La sal, ese ingrediente imprescindible en nuestra alimentación, podría esconder algo más que cloruro sódico. En los últimos años, las investigaciones han sacado a la luz un problema inesperado: la presencia de microplásticos. Aunque apenas perceptibles, estas partículas contaminan hasta las sales más naturales. Pero, ¿cómo llegan allí? Y lo más inquietante: ¿cómo nos afectan?
Microplásticos a la mesa sin saberlo
Los microplásticos son fragmentos minúsculos de plástico, de menos de cinco milímetros, que han invadido nuestro entorno. Un reciente estudio detectó hasta 500 partículas por kilo de sal, lo que implica que, al consumir entre 6 y 18 gramos diarios, podríamos estar ingiriendo entre 3 y 9 fragmentos plásticos al día.

Las salinas de evaporación solar, sobre todo las situadas en el litoral, resultan especialmente vulnerables. Su materia prima –agua marina o de ría– ya puede contener plásticos debido a residuos, vertidos y arrastres. Pero la gran revelación del nuevo estudio es que el aire también transporta microplásticos, contaminando incluso aquellas sales producidas por métodos tradicionales y en entornos protegidos.
Aire, agua y hasta maquinaria: todo contamina
Investigadores tomaron muestras en seis salinas españolas, tanto de interior como costeras. En el recorrido desde la entrada del agua hasta los cristalizadores, se encontraron entre 256 y 1.500 microplásticos por litro. En la sal envasada, los niveles oscilaron entre 79 y 193 por kilo.
Curiosamente, en las salinas interiores el agua subterránea no contenía microplásticos al inicio, pero sí aparecieron en fases posteriores, lo que señala que el contacto con el aire o con los procesos industriales puede introducirlos. Incluso en instalaciones alejadas de núcleos urbanos y en desuso, las partículas estaban presentes, lo que refuerza la hipótesis de la contaminación aérea.

Durante la cosecha, el almacenamiento en pilas gigantes puede convertir la sal en una trampa para partículas transportadas por el viento. Además, el uso de neumáticos, cintas de caucho y envases plásticos en las fases finales representa otro riesgo añadido.
Un aditivo invisible con posibles consecuencias
Los efectos sobre la salud de estos contaminantes emergentes empiezan a conocerse. Pueden interferir en procesos celulares, actuar como vehículos de sustancias químicas peligrosas o incluso transportar bacterias patógenas y especies invasoras.
Por ello, comprender cómo se producen y manipulan las sales es clave para reducir su exposición a microplásticos. Conocer estos puntos críticos en el proceso permitirá diseñar estrategias que garanticen una sal más limpia y segura para el consumo humano. Aunque no podamos verlos, los microplásticos ya forman parte de nuestra dieta… y es hora de enfrentarlo.
Fuente: TheConversation.