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El fenómeno silencioso que está cambiando nuestra relación con las redes

Del miedo a quedar afuera al alivio de soltar: cada vez más personas comienzan a cambiar su relación con las pantallas. El llamado ayuno digital propone pausar la hiperconexión para recuperar el control mental, mejorar el descanso y reducir la ansiedad que produce la vida en modo notificación permanente.

Es de noche, el cuerpo está cansado, pero la mano sigue desplazándose por la pantalla. Un mensaje lleva a otro, una historia a la siguiente, una noticia a otra más inquietante. Ya no hay placer, solo urgencia. Ese impulso persistente tiene nombre, consecuencias y, ahora también, una posible salida. Frente al dominio del FOMO, comienza a abrirse paso una idea opuesta: el ROMO.

El círculo invisible del miedo a quedar afuera

La necesidad constante de revisar redes sociales, noticias, mensajes y opiniones responde a un fenómeno conocido como FOMO, sigla de fear of missing out, el miedo a perderse algo. No se trata solo de curiosidad: es la angustia de sentir que, si uno se desconecta, el mundo seguirá avanzando sin esperar.

Este temor se ha amplificado con la cultura digital. Hoy no solo se teme perderse un evento social, sino también una oportunidad laboral, una noticia de último momento, una tendencia económica o incluso una discusión virtual. La mente permanece en un estado de alerta permanente, una hipervigilancia que no se apaga ni siquiera al intentar dormir.

En la práctica clínica, esta dinámica se asocia cada vez más a trastornos del sueño, ansiedad, irritabilidad y malestar sostenido. La paradoja es clara: cuanto más se busca información para calmar la inquietud, más se alimenta ese mismo estado de inquietud.

La mirada de los otros y la presión de pertenecer

Las redes también intensificaron un miedo ancestral: quedar excluidos del grupo. Hoy esa “tribu” adopta la forma de seguidores, tendencias, influencers y comunidades virtuales que cambian de señales de pertenencia de manera constante.

El problema ya no es solo observar la vida de los demás, sino compararla de forma permanente con la propia. Los otros parecen siempre más activos, más exitosos, más felices. Eso genera una sensación persistente de estar llegando tarde a todo.

Numerosos estudios muestran que esta exposición prolongada se asocia a mayor ansiedad, síntomas depresivos y peor calidad de sueño, especialmente en adolescentes y adultos jóvenes. En los adultos, el FOMO adopta otras formas: miedo a perder oportunidades económicas, movimientos políticos, decisiones clave.

En países como Argentina, donde el uso de pantallas es particularmente alto, esta hiperconectividad se vive como un cansancio crónico. Dormirse con el celular en la mano y despertarse mirándolo se ha vuelto un hábito normalizado.

Del FOMO al ROMO: cuando perderse algo empieza a sentirse bien

Frente a esta saturación, empezó a aparecer un concepto opuesto: ROMO, sigla de relief of missing out, el alivio de perderse cosas. Es un giro profundo: pasar del miedo a quedarse afuera al descanso de no tener que estar en todo.

ROMO no significa apatía ni aislamiento, sino elegir conscientemente no participar de cada polémica, no responder a toda notificación, no exponerse a cada estímulo. Lo que antes generaba culpa, hoy comienza a vivirse como alivio.

Este cambio se relaciona con los llamados ayunos digitales o ayunos de dopamina: periodos voluntarios de reducción o suspensión del uso de redes y notificaciones. Al principio aparece una sensación de abstinencia, muy similar a otras conductas adictivas. Pero luego surge algo inesperado: una recuperación gradual del foco, del descanso y de la calma.

Los estudios muestran mejoras medibles en el estado de ánimo, la ansiedad, la calidad del sueño e incluso la autoestima tras estos períodos de desconexión.

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©olia danilevich

Un fenómeno que ya se nota en las nuevas generaciones

En los últimos años, periodistas y analistas culturales comenzaron a detectar un fenómeno curioso: mientras generaciones adultas aumentan su actividad en redes, muchos jóvenes están empezando a retirarse.

Particularmente la generación Z, criada dentro del ecosistema digital, comienza a optar por no publicar, reducir su presencia o directamente abandonar plataformas. No porque no tengan vida social, sino porque buscan experiencias más directas, menos mediadas por pantallas.

Diversos informes indican que el uso de redes sociales viene disminuyendo de manera paulatina desde 2022. También crece la sensación de “aburrimiento digital”: lo que antes resultaba estimulante hoy se percibe como repetitivo, cargado de publicidad, bots y contenidos cada vez menos humanos.

Este cambio no es solo tecnológico, sino identitario. Se replantean nociones profundas de bienestar, pertenencia y felicidad.

Cuando lo digital deja poco lugar para lo humano

Un metaanálisis reciente sobre redes y felicidad coincide con otros trabajos en una conclusión inquietante: cuando el uso digital reemplaza la comunicación real, su impacto tiende a ser negativo.

Las redes prometían ampliar vínculos y facilitar la conexión humana. Sin embargo, con el tiempo, ese espacio se fue poblando de automatismos, contenidos comerciales, algoritmos y cuentas artificiales. En ese contexto, muchas personas eligen salir no por rechazo a la tecnología, sino para proteger su salud mental.
La desconexión deja de verse como un retroceso y empieza a vivirse como un acto de autocuidado.

La adicción como forma moderna de esclavitud

La palabra “adicción” proviene de una antigua forma de esclavitud. Y esa etimología hoy vuelve a cobrar sentido. No se trata de abandonar toda tecnología, sino de recuperar la capacidad de decidir.

Del mismo modo que se aprende a comer mejor, a dormir mejor o a moverse mejor, también es posible aprender a usar mejor el entorno digital: definir tiempos, límites, propósitos y pausas.

Cuando la dieta digital se vuelve exclusiva, constante y saturada, aparece el FOMO. Cuando se incorporan pausas, silencios y ausencias, emerge el ROMO como factor protector.

Estrategias simples para un uso más sano

No se trata de mudarse a una cabaña sin wifi, sino de reinstalar el derecho a no estar disponibles todo el tiempo. Algunas prácticas útiles incluyen desactivar notificaciones innecesarias, establecer horarios sin pantallas, evitar el uso nocturno del celular y recuperar espacios de interacción sin respuestas inmediatas.

En personas con ansiedad, depresión o trastornos del sueño, el ayuno digital puede formar parte de un abordaje terapéutico más amplio. No es un mandato moral, sino una herramienta clínica.

Redescubrir el silencio, el aburrimiento, la espera y la conversación sin pantallas no es retroceder. Es recuperar dimensiones humanas que nunca debieron perderse.

En términos psicológicos, el FOMO actúa como un factor de riesgo; el ROMO, como un factor de protección. En términos existenciales, FOMO es vivir persiguiendo la vida de los otros. ROMO es empezar, por fin, a habitar la propia.

 

[Fuente: Infobae]

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