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El gas ruso vuelve a colarse por las grietas de Europa. Mientras la Unión intentaba sellar cada válvula, dos países giraron en sentido contrario y abrieron un nuevo paso hacia Moscú

La UE proclama su propósito de independencia energética, pero en el corazón del continente dos gobiernos han decidido desafiar el veto y mantener abierta la conexión con el Kremlin. Una maniobra que expone la fragilidad del muro europeo contra el gas ruso.

Europa lleva tres años intentando romper su dependencia energética del Kremlin. Sin embargo, en pleno proceso de independencia, dos países del corazón del continente han tomado una dirección opuesta. Mientras tanto, Bruselas celebra avances históricos hacia la autonomía del gas ruso, un informa realizado por Xataka explica que un nuevo gaseoducto amenaza con resucitar viejos lazos que parecían enterrados tras la invasión de Ucrania.

Un continente que quiso cerrar la grifería

El gas ruso vuelve a colarse por las grietas de Europa
© Unsplash – Chris LeBoutillier

Desde 2022, la Unión Europea ha impulsado un esfuerzo sin precedentes por cortar los lazos con la energía rusa. Se diversificaron las rutas de suministro, se invirtió en plantas de gas natural licuado (GNL) y se reforzaron acuerdos con Noruega, Qatar y Estados Unidos.

El resultado ha sido un mapa energético redibujado: Europa ya no depende del gas siberiano como en décadas anteriores, y las reservas estratégicas alcanzaron niveles récord antes del invierno de 2025.

Pero ese éxito tiene grietas. En el centro del continente, dos países han decidido mantener abierto el vínculo con Moscú, aprovechando excepciones temporales y un nuevo proyecto que reabre el debate sobre la coherencia energética europea.

Dos países que siguen conectados con el Kremlin

Hungría y Eslovaquia —los dos países que desafiaron el veto— mantienen contratos directos con Gazprom y reciben crudo y gas a través de las infraestructuras heredadas de la Guerra Fría. Según datos del Centre for Research on Energy and Clean Air, ambos sumaron más de 690 millones de euros en importaciones energéticas rusas solo en agosto de 2025.

La excepción se apoya en una cláusula aprobada por Bruselas para los Estados sin salida al mar, que les permite seguir utilizando el oleoducto Druzhba, una línea que atraviesa Bielorrusia y Ucrania.

El gas ruso vuelve a colarse por las grietas de Europa
© Eklipx.

Sin embargo, más allá de esa excepción, ambos gobiernos han decidido participar en un nuevo gaseoducto conectado al TurkStream, que transporta gas ruso desde el Mar Negro. Es un movimiento político que desafía la estrategia europea de diversificación y que refuerza la influencia de Moscú justo cuando Europa intenta aislarla.

La grieta en la unidad europea

En Bruselas, la noticia no pasó desapercibida. Los funcionarios comunitarios lo describen como un “retroceso simbólico” que debilita el mensaje de unidad frente a Rusia. Estados Unidos también ha criticado la medida: durante la última Asamblea de la ONU, Donald Trump acusó a Europa de “financiar la guerra contra sí misma”.

Los gobiernos de Viktor Orbán y Robert Fico justifican su decisión alegando motivos económicos. Hungría asegura que su PIB caería un 4 % si se cortaran los flujos rusos, mientras Eslovaquia advierte sobre un aumento inmediato en los costos energéticos para los hogares.

Pero analistas europeos sostienen que existen alternativas viables: el oleoducto Adria, que conecta con el Adriático, podría cubrir completamente la demanda de ambos países. En gas, las interconexiones con Austria y Croacia garantizan un suministro estable sin depender del Kremlin.

El problema, coinciden los expertos, ya no es técnico, sino político.

Un nuevo eje hacia el este

El gas ruso vuelve a colarse por las grietas de Europa
© Pexels – Marcin Jozwiak.

Mientras la Comisión Europea diseña sanciones adicionales al gas y petróleo rusos, el proyecto de conexión por el Mar Negro avanza. El nuevo gaseoducto, que refuerza la ruta del TurkStream, consolida a Hungría y Eslovaquia como el principal corredor energético de Rusia hacia la UE. Es una paradoja que no pasa desapercibida: mientras Bruselas predica independencia, su territorio sigue albergando la vía más directa de suministro ruso al continente.

El movimiento también fortalece el poder de Moscú en los Balcanes, donde varios países no pertenecientes a la UE —como Serbia— dependen completamente de esa red. Para el Kremlin, mantener viva esa arteria es una victoria política y económica que le permite conservar influencia en el corazón de Europa.

La contradicción que Europa no puede ignorar

El discurso oficial de la Unión Europea habla de independencia, autonomía y transición energética verde. Sin embargo, la realidad muestra una red más fragmentada de lo que parece. Las grietas que dejan Hungría y Eslovaquia no solo son diplomáticas: también debilitan el frente común frente al Kremlin y dificultan el consenso interno.

Lo paradójico de todo esto es que, mientras Europa presume de haber cerrado la grifería rusa, dos de sus miembros han decidido abrir un nuevo paso hacia Moscú, justo cuando el continente más necesitaba hablar con una sola voz. El gas, una vez más, demuestra ser mucho más que una cuestión energética. Es una herramienta de poder, una palanca económica y un recordatorio de que, en el tablero europeo, la unidad sigue siendo un proyecto en construcción.

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