Hace exactamente 25 años, el 2 de noviembre del año 2000, tres astronautas abrieron por primera vez la escotilla de la Estación Espacial Internacional (EEI). Aquella estructura metálica, fría y apenas habitable, marcaba el inicio de la cooperación científica más ambiciosa de la historia. Desde entonces, el laboratorio orbital se ha transformado en un hogar en movimiento, un campo de pruebas para la vida fuera de la Tierra… y, sorprendentemente, en un gimnasio cósmico donde el deporte no es un lujo, sino una necesidad vital.
Un hogar del tamaño de un campo de fútbol

Lo que empezó como una estación con tres habitaciones improvisadas, hoy mide más de 109 metros de largo y pesa 453 toneladas. Atraviesa el cielo a 28.000 kilómetros por hora, completando 16 órbitas diarias alrededor del planeta. En su interior han vivido 290 personas de 26 países, compartiendo turnos, experimentos… y una rutina de entrenamiento tan estricta como la de cualquier deportista profesional.
Los astronautas suelen describirla como un “hotel de cuatro estrellas”, con una cúpula acristalada desde la que observan amaneceres cada 90 minutos y —sí— un teléfono con conexión a internet para llamar a casa. Pero en medio de esa vida suspendida, hay una regla inquebrantable: sin ejercicio, no hay supervivencia.
Por qué hacer deporte en el espacio es obligatorio
En microgravedad, el cuerpo humano empieza a desintegrarse lentamente. Los músculos se atrofian y los huesos pierden densidad: hasta un 1% de masa ósea por cada mes en órbita. Sin gravedad que empuje hacia abajo, el corazón bombea con menos fuerza y la sangre se acumula en el torso, provocando mareos, inflamación y un rostro perpetuamente enrojecido.
Por eso, cada astronauta dedica al menos dos horas diarias al ejercicio físico. No hacerlo sería una condena al deterioro corporal y a un regreso peligroso a la Tierra. En ese gimnasio orbital se entrenan con aparatos que parecen sacados de una película de ciencia ficción:
- el ARED (Dispositivo Avanzado de Ejercicio de Resistencia), que simula el levantamiento de pesas sin pesas;
- la cinta de correr T2, a la que se atan con correas para no salir flotando;
- y la bicicleta estática CEVIS, con un sistema que absorbe vibraciones para no alterar los instrumentos científicos.
En la EEI, correr sin moverse es un acto de supervivencia.
El balón que sobrevivió al espacio (y al Challenger)

En uno de los módulos, un pequeño balón de fútbol flota sujeto con una cuerda. Es el mismo que sobrevivió al accidente del transbordador Challenger en 1986, en el que murieron siete astronautas. Décadas después, el hijo de una de las víctimas lo llevó de nuevo al espacio. Hoy sigue allí, girando sobre sí mismo, como símbolo de resistencia y memoria.
A lo largo de los años, la estación también ha sido escenario de momentos más lúdicos: pequeños partidos de fútbol, desafíos de tenis organizados con la ayuda de Juan Martín del Potro, e incluso lanzamientos de “chilenas espaciales” en gravedad cero. Esas imágenes —astronautas girando sobre sí mismos en cámara lenta mientras un balón flota entre ellos— se han convertido en uno de los retratos más humanos de la vida en el espacio.
Lo que se gana (y lo que se pierde) en el espacio
El deporte, más allá de mantener el cuerpo, también sostiene la mente. En un entorno donde el silencio absoluto y la distancia de casa pueden resultar abrumadores, correr o pedalear se convierte en un ancla emocional. “El ejercicio es la única forma de sentir que todavía pertenecemos a algo que pesa”, dijo un astronauta ruso al regresar.
Sin embargo, no todo ha sido épico. La estación ha enfrentado fugas de aire, grietas persistentes, un acoplamiento que la hizo girar fuera de control y el constante peligro de la basura espacial. Tampoco hay ducha, ni lavandería: los astronautas se asean con toallitas húmedas y la ropa sucia se desecha. Entre tanto experimento, algunos han cultivado chiles y flores zinnias, e incluso probado una máquina de espresso —sí, también en órbita hace falta café—.
25 años y un futuro incierto
La EEI costó más de 100 mil millones de dólares, y su retiro está previsto para 2031. Mientras algunos críticos, como el astrónomo británico Sir Martin Rees, cuestionan sus resultados científicos, otros defienden su valor simbólico y humano.
“Quizás desde aquí no curamos el cáncer todavía, pero sí aprendemos cómo vivir fuera de la Tierra”, responde Carlos Fontanot, administrador de imágenes de la NASA. Y tiene razón: la estación ha sido un laboratorio viviente que nos ha enseñado a cuidar del cuerpo, a respetar sus límites y a redescubrir la importancia del movimiento.