Desde hace casi una década, la idea de que el sistema solar aún guarda un planeta por descubrir divide a los astrónomos. Ahora, un nuevo análisis reabre el debate: no solo podría existir un “Planeta Nueve” masivo, sino también un segundo candidato, apodado “Planeta Y”, cuyas huellas gravitacionales parecen grabadas en las órbitas inclinadas de los objetos transneptunianos.
La huella del Planeta Nueve
Un estudio de la Universidad Rice sostiene que el “Planeta Nueve” pudo formarse en el interior del sistema solar y ser expulsado hacia la periferia por los gigantes gaseosos, quedando retenido por la influencia de estrellas cercanas en los primeros millones de años. Se estima que tendría entre cinco y diez veces la masa terrestre y que se movería a distancias de entre 400 y 800 veces la separación entre la Tierra y el Sol.
La principal pista que lo delata es la extraña distribución de algunos objetos del cinturón de Kuiper, que parecen agruparse bajo la influencia de un cuerpo invisible. Para André Izidoro, profesor de Rice, la rareza es evidente: un planeta así es poco común en otros sistemas, lo que convierte al nuestro en una excepción.
La hipótesis del Planeta Y

La propuesta más reciente, liderada por Amir Siraj en Princeton, describe un planeta más modesto, con una masa entre la de Mercurio y la de la Tierra y una órbita de 100 a 200 unidades astronómicas. Su señal no sería un agrupamiento, sino una ondulación: las órbitas de algunos objetos se desvían 15 grados, como si una piedra lanzada al agua hubiera alterado la superficie invisible del espacio.
A diferencia del “Planeta Nueve”, el Planeta Y no competiría con él, sino que ambos podrían coexistir, ya que sus efectos son distintos y las probabilidades de que se deban al azar oscilan solo entre un 2% y un 4%.
Un horizonte de descubrimientos
El Observatorio Vera C. Rubin, en Chile, será decisivo. Durante una década cartografiará el cielo con una precisión inédita y podría confirmar si las ondulaciones y agrupamientos observados son la firma de uno o varios planetas ocultos.
Para algunos expertos, como Jonti Horner de la Universidad del Sur de Queensland, lo más probable es que estos cuerpos fueran desplazados hacia la periferia en las primeras etapas del sistema solar, un proceso conocido como dispersión planetaria.
Sea cual sea el desenlace, lo cierto es que cada nuevo análisis recuerda lo mismo: más allá de Neptuno, en la oscuridad del cinturón de Kuiper, podrían estar escondidos mundos que cambiarían para siempre nuestra visión del sistema solar.