

Sin embargo, hay casos de atracción entre madres e hijos biológicos que se conocieron ya adultos y se atrayeron mutuamente, o incluso de hermanos biológicos de un mismo padre o madre que se conocieron de mayores y comenzaron una relación.

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Lo cierto es que existen pocas investigaciones científicas sobre GSA. Una de ellas fue conducida por M. Greenberg y R. Littlewood, de la University College London. Los investigadores analizaron más de 40 casos de GSA y concluyeron que hasta el 50% de las reuniones entre adultos que habían sido separados por adopción temprana involucran GSA por parte de al menos uno de los individuos. En otras palabras, lo que parece tabú la mayoría de culturas parece ser una respuesta bastante común a las circunstancias excepcionales de los miembros biológicos de la familia que vuelven a estar juntos mucho después de la separación.

Greenberg señalaba que las conexiones establecidas entre los miembros de la familia reunidas tienden a ser profundas y respetuosas, y en absoluto como los casos de incesto que involucran a personas que no lo aceptan.

Por cierto, también encontró evidencia del efecto Westermarck operando en otras partes de la vida de sus participantes: cuando el investigador le preguntó a las personas afectadas por GSA si alguna vez considerarían formar relaciones románticas/sexuales con miembros de sus familias adoptivas, tendían a estremecerse de repulsión. [Wikipedia, Telegraph, The Guardian]