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Ciencia

El mundo vive más que nunca, pero muere antes por desesperación. Las drogas, depresión y suicidios golpean a los jóvenes de América

Mientras la esperanza de vida global alcanza niveles históricos, un fenómeno inquietante crece en silencio: las llamadas “muertes por desesperación”. En Estados Unidos, Canadá y América Latina, los jóvenes están muriendo más por sobredosis, alcohol y suicidio. La ciencia lo tiene claro: el progreso sanitario no basta si la desesperanza se convierte en epidemia.
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Por primera vez desde la pandemia, el mundo tiene una fotografía clara de su salud. Y el balance es, en apariencia, positivo: vivimos más, enfermamos menos y superamos algunas de las amenazas que definieron el siglo XX. Explica el diario El País, en función del nuevo informe de la Carga Global de Enfermedades (GBD), publicado en The Lancet, la esperanza de vida mundial alcanzó los 76 años para las mujeres y 71 para los hombres, veinte más que a mediados del siglo pasado.

Sin embargo, las buenas noticias esconden un desequilibrio profundo. En los países más ricos, la longevidad se dispara; pero en América del Norte y buena parte de América Latina, algo se ha roto. Entre los jóvenes, la muerte vuelve a ganar terreno.

Un continente que envejece mejor, pero entierra a sus jóvenes

Vivimos más, pero vivimos peor: la nueva epidemia que no mata al cuerpo, sino a la esperanza
© Spencer Platt/Getty Images.

Desde 2011, la mortalidad en el grupo de 25 a 34 años ha crecido de forma alarmante. En Estados Unidos, Canadá, México y Brasil, el aumento ronda el 30% en los veinteañeros y llega al 50% en los treintañeros. El estudio lo atribuye a las llamadas “muertes por desesperación”: un término que agrupa fallecimientos por suicidios, sobredosis y alcoholismo, impulsados por factores económicos, sociales y psicológicos.

En Estados Unidos, el epicentro de esta tendencia, los números son demoledores. La epidemia de opiáceos sigue sin freno: entre 2019 y 2022, las muertes por sobredosis crecieron más del 45%, alcanzando un récord histórico de 111.029 fallecidos. Cada cifra es una historia truncada, muchas veces vinculada a la precariedad, la depresión o la falta de acceso a servicios de salud mental.

El fenómeno se replica, con matices, en América Latina. En México y Brasil, el consumo problemático de drogas y la violencia homicida añaden un peso crítico. “Entre los hombres latinoamericanos, las altas tasas de homicidios en adultos jóvenes añaden una dimensión trágica a esta carga de mortalidad”, explica Jesús Adrián Álvarez, doctor en Salud Pública según El País. “La violencia sigue acortando la vida de millones, incluso en países que han invertido mucho en bienestar”.

El mapa de la mortalidad postpandémica

Vivimos más, pero vivimos peor: la nueva epidemia que no mata al cuerpo, sino a la esperanza
© X / @berikmar1.

El informe, que recopila datos de más de 200 países, muestra que las principales causas de muerte global vuelven a ser los infartos y los accidentes cerebrovasculares, desplazando a la covid-19 al vigésimo puesto.

Pero hay nuevos actores en el tablero: la diabetes, los trastornos por consumo de drogas, la violencia y las olas de calor son las amenazas de salud de crecimiento más rápido. Desde 2013, las muertes vinculadas a drogas aumentaron un 5%, y las derivadas de la exposición ambiental (frío y calor extremos) un 6%.

En paralelo, los trastornos mentales avanzan sin pausa. Las muertes y discapacidades asociadas a ansiedad y depresión han aumentado un 63% y 26%, respectivamente, desde 2010. Los científicos apuntan a una tormenta multifactorial: el impacto de las redes sociales, el ciberacoso, el aumento del costo de vida, la desigualdad y la llamada “ecoansiedad”, el miedo al futuro climático.

Un mundo dividido por la salud (y la riqueza)

Aunque el planeta vive más y mejor, la brecha entre regiones ricas y pobres sigue siendo abismal. En España, Italia o Francia, la esperanza de vida supera los 83 años; en el África subsahariana, apenas alcanza los 66.

Las enfermedades infecciosas retroceden, pero ahora son reemplazadas por dolencias crónicas —diabetes, obesidad, cardiopatías— que los sistemas sanitarios más frágiles no pueden costear. The Lancet lo llama una “transición epidemiológica acelerada”: las sociedades que aún lidian con la malaria o la tuberculosis enfrentan, al mismo tiempo, los efectos de la vida moderna.

El epidemiólogo Jaume Marrugat celebra los avances, pero advierte del riesgo de retroceder: “Nos preocupa que la desinformación y los discursos antivacunas devuelvan enfermedades que creíamos superadas. Las vacunas han salvado millones de vidas, y perder esa confianza sería catastrófico”.

Recortes, guerras y el precio del abandono

Vivimos más, pero vivimos peor: la nueva epidemia que no mata al cuerpo, sino a la esperanza
© Spencer Platt/Getty Images.

El informe también lanza una advertencia geopolítica. Los recortes en ayuda sanitaria internacional, impulsados por la administración Trump, ya muestran sus efectos. Solo la USAID había contribuido a reducir la mortalidad global un 15% antes de su desmantelamiento parcial. “Mitigar los efectos de estos recortes será esencial para no perder una década de progreso”, señala el estudio.

Y no todo el exceso de muertes tiene raíces sociales: las guerras también reescriben las estadísticas. En Ucrania, la mortalidad juvenil se disparó tras la invasión rusa; y en Gaza, la pérdida de esperanza de vida estimada es de 30 años en apenas doce meses.

La paradoja de nuestro tiempo

“Vivimos en el mejor momento de la historia para sobrevivir… pero no necesariamente para vivir”, resume Christopher Murray, director del Instituto para la Medición y Evaluación de la Salud (IHME) y autor principal del informe.

Porque si bien la humanidad ha logrado vencer a muchas enfermedades, la desesperanza, la soledad y la crisis mental parecen haberse convertido en la nueva plaga global.

El planeta envejece más sano, pero los jóvenes mueren antes. Y en esa contradicción, el informe deja una advertencia que resuena más allá de las cifras: ningún avance médico compensa una sociedad que deja de creer en el futuro.

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